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Su histórico manifiesto no era solo para decir «No a la guerra», sino para luchar todos los días y en todas las instancias por la paz.
En marzo de 2003, el mundo se movilizó en una histórica manifestación contra la guerra de Irak. En Madrid, José Saramago pronunció un discurso contundente y emotivo en el que dejó claro que la opinión pública mundial contra la guerra era una fuerza con la que el poder tenía que contar. Saramago habló de la importancia de luchar por la paz y contra la ley de la selva que los Estados Unidos y sus aliados querían imponer al mundo. También denunció el concubinato de los Estados con los superpoderes económicos y la manipulación de la paz como un elemento de chantaje emocional para justificar las guerras.
El autor portugués hizo un llamado a luchar por una paz auténtica, justa y respetuosa, que garantice los derechos humanos de todas las personas. Sin paz, la democracia no sería más que una ofensa a la razón y una tomadura de pelo. La manifestación no era solo para decir «No a la guerra», sino para luchar todos los días y en todas las instancias por la paz.
Saramago destacó que los seres humanos son capaces de lo mejor y lo peor, y que era hora de que prevaleciera la razón sobre la fuerza. La manifestación, que congregó a millones de personas en todo el mundo, demostró que la opinión pública mundial podía ser una fuerza poderosa y unida. Con su discurso, Saramago se unió a la lucha contra la guerra y por la paz, y se convirtió en una de las voces más influyentes en la defensa de los derechos humanos y la justicia social. Este es el manifiesto completo:
Manifiesto contra la guerra en Irak, Madrid, 15 de marzo de 2003
Ellos creían que nos habíamos cansado de protestas y que les habíamos dejado libres para seguir en su alucinada carrera hacia la guerra. Se equivocaron. Nosotros, los que hoy nos estamos manifestando aquí y en todo el mundo, somos como aquella pequeña mosca que obstinadamente vuelve una vez y otra a clavar su aguijón en las partes sensibles de la bestia. Somos, en palabras populares, claras y rotundas para que mejor se entiendan, la mosca cojonera del poder. Ellos quieren la guerra, pero nosotros no les vamos a dejar en paz. A nuestro compromiso, ponderado en las conciencias y proclamado en las calles, no le harán perder vigencia y autoridad (también nosotros tenemos autoridad…) ni la primera bomba ni la última que vengan a caer sobre Irak.
No digan los señores y las señoras del poder que nos manifestamos para salvar la vida y el régimen de Sadam Husein. Mienten con todos los dientes que tienen en la boca. Nos manifestamos, eso sí, por el derecho y por la justicia. Nos manifestamos contra la ley de la selva que los Estados Unidos y sus acólitos antiguos y modernos quieren imponer al mundo. Nos manifestamos por la voluntad de paz de la gente honesta y en contra de los caprichos belicistas de políticos a quienes les sobra en ambición lo que les va faltando en inteligencia y sensibilidad. Nos manifestamos en contra del concubinato de los Estados con los super-poderes económicos de todo tipo que gobiernan el mundo. La tierra pertenece a los pueblos que la habitan, no a aquellos que, con el pretexto de una representación democrática descaradamente pervertida, al final les explotan, manipulan y engañan. Nos manifestamos para salvar la democracia en peligro. Hasta ahora la humanidad ha sido siempre educada para la guerra, nunca para la paz.
Constantemente nos aturden las orejas con la afirmación de que si queremos la paz mañana no tendremos más remedio que hacer la guerra hoy. No somos tan ingenuos para creer en una paz eterna y universal, pero si los seres humanos hemos sido capaces de crear, a lo largo de la historia, bellezas y maravillas que a todos nos dignifican y engrandecen, entonces es tiempo de meter manos a la más maravillosa y hermosa de todas las tareas: la incesante construcción de la paz. Pero que esa paz sea la paz de la dignidad y del respeto humano, no la paz de una sumisión y de una humillación que demasiadas veces vienen disfrazadas bajo la mascarilla de una falsa amistad protectora. Ya es hora de que las razones de la fuerza dejen de prevalecer sobre la fuerza de la razón. Ya es hora de que el espíritu positivo de la humanidad que somos se dedique, de una vez, a sanar las innúmeras miserias del mundo. Esa es su vocación y su promesa, no la de pactar con supuestos o auténticos «ejes del mal». Amenamente estaban Bush, Blair y Aznar charlando sobre lo divino y sobre lo deshumano, seguros y tranquilos en su papel de poderosos hechiceros, expertos en trucos de trilero y conocedores en méritos de todas las trampas de la propaganda engañosa y de la falsedad sistemática, cuando en el despacho oval, donde se encontraban reunidos irrumpió la terrible noticia de que los Estados Unidos de América del Norte habían dejado de ser la única gran potencia mundial.
Antes de que Bush pudiera asestar el primer puñetazo en la mesa, vuestro presidente José María Aznar se dio prisa en declarar que esa nueva gran potencia no era España. «Te lo juro, George», dijo. «Mi Reino Unido tampoco», añadió rápidamente Blair para cortar la naciente suspicacia de Bush. «Si no eres tú y tu no eres, ¿quién es entonces?», preguntó Bush. Fue Collin Powell, mal creyendo él mismo en lo que estaba pronunciando su propia boca quien dijo: «La opinión pública, señor presidente». Ya habéis comprendido que esta historieta es un simple invento mío. Os pido por tanto que no le deis importancia. Pero sí la tiene los que ya es una evidencia para todos, la más exaltadora y feliz evidencia de estos conturbados tiempos: los hechiceros Bush, Blair y Aznar, sin quererlo, sin proponérselo, nada más que por sus malas artes y peores intenciones, han hecho surgir, espontáneo e incontenible, un gigantesco, un inmenso movimiento de opinión pública. Un nuevo grito de «No pasarán», con las palabras «No a la guerra», recorre el mundo. No hay ninguna exageración en decir que la opinión pública mundial contra la guerra se ha convertido en una potencia con la cual el poder tiene que contar.
Nos enfrentamos deliberadamente a los que quieren la guerra, les decimos «NO», y si aún así siguen empecinados en su demencial afán y desencadenan una vez más los caballos del apocalipsis, entonces les avisamos desde aquí que esta manifestación no es la última, que continuaremos las protestas durante todo el tiempo que dure la guerra, e incluso más allá, porque a partir de hoy ya no se tratará simplemente de decir “No a la guerra”, se tratará de luchar todos los días y en todas las instancias para que la paz sea una realidad, para que la paz deje de ser manipulada como un elemento de chantaje emocional y sentimental con que se pretenden justificar las guerras.
Sin paz, sin una paz auténtica, justa y respetuosa, no habrá derechos humanos. Y sin derechos humanos – todos ellos, uno por uno – la democracia nunca será más que un sarcasmo, una ofensa a la razón, una tomadura de pelo. Los que estamos aquí somos una parte de la nueva gran potencia mundial. Asumimos nuestras responsabilidades. Vamos a luchar con el corazón y el cerebro, con la voluntad y la ilusión. Sabemos que los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Ellos (no necesito ahora decir sus nombres) han elegido lo peor. Nosotros hemos elegido lo mejor.
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