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Un proyecto de Proyecto Hortensia y el antropólogo Paulino Ramos reúne alrededor de 70 iniciativas LGTBIQA+ rurales en todo el Estado y revienta el tópico clasista, urbano y reaccionario que presenta el mundo rural como un bloque homogéneo, conservador e incompatible con la diversidad.
LOS PUEBLOS NO SON EL DECORADO DE LA ESPAÑA REACCIONARIA
Durante demasiado tiempo nos han vendido una mentira cómoda: que las ciudades son el refugio natural de las vidas LGTBIQA+ y que los pueblos son, casi por definición, territorios cerrados, hostiles, atrasados, impermeables a cualquier forma de diversidad. Una postal falsa. Una caricatura. Y, sobre todo, una forma muy eficaz de borrar a quienes han existido siempre en el rural, aunque muchas veces no se les haya querido mirar.
El mapa Plumas de Pueblo, impulsado por Proyecto Hortensia junto al antropólogo Paulino Ramos, viene precisamente a romper esa ficción. No con consignas vacías, sino con territorio, nombres, memoria y comunidad. El proyecto, basado en la tesis doctoral de Ramos sobre ruralidades cuir, recoge más de 60 iniciativas cuir en diferentes pueblos de España, aunque algunas informaciones elevan ya la cifra a alrededor de 70 iniciativas LGTBIAQ+ en contextos rurales de todo el Estado.
Y ahí está la clave. No hablamos de una anécdota. No hablamos de cuatro actividades dispersas para quedar bien en junio. Hablamos de una red. De una constelación de orgullos rurales, festivales, asociaciones, encuentros de cine, espacios comunitarios e iniciativas artísticas que demuestran algo muy sencillo y muy incómodo para quienes necesitan un país obediente y gris: las vidas LGTBIAQ+ también forman parte de los pueblos y del mundo rural.
El mapa puede consultarse en proyectohortensia.net/plumasdepueblo, y su objetivo es tan básico como necesario: dar a conocer estos proyectos, porque estas historias no solo ocurren en las grandes ciudades. También ocurren en los pueblos. Donde hay comunidad, cuidados, deseo, resistencia, celebración y futuro.
Y sí, futuro. Aunque a algunos les moleste.
EL MITO DEL RURAL CONSERVADOR SE CAE CUANDO APARECEN LOS NOMBRES
En el Valle de Benasque, en el interior de Ourense, en La Mancha, en A Ulloa o en la Sierra de Cádiz, la diversidad existe y resiste. No como una moda importada ni como una imposición ideológica, esa bobada que repiten los reaccionarios cuando descubren que el mundo no cabe en su nostalgia. Existe porque siempre ha existido. Lo que cambia ahora es que se organiza, se nombra y se coloca en el mapa.
En junio de 2014 tuvo lugar el primer Orgullo Serrano, una convocatoria para mostrar y celebrar las vidas LGTBIAQ+ en todos los municipios de la Sierra de Cádiz. Este año, en su XIII edición, el lema ha sido “Necesario, rural, nuestro”. No es un lema cualquiera. Es casi una respuesta política a décadas de expulsión simbólica: necesario, porque sin diversidad no hay democracia real; rural, porque el pueblo no pertenece a los señoritos de la moral; y nuestro, porque nadie tiene derecho a expropiar la vida de quienes también son territorio.
Entre las iniciativas más recientes aparece el Orgullo Rural de Benasque, celebrado por primera vez el año pasado. Desde la asociación Euforia Familias Trans Aliadas, Natalia Aventín desmonta otra de las grandes simplificaciones sobre el mundo rural: las realidades LGTBIQA+ no son iguales en todas partes, pero tampoco responden al cliché de rechazo absoluto que tantas veces se proyecta desde fuera. Hay personas que viven su realidad de forma más discreta, otras cuya identidad es conocida por todo el mundo y otras que tienen que explicarse demasiado porque se las sigue leyendo como “de fuera”.
Aventín lo resume con una precisión brutal: en el territorio no siempre hay un componente explícito de rechazo, pero tampoco una integración plena en la vida cotidiana. A veces, simplemente, se mira hacia otro lado. Y esa frase pesa. Porque mirar hacia otro lado también es una forma de violencia blanda, una manera educada de decir: existes, pero no molestes; quédate, pero sin hacer ruido; vive, pero sin ocupar demasiado espacio.
GALIZA, LA MANCHA Y LOS PUEBLOS QUE NUNCA FUERON MONOLÍTICOS
En 2015, en la comarca de A Ulloa, en Lugo, un grupo de amigos impulsó el Festival Agrocuir, que se ha convertido en referente de los festivales queer rurales. Pero en Galiza hay mucho más. Está la Festa da Diversidade en Moaña, el Porco Pride de Porto de Espasante, la Ruada das Gotas de Ribadumia y también la Romería Ponte Farruca, que reivindica igualdad, diversidad sexual y de género en el rural ourensano mediante música, teatro, talleres y cultura popular.
Xacobo Novoa, de Romería Ponte Farruca, lo explica sin pedir permiso: existe el prejuicio de que el rural es incompatible con la diversidad, pero ellos creen justo lo contrario. La diversidad siempre ha formado parte de nuestros pueblos. Siempre. Aunque no saliera en los relatos oficiales. Aunque no apareciera en los pregones. Aunque tuviera que esconderse detrás de silencios familiares, motes crueles, bromas de bar y esa policía social que en los pueblos no siempre lleva uniforme, pero vigila igual.
También La Mancha aparece como territorio de memoria y presente. La novela Meseta, de Rubén Cañadilla, sitúa en el pueblo ficticio de Matalasuegra la historia de Pedro, señalado como “el maricón” en los años 90 en un pueblo de Toledo. La ficción duele porque se parece demasiado a la realidad. Podría reflejar, según se cuenta, la vida en Alcázar de San Juan hace unas décadas. Allí se ubica Plural LGTBIQA+ Mancha Centro, una asociación con una trayectoria de diez años, de la que es vocal Koali Martín Consuegra.
Plural nació precisamente por la falta de recursos en Castilla-La Mancha. Falta de recursos asociativos, de grupos de iguales, de referentes y de comunidad. Es decir, nació porque la libertad no se sostiene sola. Porque no basta con decir “cada uno en su casa que haga lo que quiera”, esa frase tan española y tan hipócrita. La libertad necesita espacios, redes, apoyo mutuo, visibilidad y defensa pública. También en los pueblos. Sobre todo en los pueblos.
EL SEXILIO NO ES UNA HISTORIA DEL PASADO
Hay una palabra que lo explica casi todo: sexilio. En octubre de 2025, la Federación Estatal LGTBI+ presentó algunos datos sobre este fenómeno. En enero, el Ministerio de Igualdad presentó un estudio sobre sexilio en España. El término se entiende como el abandono del lugar de residencia por motivos relacionados con la orientación sexual y/o la identidad de género.
Las cifras son duras: entre el 13% y el 37,1% de la población LGTBI+ lo ha experimentado. No es una nota al pie. No es un drama individual que se resuelve con valentía personal y una maleta. Es un fenómeno social. Es expulsión. Es desigualdad territorial. Es una forma de decirle a miles de personas que su casa solo será casa si aceptan vivir a medio gas.
El informe revela también algo importante: el sexilio no es siempre un viaje único y definitivo del pueblo a la gran ciudad durante la juventud. Las trayectorias son más complejas. Las personas se mueven en diferentes edades, con distintos recorridos, idas, vueltas, intentos, fracturas y retornos. Porque la vida no cabe en el tópico fácil del chico que se marcha a Madrid o Barcelona y ya está. A veces una persona se va, vuelve, se vuelve a ir, se queda cerca, se esconde, se muestra, aguanta o construye comunidad donde le dijeron que no había nada que construir.
Y aquí es donde Plumas de Pueblo tiene una potencia política enorme. Porque no solo señala iniciativas. Señala una disputa por el relato. Dice: los pueblos no son propiedad de los curas, de los caciques, de los nostálgicos de la España negra ni de los ultras que quieren convertir cada plaza en una sucursal de su miedo. Los pueblos también son de quienes aman distinto, desean distinto, viven distinto y se organizan para no desaparecer.
La reacción siempre necesita fingir que habla en nombre del “pueblo”. Pero cuando el pueblo real aparece, con sus cuerpos, sus fiestas, sus acentos, sus plumas, sus cuidados y sus contradicciones, el decorado se les cae. Porque el rural no es homogéneo. Nunca lo fue. Lo que pasa es que durante demasiado tiempo solo se escuchó a quienes tenían el altavoz, el apellido, el púlpito o la barra del bar.
Ahora el mapa dice otra cosa.
Dice que en el Valle de Benasque hay orgullo. Que en A Ulloa hay festival. Que en Ourense hay romería diversa. Que en La Mancha hay asociación. Que en la Sierra de Cádiz hay una convocatoria que lleva desde 2014 celebrando vidas LGTBIAQ+ en municipios rurales. Que hay alrededor de 70 iniciativas repartidas por el Estado. Que donde algunos solo ven tradición cerrada, otras personas están levantando comunidad.
Y eso, claro, enfada muchísimo a quienes necesitan pueblos tristes, obedientes y sin pluma.
Porque un pueblo con diversidad es un pueblo menos domesticable. Un pueblo que celebra a sus vecinas y vecinos LGTBIQA+ es un pueblo que deja de pertenecer al miedo. Un pueblo que se organiza es un pueblo que ya no acepta que le cuenten desde fuera quién puede vivir, amar, quedarse o volver.
Plumas de Pueblo no es solo un mapa. Es una bofetada al tópico. Una red de orgullos. Una memoria en construcción. Y una advertencia para todos los guardianes de la España pequeña, uniforme y asfixiante: la diversidad también estaba allí. Solo que ahora ya no pide permiso para aparecer.
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