El Plan de Emerxencia Municipal presume de 62 efectivos por turno. En realidad, apenas hay 8 o 9. Santiago se apaga sola.
En el papel, Santiago de Compostela tiene un plan. Aprobado en 2013, el Plan de Emerxencia Municipal describe una maquinaria perfectamente engrasada: 62 personas integran el Servizo de Extinción de Incendios, organizadas en cinco quendas de 24 horas con un mínimo de 12 bombeiros de servizo permanente. La ciudad contaría, además, con un vehículo de mando, dos todoterreos de apoio, tres vehículos de rescate en altura, una autobomba lixeira, ocho autobombas pesadas y tres remolques con material de intervención.
Sobre el papel, Compostela parece protegida. En la realidad, el parque de bomberos está al borde del colapso.
“La realidad es que estamos entre 8 y 9 por guardia. Somos 44 efectivos en un servicio que tendría que tener 60”, confiesa un bombero del cuerpo compostelano que prefiere mantener el anonimato “por razones obvias”. “Esta situación la llevamos denunciando años al Ayuntamiento y no nos da una solución.”
UN PLAN QUE SUENA A BROMA
El documento oficial del Concello detalla una red de emergencias moderna, dotada de sistemas de comunicación vía radio, repetidores en el Monte Pedroso, 70 equipos portátiles y coordinación con la Policía Local. Pero esa infraestructura no puede sustituir la ausencia de personal humano.
“Los servicios mínimos se estaban cubriendo completamente con horas extra del personal. En el último año llevamos una media por trabajador de 72 horas semanales de trabajo. El Ayuntamiento no nos da una solución a corto plazo, por lo que el conjunto de bomberos ha decidido no realizar más horas extra.”
El resultado es devastador: un servicio esencial que se mantiene a base de servicios extraordinarios, doblando jornadas y acumulando agotamiento físico y mental. “Un día como hoy el parque queda inoperativo por falta de personal.”
La ironía es brutal. El Plan de 2013, publicado en el Boletín Oficial da Coruña, preveía precisamente lo contrario: garantizar la continuidad del servicio con dotación suficiente para cubrir 24 horas diarias. Doce años después, esa promesa se sostiene con horas que nadie paga y con bomberos que apenas descansan.
CUANDO EL FUEGO NO ESPERA
“Para cualquier intervención tenemos que solicitar el apoyo al 112, y que movilice medios de otros ayuntamientos”, explica el bombero. “Eso retrasa la respuesta y no garantiza la eficacia de la intervención.”
En un municipio que recibe millones de visitantes al año, con un casco histórico protegido por la UNESCO y una densidad turística altísima, el riesgo es evidente. Cada minuto de retraso puede traducirse en una tragedia.
La situación, aseguran desde dentro, ya ha obligado en varias ocasiones a activar refuerzos externos. “No pedimos privilegios. Pedimos cumplir lo que el propio Ayuntamiento aprobó.”
Los bomberos compostelanos no están solos en su denuncia. En los últimos años, los servicios de emergencias de múltiples municipios gallegos (A Coruña, Vigo, Ourense) han denunciado falta de personal, precariedad y abuso de horas extra. Pero Santiago tiene algo más: un documento oficial que demuestra que la crisis no es un imprevisto, sino una negligencia planificada.
El Plan de Emerxencia Municipal fue claro. Los medios están detallados, los protocolos también. Faltan las personas.
Y sin personas, ningún plan sirve.
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