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Países Bajos demostró que la extrema derecha se puede frenar sin copiarla, y que la responsabilidad democrática no es solo tarea de la izquierda.
CÓMO SE ROMPE EL HECHIZO ULTRA
Durante dos décadas, Geert Wilders convirtió el odio en una marca registrada. Su negocio era el miedo: mensajes xenófobos, teorías de invasión, promesas de pureza nacional y una retórica del enemigo permanente. Y durante años le funcionó. Hasta que un país cansado de la ira decidió decir basta.
En las elecciones de octubre de 2025, el Partido por la Libertad (PVV) de Wilders empató en 26 escaños con los Demócratas 66 (D66) del socioliberal Rob Jetten. Pero lo importante no fue el empate, sino el contexto: la ultraderecha no consiguió sumar para gobernar. Los Países Bajos, que habían coqueteado con el extremismo, lo frenaron en seco.
No fue un milagro ni un giro repentino. Fue la consecuencia de tres estrategias que hoy deberían estudiarse en toda Europa: recuperar el centro, disputar el relato nacional y reconectar con la ciudadanía desde la política útil.
1. RECUPERAR EL CENTRO SIN TRAICIONAR LOS VALORES
Mark Rutte dejó un país saturado de cinismo político. Su liberalismo conservador, aliado coyuntural de la derecha dura, había normalizado parte del discurso xenófobo. Jetten entendió que la única forma de frenar a los ultras no era parecerse a ellos, sino recuperar la palabra “normalidad” para lo decente.
No se presentó como el “mal menor”, sino como una alternativa optimista y moderna. Frente a los gritos de Wilders, ofreció gestión y serenidad. Frente a los memes de odio, ofreció presencia mediática y conversación. Mientras el ultra se refugiaba en su cuenta de X, Jetten se paseó por debates, programas y tertulias.
La ultraderecha perdió cuando dejó de ser el único espectáculo en la sala. El país descubrió que el centro político, si se atreve a defender valores cívicos, puede ser un dique eficaz.
2. DISPUTAR EL RELATO NACIONAL A LOS NACIONALISTAS
Jetten entendió otra cosa esencial: el patriotismo no es patrimonio de la extrema derecha.
Apareció ante una bandera neerlandesa, habló de identidad y lanzó el golpe más certero de la campaña:
“Sí, la identidad neerlandesa está amenazada. Amenazada por veinte años de odio.”
Por primera vez, Wilders fue señalado como el problema, no como el síntoma. El discurso nacionalista se le volvió en contra. El país redescubrió que la bandera también puede significar convivencia.
Esta estrategia no era de izquierdas ni de derechas: era de higiene democrática. Reivindicar los símbolos comunes sin cederlos al autoritarismo. Recordar que la patria no se defiende excluyendo, sino garantizando derechos.
3. POLÍTICA REAL FRENTE A PROPAGANDA
Cuando Rusia invadió Ucrania y Europa temió una crisis energética, Jetten —entonces ministro de Clima y Política Energética— gestionó el corte del gas ruso apostando por renovables y eficiencia. Esa credibilidad técnica se transformó en confianza política.
El discurso de la ultraderecha, construido sobre conspiraciones y chivos expiatorios, se desmorona cuando se contrasta con hechos.
La ciudadanía puede soportar la incertidumbre, pero no el engaño constante. Jetten representó algo que Wilders había olvidado: que la gente quiere soluciones, no enemigos.
UNA LECCIÓN PARA QUIENES NO QUIEREN SER CÓMPLICES
Lo ocurrido en Países Bajos no es una victoria de la izquierda sobre la derecha. Es una victoria de la democracia sobre el extremismo.
Una advertencia para toda fuerza política —conservadora, progresista o liberal— que todavía crea que puede contener a los ultras imitándolos o pactando con ellos.
No se derrota al odio incorporando parte de su discurso. Se le derrota desnudando su mentira.
El centro político no tiene por qué ser cobardía, y el pragmatismo no tiene por qué ser rendición.
Lo que Rob Jetten consiguió fue demostrar que se puede frenar a la ultraderecha sin renunciar a los principios, sin recurrir a la crispación y sin reducir la democracia a marketing.
Europa debería tomar nota. Porque los Wilders no desaparecen: se reciclan. Y la única forma de vencerlos no es parecerse a ellos, sino dejar claro —una y otra vez— que la democracia no negocia con quien la desprecia.
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