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Hay silencios que equivalen a una firma. El de Feijóo ya está estampado sobre la vergüenza de Mazón.
El funeral por las víctimas de la DANA no fue un acto institucional, sino un espejo. Reflejó una verdad que el poder valenciano lleva un año intentando enterrar: Carlos Mazón no es un presidente, es la prueba viviente de que la política puede volverse moralmente inservible. Los familiares gritaban “asesino” y no era una metáfora. Era la consecuencia directa de un abandono medido en horas, llamadas ignoradas y copas de vino.
Ese día no murieron solo 229 personas. Murió también el último resto de decoro en la Generalitat. Y lo que Feijóo no parece entender es que esa descomposición moral es contagiosa.
El líder del PP tiene que elegir: o corta la gangrena o se convierte en parte de ella.
LA DECENCIA COMO RECURSO NO RENOVABLE
La política española vive instalada en la indiferencia. Pero la indiferencia, en manos de un dirigente público, se convierte en crimen por omisión. Mazón no improvisó su falta de empatía: la ha cultivado como un método de supervivencia. Cuando la emergencia golpeó, desapareció; cuando las pruebas se acumularon, mintió; y cuando las víctimas hablaron, sonrió.
No es incapacidad, es desprecio.
Y el desprecio —esa versión elegante del odio— es el veneno que se disfraza de gestión.
Feijóo, sin embargo, ha optado por una forma aún más peligrosa: la complicidad del prudente.
El líder que calla mientras su subordinado se hunde cree salvarse, pero solo posterga el hundimiento propio. El silencio no es una estrategia, es una coartada.
Cada día que Feijóo sostiene a Mazón, convierte la cobardía en doctrina.
EL FANGO COMO POLÍTICA
Lo más inquietante del caso Mazón no es su conducta, sino su permanencia. El hecho de que aún ocupe el cargo revela que en el PP la ética ya no es un límite, sino una anécdota. La derecha española siempre ha hecho del orden su bandera, pero ¿qué orden puede sostenerse cuando el propio presidente de una comunidad es incapaz de responder a una emergencia?
La tragedia de la DANA mostró algo más profundo que un error humano: mostró un sistema que se protege a sí mismo incluso cuando eso significa traicionar a los vivos y a los muertos.
El PP ha convertido la impunidad en un reflejo, y Feijóo, con su calculado mutismo, en garante de esa degeneración.
El funeral fue una escena de país: los familiares llorando, los cargos públicos aplaudiendo, los Reyes legitimando el teatro. Todo el aparato del poder asistiendo a su propia ruina moral, pero de pie y con corbata.
Feijóo puede seguir calculando encuestas, o entender que hay un punto en el que el cálculo se convierte en complicidad.
Si no actúa, no será Mazón quien caiga: será él quien se hunda con él.
Porque el fango político no distingue entre culpables y cobardes. Solo entre quienes se atrevieron a dar un paso fuera… y quienes decidieron quedarse quietos mientras el barro los tragaba.
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