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Quince horas de grabación desclasificada que exponen la banalización del abuso y las conexiones políticas de la ultraderecha global
La desclasificación de más de tres millones de documentos vinculados a Jeffrey Epstein, ordenada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos tras la ley aprobada en noviembre de 2025, ha abierto una grieta incómoda en el relato de poder que rodeó durante décadas al millonario. Entre los archivos figura una entrevista de casi 15 horas realizada por Steve Bannon, exestratega jefe de la Casa Blanca y figura clave en la internacionalización del trumpismo, al propio Epstein. La grabación, de fecha no precisada, muestra una conversación que hiela por su normalización del delito y por la frialdad con la que el entrevistado se sitúa a sí mismo dentro de una jerarquía del abuso.
En uno de los pasajes más perturbadores, Bannon pregunta a Epstein si se considera un “depredador sexual de nivel 3”. La respuesta llega sin titubeos: “de nivel 1”. La conversación no se detiene ante la gravedad del término, sino que se desliza hacia una aclaración semántica en la que Epstein insiste en que “nivel 1 es el más bajo”, mientras Bannon le recuerda que, en cualquier caso, sigue siendo un delincuente. El asentimiento tranquilo del entrevistado, lejos de provocar un corte o una confrontación ética, se integra en el flujo de la charla como si se tratara de un matiz técnico.
La entrevista avanza entre bromas y silencios incómodos. Epstein llega a ironizar cuando se le pregunta si es “el diablo”, para luego excusarse con una sonrisa al ser reprendido por no tomarse la cuestión en serio. El tono desdramatizado no es un detalle menor: forma parte de un marco que convierte el crimen en anécdota y desplaza el foco de las víctimas a la psicología del agresor. Al recordar su condena de 2008 por prostitución de menores, Epstein describe con precisión el régimen carcelario en el que estuvo recluido, enfatizando las condiciones del aislamiento “por su propia protección”, sin una sola referencia a la violencia ejercida ni a las consecuencias para las personas afectadas.
Bannon insiste en si alguna vez reflexionó sobre cómo llegó a esa situación. Epstein responde que no, porque hacerlo implicaría “ser demasiado consciente” de sí mismo. La frase resume una ética del poder sin responsabilidad, donde la introspección aparece como una amenaza y no como una obligación mínima ante el daño causado.
🚨Brutal 👇🏻
— Nenedenadie (@nenedenadie) February 3, 2026
⭕️ En una grabación privada con Steve Bannon, Epstein reconoce abiertamente ser un depredador sexual y lo dice con una frialdad enfermiza, como si no significara nada.
▪️No es una interpretación.
👉🏻Es él, diciéndolo con total normalidad y hasta bromeando sobre ello. pic.twitter.com/50jaKrBbPf
LA NORMALIZACIÓN DEL ABUSO EN EL CORAZÓN DEL PODER
La relevancia política de esta grabación no reside solo en las palabras de Epstein, sino en el dispositivo comunicativo que la envuelve. Que un personaje central del trumpismo se siente durante horas a escuchar, preguntar y permitir la banalización del abuso revela una cultura política que separa el delito del poder, como si el estatus económico y la utilidad ideológica operaran como salvoconducto moral.
Bannon no era un periodista independiente ni un entrevistador ajeno a las estructuras de influencia. Fue uno de los arquitectos del ascenso de Donald Trump en 2016, impulsor de una estrategia basada en la polarización, la guerra cultural y la erosión deliberada de las instituciones democráticas. La entrevista encaja en ese ecosistema: no busca esclarecer hechos ni interpelar responsabilidades, sino construir un relato donde incluso el abuso puede ser administrado como contenido.
Este patrón no es excepcional. Las redes de Epstein se sostuvieron durante años gracias a una connivencia transversal entre élites financieras, políticas y mediáticas. La desclasificación masiva confirma que la protección no fue un error aislado, sino un sistema. Cuando el abuso se convierte en un secreto compartido, la impunidad deja de ser una anomalía para convertirse en método.
DE WASHINGTON A MADRID: EL HILO IDEOLÓGICO CON VOX
Tras su salida de la Casa Blanca, Bannon emprendió la exportación de su modelo político. Definió su proyecto como un “populismo obrero de extrema derecha nacionalista” y buscó replicarlo en Europa y América Latina. España fue uno de los laboratorios. Antes de la irrupción electoral de Vox, el propio Bannon reconoció haber mantenido contactos con dirigentes de la formación en 2017, cuando aún no tenía representación institucional.
Los paralelismos no tardaron en hacerse visibles. El “America First” mutó en “primero España”. La criminalización de la inmigración, el ataque constante a los medios y el cuestionamiento de las reglas democráticas se adaptaron al contexto estatal. Tras el asalto al Capitolio de enero de 2021, Vox evitó una condena inequívoca y optó por relativizar los hechos, una estrategia calcada del manual trumpista.
La entrevista con Epstein adquiere así una dimensión adicional. No es solo un documento sobre un depredador sexual, sino una pieza más del entramado ideológico que conecta la ultraderecha estadounidense con sus réplicas europeas. La misma lógica que banaliza el abuso es la que trivializa la mentira, el racismo y la violencia política, siempre que sirvan a un objetivo de poder.
Las hemerotecas recogen testimonios de figuras como Herman Tertsch o Rafael Bardají sobre encuentros y afinidades con el entorno de Bannon. Negarlo no borra los hechos. Las conexiones existen, los discursos se replican y las estrategias se comparten. La grabación desclasificada no añade un escándalo aislado, sino que ilumina un patrón.
En un contexto global marcado por el auge de la extrema derecha y la mercantilización de todo, incluso del daño, la pregunta no es solo quién habló con Epstein, sino qué sistema permitió que hablara con tanta tranquilidad. Porque cuando el poder escucha sin incomodarse, el silencio deja de ser neutral y se convierte en cómplice.
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