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El presidente que prometió una victoria rápida intenta ahora vender como éxito lo que ya es un fracaso militar, económico y diplomático
La guerra que comenzó el 28 de febrero con la arrogancia de quien cree poder rediseñar el mundo a golpe de misil ha entrado ya en su cuarta semana, y lo que debía ser una operación rápida se ha convertido en un callejón sin salida. Donald Trump, que hace apenas días aseguraba que el conflicto duraría entre cuatro y seis semanas, ahora improvisa una salida negociada que ni siquiera la otra parte reconoce.
El problema no es solo militar. Es estructural. Cada día que el estrecho de Ormuz permanece bloqueado parcialmente, el sistema energético global se resiente. Por ese paso marítimo circula alrededor del 20% del petróleo mundial, y su alteración ha disparado los precios. En Estados Unidos, donde el coche es una necesidad cotidiana, la gasolina se ha convertido en un termómetro político.
La guerra no se le ha ido de las manos a Trump: se le ha caído encima.
UNA GUERRA QUE NUNCA CONTROLÓ
Durante semanas, Trump ha alternado entre la fanfarronería y la amenaza. Primero proclamó una victoria inexistente. Después, aseguró que no necesitaba aliados. Llegó a afirmar que Estados Unidos no requería la ayuda de la OTAN, Japón, Australia ni Corea del Sur, en un ejercicio de aislamiento que evidencia más debilidad que poder.
Pero la realidad es más tozuda que la propaganda. Sin cooperación internacional, sin control efectivo del estrecho de Ormuz y sin una rendición iraní que nunca llegó, la estrategia militar ha quedado en evidencia. La guerra no avanza, se estanca. Y lo que se estanca en geopolítica suele pudrirse.
El giro más grotesco llega cuando, a pocas horas de ejecutar un ataque contra infraestructuras eléctricas iraníes valoradas en más de 10.000 millones de dólares, Trump anuncia una “prórroga” de cinco días. En cuestión de horas, pasa del ultimátum total a hablar de “conversaciones positivas” para un acuerdo de paz de 15 puntos.
Irán lo desmiente. No hay negociación formal. Solo contactos indirectos a través de terceros países.
El mismo presidente que prometía arrasar ahora suplica negociar.
Este vaivén no es táctica. Es desorientación. Es el reflejo de una política exterior basada en titulares y no en estrategia. La improvisación sustituye a la diplomacia. La amenaza sustituye al análisis. Y cuando ambas fallan, queda el ridículo.
EL CAPITALISMO MARCA EL RITMO DE LA GUERRA
Si hay un actor que ha reaccionado con claridad a este caos, no ha sido la ciudadanía ni la comunidad internacional. Han sido los mercados.
Tras el anuncio de un posible acuerdo, el precio del petróleo Brent cayó un 10,9%, pasando de cerca de 120 dólares a 99,94 dólares por barril. Wall Street respondió con subidas, con el S&P 500 avanzando un 1,7%. El Dow Jones osciló violentamente, con movimientos de hasta 1.135 puntos en una sola jornada.
La guerra no se mide en vidas humanas. Se mide en puntos bursátiles.
Ese es el verdadero tablero. No importa la destrucción en Irán o el riesgo de escalada regional. Lo que importa es el precio del barril. Cuando sube demasiado, la guerra deja de ser rentable. Cuando baja, se celebra como un triunfo diplomático.
Trump no está negociando la paz. Está intentando estabilizar el mercado.
El propio relato de la Casa Blanca lo delata. Habla de “quedarse” con el uranio enriquecido iraní, como si se tratara de un botín. Fantasea con un gobierno tutelado en Teherán, al estilo de lo que describe en Venezuela. Reduce un conflicto internacional a una operación de control de recursos.
El imperialismo ya no se disfraza. Se verbaliza.
Mientras tanto, Israel continúa su ofensiva. Benjamin Netanyahu deja claro que los ataques seguirán, aunque se negocie. La guerra no se detiene porque un presidente cambie de discurso. Sigue porque hay intereses que trascienden cualquier declaración.
Y en medio de todo esto, la población civil desaparece del relato. No hay cifras de víctimas en los discursos. No hay referencias a las consecuencias humanitarias. Solo hay petróleo, misiles y mercados.
La presión interna en Estados Unidos también pesa. Año electoral. Coste de la vida al alza. Desgaste político. Trump necesita vender una salida sin reconocer el fracaso. Necesita transformar una retirada en una victoria narrativa.
Pero los hechos son obstinados. No hay acuerdo firmado. No hay rendición iraní. No hay control del estrecho. No hay coalición internacional sólida.
Lo que hay es un presidente atrapado en su propia guerra.
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