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El expresidente niega la guerra sucia del caso Kitchen mientras convierte el olvido en su principal línea de defensa
Hay quien olvida dónde deja las llaves. Y luego está Mariano Rajoy, que olvida operaciones policiales, mensajes comprometedores y, si hace falta, medio capítulo de la historia reciente del país. No es un despiste cualquiera. Es otra cosa. Más afinada. Más útil.
El 23 de abril, durante su declaración en el juicio del caso Kitchen, el expresidente compareció con una idea clara: no pasó nada. Y si pasó, él no lo recuerda. Y si lo recuerda alguien más, probablemente esté confundido. Así funciona esta versión de los hechos, que se apoya más en la niebla que en los datos.
Según su relato, no existió ninguna operación parapolicial para sabotear la investigación de la caja B del PP. Nada de eso. Lo que hubo, asegura, fue una actuación “legal”, casi rutinaria, orientada a recuperar el dinero oculto de Luis Bárcenas y a identificar a sus supuestos testaferros. Una investigación más, dentro de la normalidad institucional. O eso dice.
El problema es que esa versión choca con un sumario lleno de detalles incómodos: seguimientos a la familia del extesorero, pagos con fondos reservados a su chófer para convertirlo en confidente y maniobras documentadas para interferir en una causa judicial en marcha. No es una sospecha ligera. Es una acumulación de indicios que ha llevado a la Fiscalía Anticorrupción a pedir 15 años de prisión para el exministro del Interior, Jorge Fernández Díaz.
Pero Rajoy insiste. No hubo nada irregular. Todo fue legal. Y él, por supuesto, no sabía nada.
UNA MEMORIA QUE FALLA CUANDO MÁS CONVIENE
El momento más llamativo de la declaración no fue una frase especialmente brillante. Fue una ausencia. O varias. Porque cada vez que la acusación sacaba un mensaje, una conversación o un episodio concreto, la respuesta era la misma: no lo recuerdo.
El famoso SMS de “Luis, sé fuerte” sí. Ese lo recuerda. Es difícil olvidarlo cuando lleva más de una década circulando. Pero otros mensajes, como aquel en el que Bárcenas le pedía hablar con Javier Arenas el 5 de marzo de 2013, o el posterior “Luis, nada es fácil, hacemos lo que podemos”, se diluyen en su memoria. Literalmente.
“No tengo ni idea de lo que es eso”, llegó a decir en el tribunal. Una frase corta. Contundente. Y bastante reveladora.
La estrategia no es nueva. Forma parte de lo que ya se ha bautizado como la mala memoria de Rajoy, una especie de escudo narrativo que le ha acompañado durante años. No recordar es más seguro que explicar. Y, desde luego, menos arriesgado que reconocer.
El problema es que la desmemoria no es selectiva en abstracto. Lo es en la práctica. Porque no falla en lo irrelevante, sino en lo delicado. En lo que compromete. En lo que conecta directamente con la responsabilidad política.
LA VERSIÓN OFICIAL FRENTE A LOS HECHOS DOCUMENTADOS
Rajoy defendió también que los ministros no tienen por qué conocer el uso de los fondos reservados. Que no es su función. Que sería “disparatado”. Una afirmación que, curiosamente, entra en tensión con la propia normativa: la ley obliga a informar periódicamente sobre esos gastos a una comisión parlamentaria.
Es decir, no se trata de una curiosidad opcional. Es una obligación institucional. Otra cosa es cómo se cumpla. O si se cumple.
Mientras tanto, los hechos siguen ahí. El dispositivo Kitchen arranca el 13 de julio de 2013, apenas 48 horas antes de que Bárcenas volviera a declarar tras pasar 18 días en prisión. Para entonces, ya se conocían los 47 millones de euros que el extesorero ocultaba en Suiza, distribuidos en cuentas como las del Dresdner Bank y el Lombard Odier.
La cronología no es menor. Siete meses después de que empezaran a aflorar esas cuentas, se activa una operación secreta para “buscar más dinero”. Esa es la versión oficial. La otra habla de proteger a la cúpula del partido en pleno terremoto político.
El propio juez instructor llegó a describir una “línea roja de protección” alrededor de los dirigentes del PP. Una expresión bastante gráfica. Y bastante incómoda.
Aun así, Rajoy salió indemne del proceso. No fue imputado. Ni siquiera tuvo que declarar hasta ahora como testigo. Las responsabilidades penales se concentraron en otros nombres: Fernández Díaz y su secretario de Estado, entre otros.
Y ahí aparece otro detalle interesante. Rajoy no solo niega haber sabido nada. También minimiza el papel de quienes sí están acusados. Reduce su capacidad de decisión, su implicación, su margen de actuación. Una especie de rebaja generalizada de responsabilidades.
Todo encaja. O al menos lo intenta.
Porque al final la escena es bastante clara: un expresidente que no recuerda, una operación que oficialmente no existió y una causa judicial que acumula pruebas. Tres versiones del mismo país. Tres formas de contar lo mismo.
Y en medio, una pregunta que sigue flotando. No es nueva. Pero sigue sin respuesta convincente.
¿Cuántas cosas pueden olvidarse antes de que el olvido deje de ser creíble?
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