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El papel de los medios es indispensable en la formación de opinión pública: naturalizar y normalizar unos comportamientos al tiempo que señalar y sancionar públicamente otros.
B.M.
En su breve ensayo La utilidad de lo inútil (2013), el filósofo Nuccio Ordine hace referencia a un discurso del escritor Foster Wallace, en el que relata el encuentro de dos peces jóvenes con uno más viejo, que les saluda diciendo «¿Cómo está el agua?». Al marcharse este, aquellos se preguntan «¿Qué demonios es el agua?».
Este fragmento ilustra brillantemente la idea de cultura, como estructura de elementos interconectados que rodea y moldea nuestras vidas, pero cuya presencia, habitualmente, es invisible. Cuando algunas formas culturales adquieren esa categoría nos indica que se han naturalizado. Se convierten en lo normal, en tanto forma hegemónica de entender o acercarse a una situación ante la que no se muestra aparente duda o alternativa.
En relación a los medios de comunicación y su papel en la estructura política, parece que algunas de esas interrelaciones culturales se convierten en el agua transparente de esos jóvenes peces. Los medios de comunicación dominantesson parte esencial del sistema político en el que se desarrollan. Como sostenía Eduardo Galeano, con su dictadura de una sola palabra y una sola imagen potencian el simulacro que el sistema pretende mostrar. Enfocan la opinión pública hacia donde le conviene y ensombrecen aquello que no se desea airear. Los silencios y desenfoques son habituales. Por ejemplo, la guerra del Yemen y la implicación de Arabia Saudí, los desmanes reales de las últimas décadas o las relaciones de grandes empresas con la corrupción política y la evasión fiscal.

La imagen transmitida por esos medios es performativa. Genera una nueva y monolítica perspectiva que modela la realidad. Puede servir, por ejemplo, para anticipar, introducir o sostener un paradigma ideológico. El escritor británico Owen Jones narra en Chavs. La demonizacion de la clase obrera (2011), la aparición en la televisión británica de programas de telerrealidad y series de ficción en los que se mostraba a individuos de clase trabajadora que abusaban de las ayudas públicas (sí, la famosa paguita). Sin embargo, Jones alerta de que el porcentaje de uso fraudulento de ese tipo de subvenciones es setenta veces menor que el relacionado con el fraude fiscal, asociado mayoritariamente a grandes empresas y a las clases altas. No obstante, esta focalización que magnifica un problema y sobre el que centra la atención, fue un elemento cardinal que permitió crear el abono ideológico y el sustrato social sobre los que arraigaron las políticas neoliberales en el Reino Unido. Ya son conocidas. Recortar y privatizar, prometiendo acabar con esa plaga que salía retratada en aquellos programas, mediante la presunta eficiencia del mercado. El resultado final es que se favorece la elusión fiscal de los más ricos mientras se desatiende a los más pobres. El papel de los medios, por lo tanto, es indispensable en esa formación de opinión pública: naturalizar y normalizar unos comportamientos al tiempo que señalar y sancionar públicamente otros.
También es habitual encontrar en el debate público cierta confusión sobre la ideología de un determinado medio. Pongamos por ejemplo, el grupo Atresmedia, que incluye empresas como La Razón, Antena3, Onda Cero o La Sexta. Es el mismo jefe el que paga las nóminas de Marhuenda, Vallés, Ana Pastor, Ferreras, Alsina o Iñaki López. Pensar que algunos de estos medios son de izquierdas o progresistas y otros conservadores es caer en una trampa fácilmente desmontable. El cine, una vez más, nos sirve para desenmascarar tan burdo intento de engaño. En concreto, una escena de Bananas (1971), de Woody Allen. Se produce un golpe de estado en la inventada república de San Marcos. Un avión con soldados y mercenarios de la CIA se dirige hacia allí para hacer una de sus habituales intervenciones. En el avión, un soldado pregunta confuso si van a apoyar al gobierno o a derrocarlo. A ello, otro responde: «la CIA no corre riesgos. Los de este lado apoyamos al gobierno y los de enfrente a la guerrilla».
Creo que esta escena es suficientemente reveladora de cómo operan los grandes grupos mediáticos en el campo político. Cada uno de sus medios se especializa, también ideológicamente, en un tipo de espectador, lector u oyente, pero todos siguen una estrategia común: la defensa de sus intereses económicos y políticos. Este punto es significativo porque algunos de esos medios ni siquiera aportan dividendos a sus accionistas. Siguiendo la lógica del mercado, por ejemplo, la prensa de papel muestra unas cuentas demasiado frágiles. La Razón ganó unos exiguos diecisiete mil euros en 2015. Aún así, su competencia presentó peores datos ese año. El Mundo perdió siete millones de euros y El País más de tres millones. ¿Qué beneficios esperan sus propietarios para mantenerlos? Obviamente, no es la obtención de un rédito económico directo e inmediato. Aquí llegamos a la cuestión esencial. Su capacidad política, ideológica y propagandística para configurar una realidad (alternativa) que se acerque a sus intereses. Para esto sí que les merece la pena mantener medios deficitarios.
Veamos otro ejemplo en el grupo Prisa, con medios como el citado El País, Cadena Ser o el diario Cinco Días. Desde el inicio de la crisis del 2008 ha sufrido numerosos problemas para mantener a flote su división mediática. Finalmente, la entrada o aumento de representación en el accionariado del Banco de Santander, el BSCH, un sultán catarí o dos fondos de inversión, ha reorganizado por completo su consejo de administración. Las convulsiones que ha sufrido El País, con idas y venidas de directores, la realización de un ERE que afectó a 120 trabajadores en 2012 y una política editorial de hostilidad, hacia Pedro Sánchez o Podemos primero y al ejecutivo de coalición más tarde, reflejan la importancia política e ideológica de los medios, más allá de sus números rojos. Este uso político lo ejemplifican aquellas reuniones en el consejo editorial de El País, desde las que Felipe González inició otra maniobra más contra la estabilidad del gobierno.
De modo que, cuando escuches un editorial matutino en tu emisora preferida, asientas con la cabeza las palabras de un tertuliano, te sorprenda el comportamiento de un concursante en un reality o te insistan en que No mires arriba, hazte esta pregunta: ¿Qué demonios es el agua?
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