La banda denuncia el uso de su canción ‘Take Me Out’ en un vídeo militar que celebra bombardeos con cientos de víctimas y expone cómo la maquinaria propagandística convierte la cultura popular en banda sonora de la guerra.
La música suele hablar de emociones, de vida cotidiana o de rebeldía cultural. Pero a veces termina convertida en algo mucho más oscuro. La banda escocesa Franz Ferdinand ha denunciado públicamente que las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) utilizaron su canción ‘Take Me Out’, publicada en 2003, en un vídeo propagandístico que celebra ataques militares contra Irán. El vídeo, difundido en redes sociales bajo el lema “Operación León Rugiente: así se hace”, muestra aviones de combate, explosiones y a un soldado celebrando los bombardeos.
Según diferentes recuentos iniciales, los ataques han dejado ya cientos de personas muertas, en un nuevo episodio de escalada militar que vuelve a convertir la violencia en espectáculo digital. Y para Franz Ferdinand, la apropiación de su música para acompañar esa narrativa bélica ha sido la gota que colma el vaso.
El vocalista del grupo, Alex Kapranos, reaccionó con un mensaje directo y sin matices. Denunció que “estos asesinos belicistas están usando nuestra música sin nuestro consentimiento”, y añadió que la banda se siente “asqueada y furiosa” ante el uso de su canción en ese contexto.
“Llegar pavoneándose y tomar lo que no es suyo con una arrogancia vil”, escribió Kapranos, señalando que ese tipo de apropiación cultural encaja con una lógica política mucho más amplia.
No es solo una polémica musical. Es un síntoma.
CUANDO LA GUERRA SE DISFRAZA DE CONTENIDO VIRAL
La propaganda militar contemporánea no se parece a la de los viejos noticiarios de guerra. Hoy se produce con estética de videoclip, lenguaje de redes sociales y canciones pop reconocibles. La guerra se presenta como un contenido viral diseñado para circular en TikTok, Instagram o X.
El uso de música popular en vídeos militares no es nuevo. En los últimos años, la Casa Blanca y distintas estructuras del aparato militar estadounidense han utilizado canciones comerciales para acompañar mensajes propagandísticos, buscando precisamente ese efecto de viralidad.
En 2024 y 2025, varios artistas denunciaron usos similares. Kesha criticó públicamente a Donald Trump por utilizar su canción ‘Blow’ en un vídeo político, mientras que fragmentos del tema ‘Big Boy’ de SZA fueron utilizados para promocionar detenciones migratorias del ICE.
Otros músicos también han reaccionado. Radiohead y Sabrina Carpenter han criticado el uso propagandístico de sus canciones en contenidos políticos, llegando incluso a presionar para que algunos vídeos fueran retirados.
En uno de esos casos, Sabrina Carpenter consiguió que se eliminara un vídeo del ICE tras calificarlo de “vil y asqueroso”.
Sin embargo, estas victorias son excepcionales.
La estructura legal de la industria musical permite que muchas canciones se utilicen en redes sociales sin autorización directa de los artistas, porque los contratos de las discográficas licencian los catálogos a plataformas como TikTok o Instagram.
Eso significa que cualquier cuenta —incluidas cuentas gubernamentales o militares— puede incorporar una canción en sus vídeos.
Incluso artistas que poseen los derechos de sus másters tienen dificultades para impedirlo.
LA INDUSTRIA MUSICAL, LAS PLATAFORMAS Y LA NORMALIZACIÓN DE LA VIOLENCIA
El caso de Franz Ferdinand revela un problema más profundo: la cultura popular convertida en herramienta de legitimación de la violencia militar.
La lógica es simple. Si un vídeo de bombardeos se acompaña con una canción conocida, el contenido se vuelve más atractivo, más compartible y más fácil de consumir.
La guerra se convierte en espectáculo.
Algunos estrategas digitales lo reconocen abiertamente. SZA denunció que este tipo de publicaciones funcionan como “rage bait”, es decir, como un “anzuelo de indignación” diseñado para provocar reacciones públicas de artistas y aumentar así la visibilidad del vídeo.
En otras palabras, el escándalo forma parte de la estrategia.
Cuanto más protesten los músicos, más atención recibe el contenido militar.
Mientras tanto, las plataformas digitales se benefician del tráfico, las visualizaciones y la monetización del conflicto.
La violencia se integra así en la economía de la atención, donde lo importante no es la ética del contenido sino su capacidad para generar clics.
En ese ecosistema, las canciones dejan de ser obras culturales para convertirse en combustible narrativo de la propaganda.
El resultado es una paradoja amarga: músicos que escribieron canciones sobre amor, ruptura o juventud terminan viendo cómo sus temas acompañan imágenes de bombardeos, misiles y destrucción.
Y cuando protestan, descubren que el sistema legal y digital está diseñado precisamente para que no puedan impedirlo.
La cultura convertida en banda sonora de la guerra es uno de los signos más claros de nuestra época: un mundo donde incluso la música puede ser secuestrada por la maquinaria propagandística del poder.
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