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Un partido que presume de feminismo no puede permitirse silencios selectivos
EL HOMBRE DE MONCLOA QUE CREYÓ QUE TODO SE LE PERMITÍA
¿Pero quién es Paco Salazar? Esa es la pregunta que se repite desde que las denuncias por acoso sexual y laboral contra el exasesor de Pedro Sánchez reaparecieron de golpe, casi milagrosamente, en el sistema interno del PSOE. Y la respuesta es incómoda. Salazar fue durante años uno de esos hombres bien colocados, bien conectados y con llave maestra para entrar en despachos donde no podía entrar nadie más. Un engranaje más del poder orgánico del partido, un rostro discreto de la maquinaria política que opera entre bambalinas.
Y, según denuncian varias militantes, alguien que utilizó esa posición para desplegar un comportamiento vejatorio y sexualmente agresivo ante mujeres que estaban en situación de subordinación. No hablamos de rumores ni de chismes. Estamos hablando de testimonios concretos, depositados formalmente en el canal anti-acoso del PSOE, donde las denunciantes relatan escenas que helan la sangre: subidas de bragueta en su cara, gestos obscenos, simulaciones de felaciones y exigencias para que enseñaran el escote. Un patrón claro de abuso de poder en un entorno laboral.
Pero el problema no es solo Salazar. El problema es cómo reaccionó el PSOE.
Durante cuatro meses y medio, esas denuncias no se instruyeron. No hubo respuesta. No hubo seguimiento. No hubo cuidado institucional hacia las mujeres que hablaron. Y por si fuera poco, las denuncias desaparecieron del sistema interno durante semanas. Ferraz se justificó diciendo que el canal entró en “modo ofuscación” para proteger datos. Una herramienta digital que, casualmente, dejó a las denunciantes sin acceso durante un mes. Una coincidencia que huele a rancio.
Mientras tanto, Salazar mantenía su carné de militante. No se le había expulsado. No se había tramitado nada. Nada se movió hasta que elDiario.es publicó la información y colocó a Ferraz frente a sus contradicciones.
EL GIRO DE 72 HORAS Y EL ESPEJO DONDE NO QUIERE MIRARSE EL PSOE
La cronología importa. Importa muchísimo.
Jueves: Salazar pide la baja de militancia justo cuando los periodistas preguntan por su caso.
Viernes: Fuentes de la dirección afirman que no tiene sentido seguir con el procedimiento porque ya no es militante. Traducido: carpetazo express.
Lunes a las 6:00: elDiario.es publica que el PSOE ha dejado morir la investigación.
Lunes a mediodía: milagro. Las denuncias vuelven a aparecer en el sistema. Y fuentes de la dirección cambian su relato: ahora sí continuará el proceso. “La pérdida de la condición de afiliado no supone el fin del procedimiento”.
En 72 horas, el PSOE pasó de cerrar el caso a resucitarlo. Y todo gracias a la presión mediática.
Ese giro destapa algo más profundo: una estructura política que reacciona tarde, mal y por obligación cuando se trata de casos de violencia sexual interna. En palabras de la ministra de Igualdad, Ana Redondo, el partido ha sido “ágil, contundente y rápido”. Pero los números son tozudos. Casi cinco meses sin contestar a las denuncias. Cinco meses sin instruir. Cinco meses sin respuesta a mujeres que se atrevieron a denunciar a un hombre poderoso.
La contradicción es tan evidente que hasta el propio comunicado del PSOE se desmiente a sí mismo. Pasaron de hablar de “falta de diligencia” a negar cualquier error, reduciendo todo a una interrupción momentánea. Lo que estaba en un cajón pasó a ser un “automatismo informático”. La política digital como cortina de humo.
Mientras tanto, las denunciantes seguían esperando. Y el partido seguía justificándose.
Aquí está la grieta: un PSOE que quiere ser referente feminista, pero actúa como cualquier estructura de poder que protege más al de arriba que a las de abajo.
La pregunta sigue sin respuesta. ¿Pero quién es Paco Salazar? No solo un asesor. No solo un militante. Es el espejo donde el PSOE no quiere verse reflejado, el recordatorio de que el feminismo institucional se pone a prueba justamente en estos casos, cuando hay que posicionarse y no esconder expedientes tras un error de software o un trámite administrativo oportuno.
Al final, toda esta historia deja una frase que debería incomodar al poder: lo que se protege en silencio suele decir más que lo que se condena en público.
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