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Mientras la derecha repite mantras, el terrorismo real se organiza en nuestros foros, en nuestros barrios y en nuestro país.
UNA RED NEONAZI GLOBAL QUE YA ESTÁ EN ESPAÑA
No, no es ETA. Lo que pisa suelo español en 2025 es mucho más parecido a un espejo del supremacismo global que ha ido incubando en internet, a plena luz, mientras gobiernos conservadores señalaban hacia otro lado. ‘The Base’ es una organización terrorista neonazi con células en Estados Unidos, Sudáfrica, Australia, la Unión Europea y Ucrania. En España ya hay una estructura desarticulada en Castelló con tres detenciones. La Policía lo ha llamado operación Cascadia. Los expertos lo llaman aceleracionismo implantado en el Estado español.
Fundada en 2018 por un estadounidense de 51 años, Rinaldo Nazzaro, que vive en San Petersburgo y que ha trabajado tanto para el Departamento de Seguridad Nacional como para empresas privadas de inteligencia, ‘The Base’ combina estética paramilitar, cultura survivalista y un supremacismo blanco sin máscaras. Propaganda, reclutamiento y violencia. Ese es el manual.
Su obsesión es la misma que comparten todas las ultraderechas del planeta: un etnoestado blanco donde la diversidad (étnica, sexual, religiosa) se percibe como amenaza. En España, según distintas estimaciones, ya hay jóvenes captados en una red transnacional que mezcla machismo, neonazismo, teorías del reemplazo y un odio explícito a las y los migrantes, a las personas LGTBI y a cualquier pensamiento democrático.
La ideología que une estas células es el aceleracionismo, esa corriente que defiende que la sociedad liberal-capitalista está condenada a caer y que, para que colapse antes, hay que empujarla mediante atentados, sabotajes y caos. El apocalipsis como estrategia política. El terrorismo como método. Lo yihadista en versión supremacista. Lo mismo que denuncian desde hace décadas —pero con esvásticas.
Expertos como Sergio Gracia ya advierten: “Esto es solo la punta del iceberg”. Y tienen razón. Lo que se ha visto en Castelló es apenas una ventana. Este grupo se mueve igual que el terrorismo internacional: células pequeñas, descentralizadas, lobos solitarios, compartimentos estancos y canales de reclutamiento cifrados en Telegram y otras plataformas opacas para cualquier control institucional.
Mientras tanto, la ultraderecha política española prefiere repetir discursos sobre el “enemigo interior” de siempre, ignorando (y a veces flirteando con) la cultura que alimenta este ecosistema.
LA RADICALIZACIÓN QUE YA HA CRUZADO TODAS LAS FRONTERAS
La comparación más precisa que hacen las y los especialistas es clara: ‘The Base’ funciona como una Al Qaeda blanca. El nombre no es casual. Promueven manuales de armas impresas en 3D, entrenamientos, atentados contra infraestructuras energéticas y ataques a minorías. Su comunidad online es ya un espacio de radicalización continua, especialmente dirigido a adolescentes que buscan identidad, pertenencia y certezas.
La radicalización digital no reconoce fronteras, ni horarios, ni vigilancia institucional. Lo que antes ocurría en sótanos y garajes ahora sucede en grupos privados con cientos de jóvenes absorbidos por contenido memético, humor nihilista y violencia estética.
Las y los especialistas en terrorismo avisan de un fenómeno especialmente peligroso: no hace falta estar politizado para caer en la red. Basta con estar solo. El aceleracionismo vende soluciones rápidas para frustraciones profundas. Les promete acción donde la sociedad ofrece precariedad. Les entrega un enemigo cuando el capitalismo solo les ofrece incertidumbre. Les regala pertenencia cuando el Estado les niega futuro.
Esta ultraderecha no llega con corbata: llega con tutoriales, memes y rifles. Y lo hace mientras líderes conservadores reducen el problema a discursos vacíos sobre inseguridad y agitan miedos para ganar votos sin tocar jamás a los suyos.
Los precedentes son contundentes. Primera condena en Europa: un joven luxemburgués que a los 18 años planeaba atentados en Luxemburgo, Suecia y los Países Bajos y que llegó a proponer ataques ecoterroristas coordinados con brigadas neonazis. Estados Unidos: sinagogas atacadas en 2019, células desactivadas tras el asalto al Capitolio, militares involucrados. Europa: macroperación de Europol en 2023 con detenidos en seis países.
Y después Ucrania: el asesinato del coronel Iván Vorónich en Kiev en julio de 2025. Un atentado reivindicado por su célula ucraniana, que en Telegram anunció que era solo el principio. Sabotajes, incendios, ataques a infraestructuras críticas. Una guerra dentro de la guerra.
Mientras tanto, en España, el debate político sigue atrapado en un teatro que ya no explica el mundo. No va de ETA, no va de nostalgia bélica ni de guerras culturales rancias. Va de un terrorismo neonazi que usa nuestra crisis social como combustible y nuestras redes sociales como autopista.
Y el poder parece más cómodo mirando hacia otro lado.
Porque el verdadero enemigo siempre avanza cuando quienes deberían frenarlo prefieren apuntar en la dirección equivocada.
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