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Cuando la soberbia literaria se disfraza de honor académico
EL HONOR SEGÚN LOS QUE ROBAN PALABRAS
La literatura española vive uno de esos momentos en que los egos se baten a duelo a plena luz de las redes. La diferencia es que aquí no hay honor, solo memoria selectiva y mucha impostura condecorada. Arturo Pérez-Reverte, el eterno espadachín de tertulia televisiva, decidió blandir su verbo contra Luis García Montero —director del Instituto Cervantes— y contra el Gobierno, acusándolos de intentar “colonizar” la Real Academia Española. Lo dijo sin temblarle la mano, con su habitual tono de cruzado en defensa del idioma, ese mismo que reduce el debate cultural a una guerra de trincheras entre patriotas y traidores.
“Nos han hecho perder la América hispana”, escribió el académico, como si el colonialismo fuera nostalgia y no crimen histórico. Pero lo verdaderamente indecente fue su ataque directo a García Montero, al que llamó “mediocre y paniaguado”, y al que acusó de ser una “criatura” del ministro Albares. Detrás de tanta retórica bélica se esconde una vieja obsesión del poder cultural español: controlar quién reparte los carnés de legitimidad literaria.
Lo que Pérez-Reverte no esperaba es que alguien le recordara su propio pasado. Y lo hizo Max Pradera, que entró en escena con una precisión quirúrgica: “Que siga en la RAE es un insulto a la literatura y al derecho de autor”.
EL PLAGIO QUE LA RAE PREFIERE OLVIDAR
En 2011, la Audiencia Provincial de Madrid condenó a Arturo Pérez-Reverte a pagar 200.000 euros por plagiar el guion de la película Gitano. La sentencia fue clara: existían “significativos indicios” de que había copiado la obra Gitana: corazones púrpuras del escritor Antonio González-Vigil. No hablamos de una sospecha, sino de una condena firme. Pero el autor de El capitán Alatriste se limitó a decir que fue una “emboscada” y que todo era “una maniobra para sacarle dinero”.
Desde entonces, la Real Academia Española —esa institución que se presenta como guardiana del idioma— mantiene entre sus sillones a un condenado por apropiación intelectual. Ninguno de sus ilustres compañeros ha exigido explicaciones. El silencio académico, tan elocuente como cobarde, demuestra que la RAE no defiende la lengua, sino los apellidos.
Max Pradera no se quedó ahí. Lo llamó por lo que es: “facha de salón, testosterona de saldo y épica de bar”. Añadió que su estilo se resume en “frases cortas, clichés largos” y que su ética se puede medir en la cantidad de páginas robadas. Su ataque fue demoledor, pero necesario: porque el problema no es Pérez-Reverte, sino el pedestal que el poder mediático le ha construido.
En su cruzada contra lo “políticamente correcto”, el académico ha confundido la valentía con el resentimiento. Se presenta como outsider, pero vive de las instituciones que critica. Se dice libre, pero nunca ha cuestionado al poder económico ni al militar. Su rebeldía es de sobremesa. Su espada, de atrezzo.
LA BATALLA ENTRE CERVANTES Y LA RAE
El enfrentamiento entre el Instituto Cervantes y la RAE tiene más de política que de filología. Luis García Montero, poeta y director del Cervantes, denunció públicamente que la Academia está en manos de un catedrático de Derecho Administrativo —Santiago Muñoz Machado— “experto en llevar negocios para empresas multimillonarias”. La respuesta institucional fue inmediata, y el debate se trasladó al Congreso Internacional de la Lengua Española en Arequipa.
Detrás del cruce de declaraciones se oculta algo más profundo: una pugna por el control simbólico del idioma como marca comercial. La RAE, convertida en aparato de legitimación del conservadurismo cultural, defiende una lengua “pura”, despolitizada y supuestamente neutral. El Cervantes, en cambio, intenta abrir el español al mundo real, a sus hablantes, a las calles y acentos que la Academia desprecia.
Y ahí reaparece Pérez-Reverte, nostálgico de los imperios y de los hombres con espada, acusando de “colonizadores” a quienes precisamente intentan descolonizar la lengua. Ironías de un país donde los que roban ideas se presentan como guardianes de la moral literaria.
El ruido mediático lo amplifica todo, pero el fondo es claro: una élite cultural se aferra a sus sillones dorados mientras llama traidores a quienes cuestionan su autoridad. Max Pradera solo ha hecho lo que corresponde a quien respeta la palabra: recordarle al impostor su historial.
Porque no hay mayor afrenta para la literatura que ver cómo quien fue condenado por plagiar un guion sigue dictando normas sobre lo que es escribir bien.
En un país donde los ladrones de guiones acaban de académicos y los poetas son señalados por decir la verdad, la espada más afilada no es la de Alatriste, sino la de la hipocresía.
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