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Un Govern colgado de un hilo y una ultraderecha que disfruta tensándolo
LA NEGOCIACIÓN AL BORDE DEL ABISMO
El PP valenciano ha vuelto a su lugar natural: depender de una ultraderecha crecida, impúdica y perfectamente consciente de que tiene la mano en el cuello de los populares. A menos de 48 horas del límite legal del 19 de noviembre de 2025, Vox estira la cuerda para demostrar quién manda en la Comunitat Valenciana. Y lo hace con un cálculo simple: el PP está desesperado y ellos pueden permitirse el espectáculo de humillarles un poco más.
Porque sin Vox no hay investidura. Sin firma ultra, Juanfran Pérez Llorca no pisa el Palau de la Generalitat. Y, con ese plazo que expira a medianoche del miércoles, la extrema derecha presume de su poder de veto. En su lenguaje taurino, “hasta el rabo todo es toro”, pero aquí el toro es la democracia valenciana y quien agita el estoque es el partido de Santiago Abascal.
El PP de Mazón —ahora disfrazado de PP de Pérez Llorca, aunque sin cambiar ni de acento ni de círculo de poder— intenta aparentar tranquilidad mientras negocia con un vértigo evidente. Sabe que Vox observa su debilidad, su desgaste con la gestión catastrófica de la dana del 29 de octubre de 2024, las revelaciones periodísticas y el deterioro interno. Y Vox se sabe cómodo pescando en el río revuelto del descontento conservador.
El nuevo candidato popular, además, llega con la mochila rota. Inmuebles ocultos en su declaración patrimonial, un negocio hotelero en riesgo y una vivienda con piscina, parking y cenador ilegales que su propio ayuntamiento tendría que haber derribado. La ultraderecha se enteró por la prensa y la sobreactuación del PP —publicando una reunión de urgencia con Vox el mismo día de los escándalos— solo confirmó lo que ya era evidente: el miedo cambia el tono de cualquier negociación.
Mientras tanto, Vox juega a salvar distancias en público. Lo necesita para seguir creciendo electoralmente. Pero en privado, los dos años de idilio con Mazón siguen muy presentes. La última pista la dio Ignacio Gil Lázaro, histórico del PP reciclado en ultra, que en la comisión de investigación trató a Mazón con la suavidad de quien masajea a un aliado, no interroga a un responsable político.
UN GOBIERNO SECUESTRADO Y UN ‘MAZONISMO’ QUE NO CAE
La realidad es que Pérez Llorca no es una ruptura. Es la continuidad exacta del mazonismo, su heredero administrativo y político, y la confirmación de que el clan de Alicante, lejos de asumir responsabilidades por su deriva, sale indemne de la crisis interna del PP valenciano.
El nuevo líder mantiene los mismos equilibrios de poder, los mismos nombres y los mismos compromisos, incluidos los que atan al PP a Vox desde 2023. Para la ultraderecha, negociar con él o con Mazón es casi lo mismo: un trámite para imponer sus prioridades estructurales.
Y esas prioridades vuelven a estar encima de la mesa. Santiago Abascal, con la seguridad de quien sabe que la llave la tiene él, exige que la investidura pase por el impulso de nuevas presas y obras hidráulicas, señalando a los “culpables de la tragedia de Valencia” como piezas a abatir. Una fórmula perfecta para reescribir la historia, librar a Mazón de culpa y colocar a la izquierda como responsable de una catástrofe que su propio gobierno gestionó con negligencia.
El PP no tendrá problemas en ceder ese punto. Nunca los ha tenido con Vox: aceptó su discurso contra el Pacto Verde Europeo, su criminalización de las personas migrantes y sus marcos culturales, aunque eso implicara dinamitar consensos básicos de convivencia. El precio por mantener las siglas en el poder siempre les pareció asumible.
Mientras tanto, el reloj corre y el vértigo aumenta. Nadie ha registrado un nombre para la investidura y el fantasma de elecciones anticipadas asoma en el pasillo. Un escenario que a Vox no le incomoda. Le permite seguir creciendo, seguir tensando, seguir humillando a un PP necesitado, ahogado y sin proyecto propio más allá de sobrevivir un día más.
Lo que está en juego no es solo una investidura. Es una comunidad entera puesta a merced de quienes convierten la democracia en chantaje.
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