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«En el fondo sabemos que hemos fracasado como sociedad. Luna es nuestra forma de mirar hacia otro lado».
Por Guido Ohlenschlaeger Gómez
Primero una advertencia: las comillas del título son apropósito. Las comillas extraen una expresión de su sentido normal, automático. Todo este artículo debería leerse entre comillas.
Luna abraza a un chico negro. ¿Senegalés? ¿Cómo se llama? Luna. No, digo el otro, el “chico negro”. No lo sé. No lo sabemos. Nadie lo sabe. Bueno, nadie. Imaginamos que su familia, sus amigos y conocidos lo sabrán. Nosotros no. No importa.¡Qué más da, no te despistes, Guido! La imagen es bonita. Un abrazo de una chica joven, voluntaria de la Cruz Roja, con un chico recién llegado a una frontera. ¿Qué más da cómo se llame él? Lo importante es que Luna representa la humanidad, la dignidad… [Inserte aquí más términos ilustrados].
Que no se me mal entienda. La imagen es hermosa, icónica. Luna representa muchas cosas. Es una proyección. Nosotros, la mayoría de los que no somos unos hijos de puta -véase Herman Tersch and co-, proyectamos en Luna la imagen de lo que querríamos para nuestra sociedad. Nosotros querríamos ser Luna. Por otro lado, Luna es una forma particular de la expiación de nuestros pecados. Un malestar interior nos agita cuando vemos a cientos y miles de niños curzando en la frontera, llegando ahogados. Algo nos desarraiga cuando vemos las imágenes de las devoluciones.

En el fondo sabemos ─aunque no lo queramos saber─ que hemos fracasado como sociedad. Y si no lo sabemos, lo hemos hecho. Luna es nuestra forma de mirar hacia otro lado. El proyecto europeo está construido sobre el expolio de los pueblos de África ─también de América Latina─. Europa paga dulces cantidades a los países fronterizos para que se hagan cargo de todos aquellos que quieren venir a buscar una vida mejor. Marruecos y Turquía son el cortafuegos de la felicidad Europea. El rompeolas de todos los migrantes. Da igual qué se haga al otro lado ─torturas, palizas, cárcel, vejaciones…─, mientras no lleguen, todo está bien. Pero y a todo esto, ¿qué pasa con “el chico negro”, quién es? ¿Se llama “chico negro”? A lo mejor se llama así y me callo. Que claro, a lo mejor se llama “ese pobre chico” o “el pobre inmigrante destrozado”. No lo sabemos. ¿Habrá muerto? ¿Dónde trabajaba antes? ¿Qué hacía? ¿Por qué huía? En realidad la crisis ─que es un chantaje de Marruecos por ingresar en un hospital español a un líder del Frente Polisario─ pone de manifiesto que hemos dejado nuestra política migratoria en manos de un sátrapa ─véase, sátrapas varios en varios rincones del planeta─ que no tiene problema con usar vidas humanas para hacer política. Que, por cierto, otro que tampoco tiene problema es Abascal. Abascal y Mohamed VI están conectados por un hilo invisible: el de la inmundicia moral. Ambos disfrutan de la crisis porque ambos sienten que se llevan algo. Por eso odian a Luna, entre otras cosas. Mohamed VI y Abascal querían muertos, peleas, lanzamientos de piedras, imágenes terribles ─que haberlas las ha habido─ por eso odian a Luna, porque su abrazo es como una Piedad de la iconografía cristiana, porque no hay nadie nacido en occidente y que no sea un hijo de puta, que no reconozca en ese abrazo las imágenes iconográficas de la virgen María con su chiquillo. El amor, la piedad, la compasión, la solidaridad: el abrazo fraterno ─materno─. El abrazo de Luna es nuestra forma de aplacar la mala conciencia, de expiar el pecado original: que vivimos como vivimos porque otros viven como viven. Luna nos ha dado la posibilidad de hacer ese viaje de verano super guay ─sin hacerlo─ a Camerún, Senegál o Etiopía para hacer nuestro voluntariado de diez días ayudando a esos “chicos negros” porque “se nos parte el alma”, como con el chico negro que abrazaba a Luna. Elevamos a Luna a categoría de humanidad, porque “todos somos Luna”. Ahora podemos volver a nuestras vidas más o menos tranquilas. “Somos una sociedad mejor” “Somos un gran país”. La próxima semana el rey Felipe VI hará una llamada a su homologo marroquí. Le prometerá que repararán el daño causado y juzgarán en la Audiencia Nacional al líder del frente polisario y a quien haga falta. Las playas de Ceuta y el Tarajal estarán en calma. Los policías y guardias civiles vigilarán el paso de frontera. Silencio y el mar crujiendo levemente sobre el rompeolas. Huele a sal y a peces. Todo está tranquilo. En el otro lado, en Marruecos, la policía agrede levemente a los que quieren cruzar. Los meten en coches, los amedrentan, les dan palizas en el silencio de una celda. Miles de jóvenes esperan nerviosos en el monte Gurugú. De vez en cuando una redada brutal. Silencio de nuevo. Es de noche. En España todos dormimos. Luna se ha reabierto el tuiter. Alguna entrevista en Zapeando, el Intermedio o algún programa desenfadado. Mohamed VI ha recibido sus 30 millones. Todo vuelve a su cauce. Ana Rosa se olvidó de Luna y vuelve a sacar sus reportajes sobre menores extranjeros que roban y agreden. Una señora y un señor miran la TV y piensan que a dónde vamos a llegar con esos delincuentes sueltos. Días antes aplaudían a Luna.
A todo esto, ¿dónde estará el “chico negro”? ¿Qué habrá sido de él? ¿Seguirá vivo? ¿Estará en el monte Gurugú? ¿En alguna cárcel marroquí? Joder, me ha vuelto a pasar. Yo quería escribir sobre el “chico negro” y he escrito sobre todo lo demás. Quizás porque si Luna es un símbolo de la humanidad, “el chico negro” lo sea de lo contrario. Hablar de él es desnudar al emperador. Mientras no nos hagamos cargo de estas preguntas solo nos queda esperar a la siguiente Luna para que podamos expiar nuestros pecados.
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