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Dieciocho animales muertos, más de 200 inspecciones sin conclusiones públicas y una tradición blindada frente a cualquier crítica
La romería de El Rocío vuelve a dejar imágenes insoportables. Bueyes atados al sol sin agua. Caballos desplomados. Mulas abrasadas dentro de un camión. Animales agotados arrastrando carretas entre polvo, calor y ruido mientras miles de personas pasan alrededor como si el sufrimiento fuese parte del decorado folklórico. Y lo peor es que ya ni sorprende. España ha normalizado que una fiesta religiosa acumule cadáveres animales año tras año sin que pase absolutamente nada.
Hasta este miércoles, el balance oficial habla de 18 animales muertos entre caballos, mulas y bueyes. Y todavía falta el camino de vuelta de varias hermandades. La cifra se acerca peligrosamente al peor registro histórico conocido, los 25 animales fallecidos en 2008. También supera ampliamente los datos de otros años recientes: 23 muertes en 2023, 13 en 2014, 13 en 2012 o 11 en 2011. En 2025, según los datos comunicados por el Plan Romero, murieron siete. Este año ya se ha multiplicado esa cifra.
Y aun así, el relato oficial sigue siendo el mismo. Restar importancia. Diluir responsabilidades. Hablar de “miles” de animales para justificar que algunos mueran por el camino. Como si las vidas se pudieran compensar estadísticamente. Como si la crueldad dejara de serlo cuando se convierte en costumbre.
UNA TRADICIÓN BLINDADA CONTRA LA VERGÜENZA
La Junta de Andalucía ha modificado este año incluso la manera de comunicar las muertes. Antes se emitían dos partes diarios durante la romería. Ahora no siempre ocurre. Hay jornadas con una sola nota de prensa y menos detalles. Más opacidad. Más ruido burocrático. Más distancia emocional frente a lo que realmente ocurre allí.
El lenguaje también importa. Y mucho. Este año se insiste especialmente en atribuir algunas muertes a “cólicos”, una palabra técnica que suaviza lo evidente. Porque detrás de muchos de esos llamados cólicos hay animales sometidos a jornadas interminables, deshidratación, estrés extremo y sobreesfuerzo. Lo explican incluso especialistas veterinarios consultados en el propio artículo original: los llamados cólicos por torsión pueden estar relacionados con falta de agua, cambios bruscos en la alimentación o esfuerzos prolongados. Es decir, no son fenómenos mágicos. Ni inevitables.
Pero claro. Resulta más cómodo presentar la muerte de un caballo como una fatalidad digestiva que reconocer que hay animales reventando físicamente para sostener una postal turística y religiosa convertida en industria emocional.
Porque El Rocío hace tiempo que dejó de ser solo una peregrinación. Es un negocio gigantesco. Turismo, alcohol, consumo masivo, alquileres de caballos, carretas, espectáculos y una maquinaria económica que necesita mantener intacta la idea de tradición intocable. Y cuando una tradición genera dinero, las administraciones suelen desarrollar una extraña ceguera moral.
Ahí están las cifras de inspecciones vinculadas al bienestar animal. 31 actuaciones un día. 38 al siguiente. 59 después. Más de 200 durante toda la romería. Pero nadie explica qué encontraron exactamente. Nadie concreta sanciones. Nadie aclara cuántos casos de maltrato se detectaron o cuántos expedientes terminarán realmente en consecuencias. Todo queda enterrado bajo expresiones vagas y notas institucionales cuidadosamente desinfectadas.
CUANDO EL SUFRIMIENTO SE DISFRAZA DE FOLKLORE
Las imágenes hablan solas. Un buey atado en corto bajo el sol, sin agua ni alimento al alcance. Caballos desplomados. Animales desbocados entre la multitud. Accidentes de tráfico con remolques volcados. Una y otra vez. Cada año. La diferencia es que en otros contextos esto sería un escándalo nacional. Aquí se llama tradición.
Pacma denuncia que las cifras oficiales probablemente solo muestran una parte del problema. Y cuesta pensar lo contrario. Porque no existen datos públicos sobre los animales que puedan morir durante el regreso, después de días de agotamiento extremo y temperaturas elevadas. Animales que desaparecen de las estadísticas igual que desaparecen de la conversación mediática cuando acaba la fiesta.
La portavoz de la formación en Andalucía Occidental, Clara Márquez, lo resume con crudeza: muchos animales “ya reventados físicamente” podrían seguir muriendo sin que jamás trascienda públicamente. Y probablemente tenga razón.
Mientras tanto, el Parque Nacional de Doñana vuelve a sufrir incendios y presión ambiental ligados al paso masivo de hermandades. Pero tampoco ahí parece existir límite. Porque en este país se sigue confundiendo identidad cultural con impunidad. Se sigue creyendo que cualquier crítica al sufrimiento animal es un ataque a las costumbres populares. Y no. No lo es.
Las tradiciones cambian. Han cambiado siempre. Algunas desaparecieron porque eran incompatibles con una sociedad mínimamente decente. Otras deberían hacerlo también. No hay ninguna espiritualidad en ver morir animales agotados mientras la música sigue sonando y las carretas continúan avanzando entre aplausos.
La pregunta ya no es por qué siguen muriendo caballos en El Rocío. La pregunta real es otra. Cuánto sufrimiento estamos dispuestos a tolerar simplemente porque ocurre envuelto en estampitas, sevillanas y silencio institucional.
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EL MALTRATO ANIMAL ES PECADO MORTAL.
Una vez más una fiesta religiosa acaba con la muerte de animales inocentes por falta de atención y por explotacion desmedida