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Por Franz Helgon
No hubo negociación. Las cosas eran así y punto. No había dinero, habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades y teníamos que pagarlo. Así lo decía la ministra Fátima Báñez en la sede de la soberanía nacional.
España, decía, ha vivido por encima de sus posibilidades. Pero en aquella ocasión no se refería a esa España de charanga y pandereta, esa España únicamente poblada por varones blancos, castellanoparlantes, heterosexuales, adinerados, católicos y de derechas, esa España objeto de rancio e irracional orgullo de muy españoles y mucho españoles. No, esa España es un club demasiado selecto como para que gente como tú, que estás leyendo este texto, o yo, que lo estoy escribiendo, podamos ser admitidos. En esta ocasión, a lo que la ministra Báñez se refería era a esa España que se levanta cada mañana y se mata a trabajar porque de ello depende su subsistencia. No importa que esa España tuviera mayoritariamente trabajos de mierda. No importa que “España hubiera ido bien” durante años, que los beneficios de las entidades bancarias, de las grandes corporaciones… aumentara trimestre tras trimestre. Quienes no tenemos más que un sueldo modesto para gastar habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades.
Claro, tenemos que retomar la senda de la sostenibilidad, bonita palabra para quien depende de un prohibitivo tratamiento oncológico para seguir con vida.
—Mira, que la quimioterapia que necesitas no te la podemos poner porque no es sostenible. Estás viviendo por encima de tus posibilidades. Espero que puedas comprenderlo.
Y con esto se abrió una veda que llega hasta nuestros días. Políticos de todos los colores, como Artur Mas, María Dolores de Cospedal, el en su momento muy moderado y ahora presidenciable Alberto Núñez Feijóo, incluso el insigne socialista José Luis Rodríguez Zapatero, y con todos ellos los correspondientes medios de comunicación se encargaron de «hacer pedagogía» para que los pobres curritos fuéramos capaces de entender que no, que no podía ser que los trabajadores y las trabajadoras tuviéramos asistencia médica «gratuita» (nótese el entrecomillado), restándole beneficios a la sanidad privada.
Puesto que los grandes medios de comunicación siempre fueron grandes y sabían perfectamente que nunca iban a dejar de serlo, el trabajo de adoctrinamiento educación de las mayorías sociales fue altamente efectivo. ¿Cuántas veces nuestros familiares y allegados pretendieron hacernos entrar en razón? ¿Cuántas veces quisieron explicarnos, como si fuéramos niños de corta edad que se resisten a comprender aquello que simplemente no les gusta? ¿Y qué pasaba cuando la explicación iba en sentido contrario? Invalidaciones, descalificaciones e incluso insultos. Lo primero de todo era recuperar esa «sostenibilidad». Lo más importante era la economía. Y a quien no comulgara con esas ruedas de molino se le respondía con condescendencia (falto de inteligencia), con insultos (comunista) o con mantras carentes de sentido (quiere arruinar a España).
Pues bien, han pasado los años, han seguido los recortes y se ha fomentado hasta la saciedad la idea de que el estado que presta los servicios que necesitamos es nuestro mortal enemigo, de que lo justo es que cada uno se pague lo que se necesite (y quien no pueda pagarlo que se j…), y de que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ese documento que define los puntos jurídicos y materiales de los que se compone la dignidad de un ser humano, y el propio concepto de justicia social son una aberración.
¿Hasta dónde llegaremos con todo esto, cuando lo que, a priori, parecía algo circunstancial y pasajero se está revelando como un plan a muy largo plazo? Podemos hacer muchas especulaciones al respecto, pero no resulta muy complicado elucubrar que las desigualdades crecerán, que la concentración de la riqueza aumentará y que las muertes por enfermedades tratables subirán como la espuma. Por fin el darwinismo social tendrá su añorada utopía y la clase extractiva parásita de todo el mundo podrá maximizar su beneficio. Las buenas gentes de a pie, mermado su conocimiento gracias al empeoramiento de su formación escolar, creerán cuantas milongas les vengan de arriba, vía medios de comunicación y redes sociales pertenecientes a grandes corporaciones, y no serán capaces ni de imaginar que otra forma de vida es posible. Hay quien dice que volveremos al siglo XIX, pero esa predicción me resulta demasiado halagüeña. Con el retorno al pensamiento religioso, y la propagación de los fundamentalismos religiosos cristiano y musulmán, que tanto convienen a aquellos que prefieren que los de abajo no pensemos, la sociedad que viene será más medieval que decimonónica. Puede, incluso, que los profetas de la superpoblación planetaria, ecofascistas al fin y al cabo, la vean por fin reducida a un precio que pagaremos quienes lo pagamos siempre todo.
Y todo esto, por no hablar del colapso ecológico que se nos viene encima.
El futuro no es nada halagüeño y nuestro margen de maniobra, como insignificantes ciudadanas que somos, es cada vez más estrecho. No obstante, abandonarnos al desánimo es una victoria que no podemos conceder. Fórmate, infórmate, comparte, porque lo único que no sirve de nada es no hacer nada.
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