Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
El posible juicio a la esposa del presidente vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta incómoda: quién debe decidir sobre delitos complejos cuando la presión mediática ya ha dictado sentencia antes de entrar en sala.
NUEVE PERSONAS ANTE UNA MAQUINARIA QUE NO PERDONA
La causa contra Begoña Gómez ha dejado de ser solo una causa judicial. Hace tiempo que es otra cosa. Una pieza más en esa trituradora política, mediática y judicial donde la presunción de inocencia se convierte en estorbo, el procedimiento en espectáculo y la toga en decorado. El 15 de junio, la esposa del presidente del Gobierno compareció ante el juez Juan Carlos Peinado en una audiencia previa de carácter protocolario. Sobre la mesa, el posible juicio contra ella, contra su asesora Cristina Álvarez y contra el empresario Juan Carlos Barrabés por presuntos delitos de corrupción en los negocios, malversación, tráfico de influencias y apropiación indebida.
La fase de instrucción queda ya encaminada hacia la Audiencia Provincial de Madrid. Y ahí aparece la bomba procesal: un juicio con jurado popular. Es decir, nueve personas elegidas entre la ciudadanía podrían acabar decidiendo sobre un asunto contaminado desde hace meses por tertulias, titulares, filtraciones, bronca parlamentaria y esa mezcla tan española de ruido judicial y cálculo partidista. Qué podía salir mal.
La institución del jurado popular nació con una promesa noble: acercar la justicia al pueblo, impedir que la toga fuese un coto cerrado de las élites jurídicas, introducir una mirada ciudadana en causas graves. Sobre el papel, suena democrático. En la práctica, muchas veces se parece demasiado a lanzar a varias personas corrientes a una sala blindada, ponerles delante cientos de folios, periciales, estrategias de defensa, lenguaje técnico y presión pública, y luego pedirles que resuelvan como si todo fuese evidente.
Aquí está el problema. No la ciudadanía. No la gente común. El problema es un sistema que presume de participación popular mientras abandona a las y los jurados ante procedimientos que pueden superar a profesionales con años de carrera. Después, cuando algo falla, se culpa al jurado. Muy cómodo. Muy español. Muy de lavarse las manos desde arriba.
Los datos no son menores. Más del 90% de las sentencias con jurado popular son condenatorias. Y una de cada cinco acaba siendo revocada por el Tribunal Supremo. Dicho de otra manera: el mecanismo condena mucho y se equivoca lo suficiente como para que el debate no sea una rareza académica, sino una urgencia democrática. Porque una condena no es una opinión. Una condena destruye vidas, familias, reputaciones, trabajos y futuros. A veces para siempre.
La causa de Begoña Gómez llega a este terreno minado con todos los ingredientes para el desastre: polarización, exposición pública, presión de la derecha política, ansiedad mediática y un juez convertido ya en personaje central de la trama. Y cuando un proceso entra en esa dimensión, el jurado no decide en el vacío. Nadie decide en el vacío. Las y los ciudadanos que se sienten en esa sala llegarán de una sociedad que lleva meses escuchando versiones, acusaciones, insinuaciones y relatos interesados. La neutralidad absoluta es una fantasía. La pregunta es si el sistema está preparado para compensar esa contaminación. Y la respuesta, viendo los antecedentes, no invita precisamente a dormir tranquilos.
VEREDICTOS QUE PESAN COMO UNA LOSA
España tiene ejemplos suficientes para no tratar este debate como una extravagancia. El caso de Dolores Vázquez sigue siendo la herida más evidente. Fue condenada en 48 horas por el asesinato de Rocío Wanninkhof. Pasó 17 meses en prisión hasta que el ADN de Tony King demostró su inocencia. No fue un error pequeño. Fue una catástrofe judicial, humana y mediática. Una mujer convertida en culpable perfecta por prejuicios, ambiente social y una maquinaria que necesitaba cerrar el caso. Cuando la justicia se deja arrastrar por el clima de época, la verdad llega tarde. Si llega.
También está el caso Asunta Basterra. Un juicio de un mes, con 130 testigos y peritos, pruebas científicas complejas y una deliberación de cinco días. El jurado condenó a los padres de la niña a 18 años de prisión, y el Supremo confirmó la sentencia. Aquí, el sistema sostuvo el veredicto. Pero la pregunta sigue ahí: cuánta información puede procesar una persona sin formación jurídica cuando se le entrega una causa cargada de informes, contradicciones, periciales y presión social.
Las defensas de Rosario Porto y Alfonso Basterra, como la de Ana Julia Quezada, señalaron precisamente ese problema: la posible falta de imparcialidad en casos donde la opinión pública ya había construido un relato antes del juicio. Y no es un argumento menor. Porque el jurado no sale de un laboratorio. Sale de la misma televisión, de las mismas redes, de los mismos titulares y de la misma conversación pública que cualquier otra persona. La diferencia es que luego debe decidir sobre prisión, culpabilidad y daño irreparable.
La defensa de José Bretón llegó a hablar de un acusado “crucificado por la sociedad”. En su caso, el fallo fue unánime y la pena de 40 años de prisión fue ratificada. Pero la frase sirve para entender una tensión real: hay procedimientos en los que el veredicto social parece empezar antes que el judicial. Y eso no es justicia popular. Es populismo punitivo con solemnidad procesal.
La controversia no se limita a crímenes mediáticos. También afecta a delitos de enorme complejidad técnica, como los relacionados con corrupción. Ahí aparece el caso de Francisco Camps y su absolución en el conocido caso de los trajes. Una decisión discutida, discutible y convertida durante años en símbolo de las grietas del sistema. Porque juzgar corrupción no es solo escuchar a testigos y valorar emociones. Es seguir rastros económicos, relaciones de poder, favores cruzados, contratos, indicios y zonas grises construidas precisamente para no dejar huella.
Se ha llegado incluso a plantear la reforma de la ley del Jurado. No por capricho. La idea tomó fuerza tras la anulación por parte del Tribunal Superior de Justicia de Euskadi de la absolución del etarra Mikel Otegi, ordenando repetir el juicio. También se han dado situaciones extremas, como la intervención de la Audiencia de Granada para disolver un jurado antes de un veredicto de culpabilidad que consideraba infundado en el caso de una doctora procesada por omisión del deber de socorro. Cuando una instancia superior tiene que frenar un veredicto antes de que nazca, algo chirría demasiado.
El mantra resume la desconfianza con crueldad: “si soy culpable, que me juzgue un jurado; si soy inocente, que lo haga un juez”. Es una frase exagerada, sí. Pero no sale de la nada. Sale de una experiencia acumulada donde emoción, presión pública y falta de formación pueden pesar más que la arquitectura jurídica del caso. Y eso, en una democracia seria, debería preocupar bastante más que el rédito partidista de turno.
La causa contra Begoña Gómez no inaugura el problema. Lo desnuda. Lo coloca bajo los focos en el peor momento posible, cuando la política se ha acostumbrado a usar los juzgados como plató y la prensa de trinchera convierte cada trámite en una sentencia anticipada. No se puede pedir justicia limpia mientras se alimenta una hoguera todos los días.
Porque al final la pregunta no es si el pueblo puede participar en la justicia. Claro que puede. La pregunta es si el Estado puede seguir usando esa participación como coartada mientras entrega causas complejas, hipermediatizadas y técnicamente exigentes a personas que no siempre reciben herramientas suficientes para resistir el ruido. Y el ruido, aquí, no es un detalle. Es el arma.
Cuando la justicia se convierte en espectáculo, el veredicto empieza a escribirse mucho antes de que hable el jurado.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir