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La primera parte de “¿Puede la ultraderecha ganar la batalla cultural?”, presentada por Patricia Salvador, desmonta cómo la reacción roba palabras, blanquea el pasado y prepara recortes de derechos.
EL ESTRENO DE UN REPORTAJE NECESARIO
Spanish Revolution estrena la primera parte del reportaje “¿Puede la ULTRADERECHA ganar la BATALLA CULTURAL?”, presentado por Patricia Salvador. Y la pregunta no es menor. Tampoco es una provocación para redes. Es una advertencia política en mitad de una época en la que la extrema derecha ya no necesita presentarse siempre con el uniforme completo. A veces le basta con hablar de “libertad”, “familia”, “patria”, “seguridad” o “sentido común” mientras va vaciando esas palabras de contenido democrático.
El reportaje arranca desde una idea incómoda: esto no empezó ayer. La ultraderecha no empieza siempre pidiendo deportaciones, censura o mano dura. Muchas veces empieza antes. Cambia el tono. Cambia el lenguaje. Cambia lo que una sociedad acepta como normal, razonable o patriótico. Primero convence a una parte de la gente de que la igualdad es una amenaza. Después presenta la memoria democrática como revancha. Luego convierte el feminismo en exceso, los derechos LGTBI en adoctrinamiento y la diversidad en un peligro para la nación.
Ahí está el centro del estreno. No se trata de un reportaje sobre una bronca más entre partidos. Es una pieza sobre poder. Sobre quién consigue decidir qué parece moderado y qué parece extremo. Qué se vende como libertad y qué se señala como amenaza. Qué colectivos merecen protección y qué colectivos pueden ser tratados como sospechosos. Antes de recortar derechos, alguien tiene que haber logrado que esos derechos parezcan privilegios.
Patricia Salvador lo plantea con claridad: la batalla cultural no va solo de banderas, canciones, tradiciones o polémicas de plató. Va de hegemonía. Va de normalidad. Va de preparar el terreno para que una injusticia parezca lógica. Porque antes de perseguir a un colectivo, hay que convertirlo en problema. Antes de atacar la memoria democrática, hay que presentar la memoria como obsesión. Antes de vaciar la palabra libertad, hay que repetirla tantas veces que termine significando lo contrario.
El estreno de esta primera parte llega en un momento en el que la ultraderecha ha entendido que no basta con ganar votos. Quiere ganar el diccionario. Quiere ganar las emociones. Quiere ganar la escuela, la televisión, la prensa, la universidad, las redes, la historia familiar y hasta la idea de persona “decente”. No compite solo por gobiernos: compite por la forma en que una sociedad se entiende a sí misma.
El reportaje recuerda que esta reacción no nace de la nada. Viene de una genealogía larga, especialmente de las respuestas conservadoras a los años 60 y 70, cuando el feminismo, los movimientos LGTBI, las luchas antirracistas, Mayo del 68, la revolución sexual y la expansión de derechos sociales transformaron las sociedades occidentales. Una parte de las derechas comprendió entonces que no bastaba con disputar impuestos, presupuestos o leyes laborales. Había que disputar la moral. La autoridad. La familia. La nación. La historia.
En Estados Unidos, esa operación se articuló con la nueva derecha, la derecha cristiana, los think tanks conservadores y el ascenso de Ronald Reagan. La Moral Majority, fundada en 1979 por Jerry Falwell, ayudó a consolidar a la derecha religiosa como fuerza política. Mercado libre, conservadurismo moral, anticomunismo, patriotismo y televisión. Todo junto. Todo empaquetado. Todo repetido hasta sonar a destino inevitable.
En Reino Unido, Margaret Thatcher hizo lo suyo. No vendió solo privatizaciones, disciplina social y derrota sindical. Vendió una identidad. Stuart Hall lo analizó en The Hard Road to Renewal: el thatcherismo fue una operación política capaz de unir autoridad, nación, moral, orden y deseo popular de control. Eso es la batalla cultural: conseguir que las víctimas defiendan el marco de quienes las aplastan.
CUANDO LA REACCIÓN ROBA LAS PALABRAS
La primera parte del reportaje de Spanish Revolution también aterriza esa maquinaria en España. Vox, Hazte Oír, Revuelta y otros espacios del ecosistema ultra han aprendido que las ideas necesitan infraestructura. Una frase no basta si no hay medios para multiplicarla. Un bulo no basta si no hay tertulias, canales, fundaciones, editoriales, influencers, radios, púlpitos y columnistas dispuestos a repetirlo durante años. Hasta que el veneno deja de parecer veneno.
Una de las grandes victorias de la extrema derecha ha sido entender que la política no se gana solo diciendo lo que se quiere hacer, sino consiguiendo que las palabras suenen mejor que las intenciones. Por eso hablan tanto de libertad, familia, patria, seguridad, mérito, pueblo y sentido común. Nadie quiere estar contra la libertad. Nadie quiere estar contra la familia. Nadie quiere sentirse fuera del sentido común. El truco es ocupar esas palabras y ponerlas al servicio de la jerarquía.
Cuando Vox dice libertad, no habla de la libertad de una mujer para vivir sin violencia, ni de la libertad de una persona trans para existir sin ser señalada, ni de la libertad de las trabajadoras y trabajadores para no ser exprimidos por salarios miserables. Habla de la libertad del poderoso para contaminar, explotar, especular, no redistribuir y llamar “imposición” a cualquier límite democrático.
Cuando dice familia, no habla de los cuidados reales que sostienen la vida. No habla de madres solas, parejas LGTBI, abuelas que levantan hogares, redes vecinales o familias que sobreviven como pueden en medio de alquileres imposibles. Habla de un modelo único, obediente y cerrado. La familia como frontera moral, no como refugio compartido.
Cuando dice patria, no habla de la gente que vive, trabaja, cuida, paga alquiler, educa y sostiene barrios. Habla de una identidad estrecha que necesita decidir quién pertenece y quién sobra. Y cuando dice seguridad, casi nunca habla de casa, sanidad, educación, transporte, salario digno o tiempo para vivir. Habla de policía, frontera, castigo y sospecha. Siempre contra quienes tienen menos poder.
El reportaje también entra en la mentira de la nostalgia. En 2024, el diputado de Vox Manuel Mariscal defendió en el Congreso una lectura blanqueada del franquismo, presentando la etapa posterior a la guerra civil como una etapa de “reconstrucción, progreso y reconciliación”. Ahí no hay historia. Hay propaganda. Hay una operación emocional para mutilar el pasado y borrar de la fotografía a las mujeres sin autonomía, a las personas LGTBI perseguidas, a las y los trabajadores sin derechos, a las víctimas en fosas, a las familias represaliadas, a la censura, a la pobreza y al miedo cotidiano.
Cuando dicen “antes se vivía mejor”, no describen una época. Fabrican una emoción política. Cuando dicen “antes había respeto”, muchas veces quieren decir obediencia. Cuando dicen “antes las familias eran normales”, quieren decir que había menos libertad para nombrar otras vidas. La nostalgia reaccionaria no recuerda el pasado: lo falsifica para atacar el presente.
Y después llegan las consecuencias. Una bandera arcoíris retirada. Una ley de igualdad cuestionada. Una política educativa señalada. Una periodista insultada. Una docente acusada. Una científica climática convertida en enemiga. Una palabra como “woke” transformada en arma arrojadiza contra universidades, feministas, sindicatos, artistas, hospitales públicos, derechos de las mujeres, derechos LGTBI, memoria democrática o emergencia climática.
La batalla cultural parece simbólica hasta que deja de serlo. Primero se discute una palabra. Luego se instala una sospecha. Después llega al plató. Más tarde entra en el Parlamento. Finalmente se convierte en una ley, una derogación, una censura, una retirada de financiación, una multa, un protocolo escolar o un recorte de derechos.
Por eso el estreno de esta primera parte no es un contenido más. Es una pieza para mirar de frente el método. La ultraderecha quiere definir qué palabras usamos, qué pasados recordamos, qué derechos parecen excesivos, qué colectivos parecen amenazas y qué injusticias pueden volver sin que demasiada gente se escandalice.
Si les dejamos definir la libertad, llamarán libertad al privilegio del poderoso. Si les dejamos definir la familia, expulsarán de la palabra familia a millones de familias reales. Si les dejamos definir la patria, convertirán el país en una frontera contra su propia gente. Si les dejamos definir lo normal, después solo tendrán que escribir las leyes.
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