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El Gobierno que prometió terminar con los privilegios sostiene ahora a Manuel Adorni, señalado por ocultar dinero al fisco y protegido por la misma maquinaria política que decía venir a dinamitar.
EL “ANTICASTA” QUE AHORRABA EN NEGRO
El relato libertario tenía una frase simple, útil y venenosa: la casta tiene miedo. La repitieron hasta convertirla en contraseña política. La usaron contra trabajadoras y trabajadores públicos, contra docentes, contra jubiladas y jubilados, contra cualquiera que se atreviera a pedir derechos en un país triturado por la desigualdad. Pero ahora la casta tiene despacho, micrófono oficial y nombre propio: Manuel Adorni.
El jefe de Gabinete de Javier Milei está bajo presión tras admitir que ocultó al fisco medio millón de dólares. No hablamos de una sospecha menor, ni de una confusión administrativa, ni de una línea mal completada en una declaración jurada. Hablamos de dinero no declarado. Hablamos de un alto cargo del Gobierno argentino reconociendo que tenía fondos fuera del radar fiscal mientras su propio Ejecutivo predica sacrificio, ajuste y moralina contra quienes no llegan a fin de mes. Según publicó El País, Adorni pasó de negar irregularidades ante el Congreso el 29 de abril a reconocer después ahorros no declarados por unos 500.000 dólares, supuestamente procedentes de inversiones en criptomonedas realizadas entre 2014 y 2018. (El País)
La frase que lo resume todo es suya: “Ahorramos en negro, como la mayoría de los argentinos”. Es difícil imaginar una confesión más obscena. No porque Argentina no tenga una economía atravesada por informalidad, crisis y supervivencia cotidiana. Claro que la tiene. Sino porque una cosa es que millones de personas trabajen como puedan para pagar alquiler, comida y transporte, y otra muy distinta es que el jefe de Gabinete de un Gobierno use esa precariedad colectiva como coartada para justificar medio millón de dólares ocultos.
Ahí está la operación ideológica. Cuando una persona pobre vive en la informalidad, el poder la llama evasora, planera, sospechosa, parásita. Cuando un alto funcionario aparece con una fortuna difícil de explicar, entonces se habla de “ahorros”, de “cripto”, de “reconstruir la historia”. Bonito eufemismo. La moral fiscal siempre cae hacia abajo y la impunidad siempre sube hacia arriba.
Adorni asegura que invirtió 200.000 dólares y ganó 300.000 con bitcoin. La defensa, presentada como explicación técnica, abre más preguntas de las que cierra. Plataformas, billeteras, fechas, documentación, operaciones concretas. Nada de eso puede despacharse con una sonrisa televisiva y una apelación sentimental a la economía “en negro”. La Fiscalía, según MDZ, analiza la evolución del bitcoin y pidió medidas para verificar si la coartada cripto se sostiene. El fiscal Gerardo Pollicita cuenta con apoyo técnico de la unidad especializada en investigaciones económicas y financieras del Ministerio Público. (MDZ Online)
Y aquí conviene detenerse. Porque el problema no es solo Adorni. El problema es el modelo político que convirtió la sospecha sobre lo público en espectáculo, mientras normaliza la opacidad cuando afecta a los suyos. El libertarismo argentino llegó al poder vendiendo limpieza moral. Pero cada semana parece más interesado en construir un Estado mínimo para las mayorías y un refugio máximo para los privilegiados.
MILEI SOSTIENE LO QUE DECÍA COMBATIR
La oposición pidió su dimisión. También hubo presión desde sectores del PRO y la UCR, socios o aliados parlamentarios del experimento mileísta. Incluso Victoria Villarruel, vicepresidenta de Argentina y enfrentada con Milei, calificó las explicaciones de Adorni como una vergüenza, según recogió El País. (El País) Pero Milei, de momento, lo sostiene. Y ese gesto dice más que mil discursos contra la casta.
Porque cuando un Gobierno se presenta como cruzada moral, no puede comportarse como una inmobiliaria de excusas. No puede exigir hambre patriótica a las y los jubilados mientras protege a un funcionario que admite dinero oculto. No puede insultar a las y los trabajadores del Estado y luego cerrar filas con un jefe de Gabinete investigado por presunto enriquecimiento ilícito. No puede decir que viene a romper privilegios y terminar defendiendo al privilegio cuando el privilegio tiene cargo propio.
El caso se vuelve todavía más corrosivo por el contexto. Argentina vive bajo un ajuste brutal. Milei ha hecho de la motosierra una estética de gobierno. Recortes, despidos, destrucción de derechos, disciplinamiento social. Las y los de abajo deben aceptar que no hay plata. No hay plata para salarios dignos. No hay plata para universidades. No hay plata para ciencia. No hay plata para políticas sociales. Pero cuando aparece medio millón de dólares no declarado en el entorno más alto del poder, entonces sí hay paciencia, matices, abogados, contadores y relatos sobre criptomonedas.
No era una batalla contra la casta. Era una disputa para reemplazar una casta por otra más brutal, más descarada y más enamorada de sí misma.
También hay un punto especialmente desagradable: el uso de la “inocencia fiscal”. La ley impulsada por el propio Gobierno de Milei permite que ciertos fondos regularizados no sean tratados automáticamente como delito, según explicó El País. (El País) Es decir, el mismo poder que exige obediencia fiscal, disciplina y sacrificio crea caminos legales para que el dinero escondido encuentre una salida amable. Para la mayoría, castigo. Para los de arriba, ingeniería normativa.
La palabra “anticasta” queda reducida a propaganda barata. Un cartel luminoso colocado sobre una puerta trasera. Porque el asunto Adorni no es solo una cuestión patrimonial. Es una radiografía. Muestra cómo funciona la derecha radical cuando pasa del grito televisivo al manejo del Estado: privatiza el dolor, socializa la culpa y reserva la indulgencia para los propios.
Las y los argentinos no necesitan sermones de quienes viven explicando fortunas tardías. Necesitan salarios, derechos, servicios públicos, hospitales, escuelas, transporte, soberanía económica. Necesitan un Estado que no sea botín de millonarios ideológicos ni coartada de funcionarios que descubren criptomonedas justo cuando la Justicia pregunta. Necesitan menos motosierra contra el pueblo y más lupa sobre quienes gobiernan.
Adorni quiso presentarse como víctima de una incomprensión. No cuela. La víctima no es el alto cargo que reconoce dinero oculto y busca refugio en una ley favorable. La víctima es la sociedad argentina, sometida a un ajuste feroz mientras quienes predican virtud se protegen entre sí con una naturalidad obscena.
La casta no tenía miedo: estaba aprendiendo a decir “bitcoin” para seguir mandando.
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