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Suecia se sube al carro del racismo
La pregunta seduce porque simplifica. Señalar a uno. Elegir un villano. Colgarle la medalla negra y dormir tranquilos.
Pero Europa no funciona así. El racismo aquí no es una anomalía geográfica, sino un clima.
Durante años el foco estuvo en Hungría. Y con razón. Bajo Viktor Orbán el rechazo al extranjero dejó de ser un prejuicio social para convertirse en arquitectura legal: muros físicos, propaganda institucional contra personas refugiadas, leyes contra minorías sexuales, retórica de “defensa de la nación cristiana”. Allí el racismo no es un desliz.
Es programa.
Pero sería cómodo quedarnos ahí, como si el problema fuese una rareza oriental.
Luego está Italia, donde el endurecimiento migratorio se ha normalizado entre gobiernos de distinto signo. O Francia, donde el discurso securitario lleva décadas desplazando el eje político. O Dinamarca, pionera en políticas de “cero asilo” mientras mantiene reputación progresista.
Y ahora, el caso incómodo: Suecia.
En 2015 recibió 163.000 solicitantes de asilo. Fue presentada como conciencia moral europea.
En 2026 ofrece hasta 35.000 euros a personas refugiadas para que renuncien a su residencia y se marchen.
El gobierno de Ulf Kristersson, sostenido por Demócratas de Suecia, lo llama “cambio de paradigma”. No hablan de expulsión. Hablan de oportunidad de retorno. No hablan de exclusión. Hablan de integración fallida.
El lenguaje importa. Porque el racismo europeo de 2026 rara vez se presenta como odio explícito. Se presenta como gestión, como eficacia y como realismo.
Entonces, ¿cuál es el país más racista?
Si medimos por brutalidad discursiva desde el poder, Hungría compite fuerte.
Si medimos por normalización transversal del endurecimiento migratorio, Dinamarca y Suecia resultan inquietantes.
Si medimos por peso electoral de la extrema derecha, varios países del centro y oeste europeo superan ya el 20% o 25% del voto.
Pero el dato más alarmante no está en un ranking. Está en la convergencia.
Lo verdaderamente peligroso no es que existan partidos ultranacionalistas. Es que el centro adopte su marco. Que la izquierda tradicional endurezca su discurso para no perder votos. Que el debate pase de “cómo integrar mejor” a “cómo reducir llegadas”. Que el asilo deje de ser derecho y se convierta en problema administrativo.
Europa no tiene un país campeón del racismo. Tiene un consenso creciente alrededor de políticas restrictivas que hace una década habrían parecido inaceptables.
El racismo europeo contemporáneo no siempre grita: a veces calcula. No siempre insulta: a veces legisla.
Y, sobre todo, no siempre excluye de golpe: a veces paga para que te vayas.
Y cuando eso se normaliza en países que presumían de modelo humanitario, la pregunta deja de ser quién es el más racista y pasa a ser cuánto tiempo queda antes de que nadie quiera competir por ser el menos.
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