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Unidad, principios y movilización social como única vía para frenar a la derecha y recuperar derechos
El debate político en el Estado español vive un momento de inflexión. En ese contexto, el encuentro entre Gabriel Rufián e Irene Montero, moderado por Xavi Domènech en la Universitat Pompeu Fabra, se ha convertido en una fotografía precisa del momento: urgencia, autocrítica y una apelación directa a la reconstrucción de un proyecto común de izquierdas. El acto completo puede verse en el vídeo íntegro del encuentro entre Rufián y Montero, donde se evidencian tanto las coincidencias como las tensiones estratégicas del espacio progresista.
La convocatoria desbordó todas las previsiones. Las entradas se agotaron en apenas 4 minutos, reflejando un interés social que va más allá del ruido mediático. La escena no es menor: cientos de personas buscando respuestas en un momento en el que la extrema derecha avanza, normaliza discursos y disputa el sentido común.
Domènech abrió el acto situando el marco histórico. Recordó el 90 aniversario del Frente de Izquierdas de 1936 y el papel de las movilizaciones populares en la conquista de derechos durante el franquismo. La advertencia fue clara: los fantasmas del pasado no solo han regresado, sino que se están organizando para gobernar.
En ese escenario, tanto Rufián como Montero coincidieron en una idea central: la izquierda no puede limitarse a resistir. Debe reconstruir un proyecto político capaz de disputar poder real y mejorar las condiciones materiales de vida.
LA IZQUIERDA ENTRE LA AUTOCRÍTICA Y LA URGENCIA HISTÓRICA
Rufián fue directo. Señaló que el problema no es únicamente la extrema derecha, sino también la incapacidad de las fuerzas progresistas para conectar con amplias capas sociales. “Estoy harto de tener razón”, afirmó, en referencia a una izquierda que, pese a su coherencia ideológica, no logra traducir sus propuestas en mayorías políticas.
El diputado de Esquerra Republicana insistió en que existe una desconexión evidente entre discurso y realidad social. Puso un ejemplo contundente: trabajadores precarios que votan a opciones que representan intereses empresariales. Para él, la pregunta clave no es quién tiene razón, sino por qué esa brecha sigue creciendo.
La autocrítica no se quedó ahí. Reconoció que las izquierdas han gobernado en los últimos años y, sin embargo, problemas estructurales como la vivienda o el coste de la vida siguen sin resolverse. “La gente no llega a fin de mes mientras nos dicen que la economía va bien”, resumió.
Montero, por su parte, complementó esa visión con un diagnóstico más estructural. Señaló que la ofensiva reaccionaria no es solo electoral, sino cultural y mediática. Según explicó, discursos racistas, machistas o clasistas han sido normalizados hasta convertirse en opiniones aceptables en el espacio público.
Frente a esa situación, defendió recuperar el orgullo de ser de izquierdas. “No hay forma de frenar a la derecha si renunciamos a nuestros principios”, afirmó, subrayando que la política no puede limitarse a cálculos electorales.
Uno de los momentos más relevantes llegó cuando abordó la normalización de la violencia internacional. Recordó cómo los bombardeos sobre Gaza han pasado de generar indignación a convertirse en rutina informativa. Para Montero, esa normalización es el síntoma de un deterioro democrático profundo.
Ambos coincidieron en un punto clave: la izquierda necesita reconstruir un relato que conecte con la vida cotidiana. No basta con tener propuestas justas. Es necesario que esas propuestas se perciban como soluciones reales.
UNIDAD, MOVILIZACIÓN Y DISPUTA DEL SENTIDO COMÚN
El debate sobre la unidad fue inevitable. Rufián fue tajante: “No tiene sentido que haya dos derechas y catorce izquierdas”. Para él, la fragmentación del espacio progresista es un regalo directo a la extrema derecha.
La advertencia fue aún más dura: “Tenemos una bala”. Con esta frase, señaló el riesgo de que un eventual gobierno de derechas consolide políticas regresivas durante años, como ya ha ocurrido en otros países.
Montero coincidió en la necesidad de construir alianzas, pero matizó que la unidad no puede ser únicamente electoral. Defendió que las confluencias deben basarse en proyectos transformadores y en una sociedad movilizada. “No hay elecciones que se ganen sin una sociedad activa”, recordó.
El acto también puso sobre la mesa el papel de la militancia. Ambos dirigentes insistieron en que la política no se limita a las instituciones. Desde las huelgas hasta las conversaciones cotidianas, pasando por la organización social, todo forma parte del cambio político.
En este punto, Montero recuperó una idea central: la política como proceso largo. Recordó que los avances sociales suelen llegar tras múltiples derrotas. “Para ganar una vez, perdemos 500”, afirmó, reivindicando la persistencia como herramienta política.
Rufián añadió otro elemento clave: la disputa del lenguaje y los marcos. Defendió que la izquierda debe ser capaz de hablar de temas como seguridad, migración o convivencia sin ceder el terreno a la derecha. Para él, evitar esos debates solo fortalece a quienes los utilizan para generar miedo.
El cierre del acto dejó una sensación ambivalente. Por un lado, un diagnóstico compartido sobre la gravedad del momento. Por otro, la falta de una fórmula concreta para la unidad. Sin embargo, ambos coincidieron en que el futuro no está escrito y que la reconstrucción de la izquierda depende de decisiones que deben tomarse ahora.
No es una cuestión de siglas, es una cuestión de supervivencia democrática.
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