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La compra por Axel Springer revela hasta qué punto la “libertad de expresión” tiene condiciones muy concretas
Hay decisiones empresariales que no se quedan en los despachos. Esta es una de ellas. La adquisición del diario británico por parte del grupo alemán Axel Springer no solo cambia la propiedad. Cambia el marco. Cambia el terreno de juego. Y, sobre todo, fija una línea roja que deja poco margen a la interpretación.
Según se detalla en la carta enviada a la redacción del Telegraph por el CEO Mathias Döpfner, el grupo establece una serie de “valores esenciales” que guían su actividad. En apariencia, nada fuera de lo común: defensa de la libertad, del mercado, del Estado de derecho. Hasta ahí, lo habitual en cualquier gran conglomerado mediático occidental.
Pero hay un punto que rompe el equilibrio. Uno que no es abstracto ni genérico. Uno que tiene nombre propio.
“Apoyamos el derecho de Israel a existir”. Segundo principio en la lista. No el quinto. No el último. El segundo. Antes incluso de la mención explícita a rechazar la discriminación.
Y ahí se abre el problema. Porque ya no estamos ante una declaración de principios genéricos. Estamos ante una posición política concreta sobre un Estado concreto. Uno entre los 193 miembros de Naciones Unidas. Uno solo.
Esto no es un matiz. Es una línea editorial obligatoria.
La paradoja de la libertad condicionada
El propio Döpfner insiste en que no existe el periodismo neutral. Que lo que debe haber es pluralismo, sorpresa, rigor. Incluso subraya que la independencia editorial estará protegida frente a presiones externas. Políticos, celebridades o anunciantes.
Pero la contradicción es evidente. Se reivindica la libertad de expresión mientras se fija un marco ideológico previo que condiciona esa misma libertad. No es una hipótesis. Es un hecho escrito.
Una periodista del Telegraph lo resumía de forma directa: imponer como principio clave el respaldo a un país acusado de crímenes internacionales plantea dudas sobre la propia credibilidad del medio. No por lo que se diga. Por lo que ya no se puede decir.
Porque el lenguaje importa. Y la fórmula “derecho a existir” no es neutra. No aparece en el derecho internacional en esos términos. Lo que sí existe es el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Y ese derecho, en el caso palestino, lleva décadas siendo negado bajo ocupación, colonización y un sistema que múltiples organizaciones internacionales han calificado de apartheid.
Ahí está el núcleo del conflicto. No en el eslogan. En lo que implica.
Cuando criticar se convierte en sospechoso
El problema no es solo qué se dice. Es qué se interpreta a partir de ahí. Porque en el ecosistema de Axel Springer hay antecedentes claros. Muy claros.
El propio Döpfner ha vinculado en varias ocasiones la crítica a Israel con el antisemitismo. No como excepción. Como patrón. En declaraciones internas llegó a calificar contenidos bajo el hashtag #FreePalestine —más de 4 millones de publicaciones— como “temas pro-Hamás”, frente a apenas 53.000 mensajes de apoyo a Israel en redes.
La ecuación es sencilla. Y peligrosa. Discrepar equivale a alinearse con el enemigo.
Eso tiene consecuencias. En octubre de 2023, un trabajador de origen libanés en un medio del grupo denunció haber sido despedido tras cuestionar la línea editorial. En junio de 2021, el propio CEO dejó claro que quien se incomode con el izado de la bandera israelí en la sede debería plantearse marcharse.
No son anécdotas aisladas. Son señales. Marcan un clima.
Y ese clima se traslada al producto informativo. Investigaciones como la publicada por Al Jazeera sobre el tabloide Bild —pieza clave del grupo— señalan prácticas reiteradas: etiquetar como “terroristas” a periodistas palestinos, negar situaciones de hambruna en Gaza o difundir documentos de origen dudoso vinculados a Hamas.
Todo dentro de una misma narrativa. Una que también ha señalado a manifestantes pro-Gaza como “antisemitas”, incluso cuando entre ellos había personas judías.
El contexto alemán y sus límites
El caso no puede entenderse sin el contexto en Alemania. Allí, la frontera entre antisemitismo y crítica al Estado de Israel se ha estrechado de forma significativa en los últimos años. Hasta el punto de afectar también a voces judías críticas.
Artistas, escritoras y escritores, activistas. Personas que han sido desprogramadas de eventos, señaladas o incluso detenidas. No por negar el antisemitismo —algo imprescindible— sino por cuestionar políticas concretas del gobierno israelí.
Algunos medios del propio grupo han contribuido a ese señalamiento. Casos como los de Nan Goldin o Deborah Feldman muestran cómo la crítica puede reinterpretarse como sospecha ideológica.
El mensaje es claro, aunque no siempre explícito: hay debates que dejan de serlo.
Negocio, política y relato
La dimensión económica tampoco es secundaria. Axel Springer no es solo un actor mediático. Tiene intereses directos en Israel. En 2014, adquirió la plataforma inmobiliaria Yad2 por 165 millones de euros, vinculada al mercado de vivienda, incluyendo anuncios en asentamientos en territorios ocupados.
Ese cruce entre negocio y línea editorial añade otra capa. No explica todo, pero ayuda a entender el marco.
Mientras tanto, el respaldo político también se refuerza. En octubre de 2024, el presidente israelí Isaac Herzog otorgó a Döpfner la Medalla Presidencial de Honor, destacando su “apoyo inquebrantable” durante la guerra. Una guerra que ha sido objeto de denuncias internacionales por posibles crímenes de guerra y acusaciones de genocidio.
Todo encaja. Propiedad, discurso, intereses.
Un precedente incómodo
El Telegraph ya tenía una línea editorial claramente favorable a Israel. No es nuevo. Pero la diferencia ahora es estructural. No es una tendencia. Es una norma interna. Una condición de partida.
Eso cambia el juego. Porque ya no se trata de orientación editorial. Se trata de límites previos al propio ejercicio del periodismo.
Se invoca la libertad. Pero con condiciones. Se habla de pluralismo. Pero dentro de un marco cerrado. Y cuando ese marco incluye una posición obligatoria sobre un conflicto internacional, el margen se reduce.
Mucho.
Al final, la pregunta no es si el Telegraph apoyará a Israel. Eso ya está respondido. La cuestión es otra. Qué espacio queda para contar lo que incomoda cuando la línea ya viene marcada desde arriba.
Y esa respuesta, probablemente, no aparecerá en ningún editorial.
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