Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
Cambiar un nombre no borra la memoria, pero intentarlo es un acto de poder violento.
DEL APELLIDO MILEIKOWSKY A NETANYAHU: UNA IDENTIDAD INVENTADA
Pocos lo saben, pero el apellido original de la familia Netanyahu era Mileikowsky. Benzion Mileikowsky, nacido en Varsovia en 1910, emigró con su familia a la Palestina bajo mandato británico en 1920. Allí, como tantos otros sionistas de la época, decidió “hebraizar” su apellido, pasando a Netanyahu. Su hijo Benjamin, el actual primer ministro, heredó ya ese nombre remodelado, aparentemente limpio de rastros europeos.
No se trataba de una ocurrencia familiar aislada. La “hebraización de apellidos” se convirtió en política cultural del nuevo Estado de Israel: miles de judíos que llegaban de Europa fueron presionados o animados a desprenderse de sus apellidos polacos, rusos, alemanes o sefardíes para adoptar nombres hebreos. Era un acto de “renacimiento nacional”, de ruptura con la diáspora.
Lo personal se convirtió en político: renombrarse era cortar el hilo con un pasado incómodo. Y era también un gesto de alineamiento con un proyecto colectivo que buscaba legitimarse como continuidad histórica en la tierra “prometida”.
Pero esa operación, aparentemente íntima, iba acompañada de una mucho más brutal y colectiva.
CUANDO EL MAPA CAMBIA DE NOMBRE
Con la fundación de Israel en 1948, la transformación no se limitó a los apellidos. Un comité estatal se encargó de rebautizar el territorio entero. Valles, montañas, fuentes, aldeas, carreteras. Allí donde había un nombre árabe, se le colocaba encima uno hebreo. Si no existía un equivalente en los textos bíblicos, se inventaba. Si el sonido era parecido, se adaptaba. Si no, se borraba sin más.
Según estudios académicos, más de 7.000 nombres palestinos han sido sustituidos en los últimos 125 años, incluyendo más de 5.000 lugares geográficos, 1.000 aldeas y decenas de montañas y ríos. Todo un paisaje lingüístico arrasado.
La operación no es neutral: renombrar es desposeer. Quitarle a un pueblo el nombre de su río o de su pueblo es arrancarle de la historia. El mapa oficial se convierte en una herramienta de ocupación, donde la memoria palestina desaparece bajo capas de tinta.
Los ejemplos son infinitos. Un cartel de carretera que antes mostraba “Al-Quds” como denominación árabe de Jerusalén ya no lo hace. Los pueblos palestinos destruidos en la Nakba fueron sustituidos por kibutz y moshav con nombres hebreos que borran el recuerdo de quienes vivieron allí durante siglos.
Lo que no aparece en el mapa no existe. Lo que no existe, no reclama.
EL PODER DE LOS NOMBRES
Cambiar apellidos puede parecer una elección personal. Rebautizar montañas y aldeas es un acto de Estado. Ambos gestos, sin embargo, se inscriben en una misma lógica: crear una nueva identidad borrando las huellas anteriores.
Netanyahu —antes Mileikowsky— es símbolo de esa ingeniería simbólica. No basta con ocupar la tierra, hay que ocupar también la memoria. No basta con expulsar a un pueblo, hay que expulsar sus nombres, sus relatos, su resonancia.
La colonización no se ejerce solo con muros, rifles y checkpoints. También se hace con diccionarios, carteles de tráfico y registros oficiales. El genocidio empieza cuando el lenguaje se convierte en arma y el pasado se borra a golpe de nomenclátor.
Y esa es la violencia más duradera: la que pretende convencer al mundo de que nunca hubo nada antes, de que Palestina no existió.
Pero cada nombre borrado sigue vivo en la memoria de quienes resisten, de quienes recuerdan que un mapa no dicta la verdad, solo la voluntad del poder.
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
Luciana Gatti entra en política porque el Congreso brasileño está legislando la catástrofe
Luciana Gatti lleva más de 30 años estudiando la Amazonia y los gases que aceleran el calentamiento global. Es investigadora principal del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, el INPE, y coordina su Laboratorio de Gases de Efecto Invernadero. No es una tertuliana reciclada, una celebridad buscando foco ni una profesional de la política fabricada en un despacho. Es una científica que ha dedicado décadas a medir cómo uno de los mayores reguladores climáticos del planeta está dejando de funcionar.
Ahora ha decidido presentarse al Congreso.
Gatti anunció el 13 de julio su precandidatura a diputada federal por São Paulo dentro del Partido Socialismo y Libertad, el PSOL. Las candidaturas deberán registrarse oficialmente antes del 15 de agosto y la primera vuelta de las elecciones brasileñas se celebrará el 4 de octubre. Su objetivo es llevar la ciencia al lugar donde se aprueban las leyes que están acelerando el desastre. Porque publicar investigaciones sirve de poco cuando quienes legislan las ignoran, las niegan o directamente trabajan para las empresas responsables.
Ecuador abandona la Amazonia al oro ilegal y deja solos a quienes la protegen
La Amazonia ecuatoriana está siendo devorada por la minería ilegal mientras el Estado llega tarde, responde a medias o directamente mira hacia otro lado. Retroexcavadoras, dragas, campamentos clandestinos y grupos armados avanzan sobre territorios indígenas y áreas protegidas. Frente a ellos, 598 guardaparques abandonados a su suerte, sin capacidad legal para incautar maquinaria y sin medios para enfrentarse a organizaciones que llevan fusiles.
En el Parque Nacional Sumaco Napo-Galeras, varios trabajadores fueron interceptados durante una inspección por hombres fuertemente armados que afirmaron proporcionar seguridad a los mineros. Les quitaron los teléfonos, el GPS y la cámara. Quienes debían representar la autoridad ambiental terminaron desarmados, retenidos y obligados a explicar qué hacían dentro del espacio que estaban protegiendo. Los delincuentes pedían cuentas a los guardaparques y no al revés.
Ayuso convierte la cultura madrileña en un photocall pagado con dinero público
La política cultural de Isabel Díaz Ayuso tiene una regla bastante sencilla: para las creadoras y creadores corrientes existen formularios, convocatorias, límites presupuestarios y meses de espera; para las celebridades dispuestas a promocionar Madrid y posar junto al poder aparecen patrocinios millonarios, espacios públicos y contratos diseñados específicamente para ellas.
No es mecenazgo. Tampoco es una defensa desinteresada de la cultura. Es dinero público utilizado para comprar prestigio, propaganda turística y fotografías institucionales. La obra artística queda reducida a soporte publicitario y las administraciones se comportan como una agencia de representación financiada por las y los contribuyentes.
Nacho Cano fue durante años el mejor ejemplo de este modelo. Ahora Woody Allen recoge el testigo con un proyecto que recibirá 3 millones de euros de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Dos nombres famosos, dos operaciones presentadas como apoyo cultural y una misma lógica: socializar el coste para que el beneficio político y empresarial quede en pocas manos.
15.000 personas ya han visto cómo la fe se convierte en poder
El último ReportajeSR analiza cómo determinados sectores del evangelismo conservador dejaron de limitarse a los templos para convertirse en una maquinaria política al servicio de la extrema derecha. De Trump a Bolsonaro, de Milei a Vox: redes comunitarias, guerras culturales, dinero, medios y religión convertidos en infraestructura electoral.
Presentado por Léa Gugelmann, el reportaje ya ha superado las 15.000 visualizaciones desde su estreno. Porque para entender el auge de la extrema derecha no basta con mirar a sus candidatos: también hay que observar quién construye sus discursos, moviliza sus bases y presenta el autoritarismo como una misión divina.
Vídeo | Sadismo en primera persona
Un turista graba el encierro de San Fermín como si estuviera en una atracción. Adrenalina, golpes, risas y animales convertidos en decorado para conseguir un vídeo viral. No está viviendo una tradición: está consumiendo sufrimiento como entretenimiento.
Además, corre con una cámara cuando está prohibido hacerlo, poniendo en peligro a quienes tiene alrededor. La turistificación añade otra capa de irresponsabilidad a una barbaridad ya normalizada: venir, beber, molestar, jugar con la vida ajena y marcharse con unos cuantos clics. El sadismo también se graba en primera persona.
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir