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Un nuevo rescate multimillonario, una nueva crisis social. Washington aprieta mientras Milei entrega soberanía a cambio de aplausos
Argentina vuelve a convertirse en campo de pruebas de un fundamentalismo económico que ya ha fracasado demasiadas veces. El primer desembolso del nuevo acuerdo con el Fondo Monetario Internacional —12.000 millones de dólares— llegó mientras la inflación de marzo escalaba al 3,7% y la canasta básica subía un 6%, pulverizando salarios y ahorros. Pero no parece haber tiempo para preocuparse por la vida de las argentinas y los argentinos de a pie. Todo lo contrario: lo urgente es contentar a los mercados y obedecer las órdenes de los acreedores.
El respaldo explícito del secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, marca una inflexión política: el ultraderechista Javier Milei cuenta ahora con el aval abierto de Donald Trump, en plena guerra comercial contra China y mientras se negocian privilegios para las empresas de Amcham. Es el precio del “apoyo”: convertir a Argentina en peón de una nueva guerra fría en versión económica.
Desde este lunes, el Gobierno eliminó parcialmente el llamado “cepo” cambiario, abriendo la puerta a una devaluación del 25%, reconocida de forma tácita aunque negada en público. El dólar oficial ya se movió en la primera jornada entre los 1.200 y los 1.250 pesos, y las previsiones apuntan a una rápida depreciación que acelerará la inflación. Se reactiva así una lógica que la población argentina conoce demasiado bien: ajustar, devaluar, endeudarse y repetir el ciclo del colapso.
En total, el acuerdo firmado por el ministro Luis Caputo —el mismo que endeudó al país durante la presidencia de Mauricio Macri— suma 20.000 millones del FMI, a los que se añadirán 2.500 millones más del Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo. Pero no hay inversión productiva. No hay plan industrial. Hay una hipoteca sobre el futuro, disfrazada de “confianza internacional”.
MILEI, EL “ALUMNO EJEMPLAR” DE LA DESTRUCCIÓN
El propio Milei no esconde su entusiasmo por ser el favorito del FMI. “Pasamos de ser el peor alumno a ser el alumno ejemplar”, declaró mientras prometía más ajuste si la situación se complica. Una amenaza para la mayoría social convertida en carta de presentación para las élites.
El trasfondo es revelador. Este nuevo endeudamiento se superpone al préstamo anterior de 44.000 millones de dólares que el FMI otorgó a Macri, violando incluso sus propias normas internas. El Fondo Monetario se convirtió en un actor político, una herramienta de disciplinamiento neoliberal, al servicio de las derechas globales. La misma receta de siempre: austeridad brutal, entrega de soberanía y un saqueo sistemático disfrazado de tecnocracia.
La motosierra de Milei ya ha devastado el gasto público, paralizado programas sociales y vaciado servicios esenciales. El recorte sobre jubilaciones, subsidios, transporte o salud pública no ha sido suficiente para estabilizar la economía, pero sí ha tenido consecuencias dramáticas sobre la vida de millones de personas. Los datos lo confirman: según el INDEC, en 2024 la inflación interanual fue del 211% y el poder adquisitivo cayó un 40%.
Este nuevo acuerdo impone además condiciones precisas: liberar las remesas de dividendos para empresas estadounidenses, reconfigurar las relaciones comerciales y poner fin —de forma gradual— a los vínculos financieros con China. En palabras del enviado especial de EE.UU. para América Latina, Mauricio Claver Carone, Estados Unidos exigió cortar el swap de 18.000 millones de dólares con Beijing como condición para sostener el acuerdo con el Fondo.
El Gobierno argentino, acorralado, aceptó un compromiso envenenado: renovar el swap solo por un año, con el compromiso de cancelarlo en 2026. Un giro geopolítico forzado, disfrazado de política económica.
En paralelo, la política interior estalla. Mientras se anunciaban estos acuerdos, Argentina vivía la tercera huelga general contra el Gobierno de Milei. La consigna, un grito que recorre fábricas, barrios, escuelas y hospitales: “Hay que apagar la motosierra”. Según datos de la Confederación General del Trabajo (CGT), la participación fue masiva en todo el país, con cortes, marchas y protestas en más de 20 provincias. La represión no tardó en aparecer.
Nada de esto es casual. El proyecto de Milei no es sólo económico, es ideológico: destruir al Estado para someter la sociedad al mercado, a la fuerza si hace falta. La entrega al capital extranjero no es una consecuencia, sino un objetivo. Por eso se recibe con honores a Scott Bessent, mientras se criminaliza a las y los sindicalistas.
El modelo que se impone es un experimento neoliberal en versión radical, al servicio del capital financiero y del poder imperial. No tiene base social, pero sí apoyo internacional. No tiene horizonte de justicia, pero sí el respaldo de los dueños del mundo.
Milei no gobierna, liquida. Y no será el FMI quien salve a Argentina.
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