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El dueño de X responde con descalificaciones personales al intento del Gobierno de frenar la impunidad de las plataformas y señalar responsabilidades penales
El choque no es anecdótico ni personal. Es estructural. Un multimillonario que controla una de las principales infraestructuras del debate público global ha reaccionado con insultos y obscenidades ante un anuncio político que cuestiona su impunidad. Elon Musk ha llamado a Pedro Sánchez “tirano” y “fascista totalitario” después de que el presidente del Gobierno presentara cinco medidas para frenar los abusos de las redes sociales, proteger a menores y poner límites legales a las plataformas y a quienes las dirigen.
El propietario de X, antes Twitter, no ha argumentado. Ha descalificado. No ha debatido el fondo. Ha caricaturizado al mensajero. El lenguaje empleado no es solo grosero, es revelador. Musk no se dirige a un adversario ideológico, sino a un poder público que osa recordarle algo elemental: que las leyes existen y que también pueden aplicarse a Silicon Valley.
El ataque se produjo el 3 de febrero de 2026, minutos después de que Sánchez detallara en esa misma red social su propuesta. Musk respondió llamándolo “fascista totalitario” y “tirano y traidor al pueblo de España”, añadiendo el apelativo “Dirty Sánchez” acompañado de un emoji de excremento. Una hora más tarde, insistió con un nuevo mensaje reafirmando el insulto. No hubo matices ni réplica técnica. Solo ruido.
EL DUEÑO DEL ALTAVOZ CONTRA QUIEN QUIERE REGULARLO
El contexto importa. Las medidas anunciadas por Sánchez no son retóricas. Una de ellas apunta directamente al núcleo del negocio de Musk. España pretende modificar su legislación para que las y los directivos de las plataformas digitales sean penalmente responsables de las violaciones que se produzcan en sus servicios si no actúan contra contenidos de odio, ilegales o dañinos para menores. Dicho sin eufemismos: que los CEO dejen de esconderse tras algoritmos opacos y estructuras societarias.
Para un empresario que ha convertido la desregulación en dogma y la provocación en estrategia, el mensaje es intolerable. No porque sea autoritario, sino porque es exactamente lo contrario. Regular el poder privado no es fascismo. Es una función básica del Estado de derecho. Fascista es, en todo caso, pretender que una empresa privada funcione como un espacio soberano sin control democrático.
Sánchez fue explícito al presentar el paquete de medidas. Dijo que “las redes sociales se han convertido en un Estado fallido”, donde se ignoran leyes y se toleran delitos. No es una metáfora exagerada. Es una descripción que comparten jueces y juezas, educadoras y educadores, profesionales de la salud mental y organizaciones de derechos humanos. El entorno digital se ha transformado en un espacio donde la amplificación del odio y la desinformación genera beneficios, y donde nadie responde por los daños.
Otra de las medidas anunciadas el 3 de febrero de 2026 apunta directamente al corazón técnico del problema. La tipificación como delito de la manipulación de algoritmos y la amplificación deliberada de contenidos ilegales. Sánchez lo dijo con claridad: se investigará tanto a quienes crean y difunden esos contenidos como a las plataformas cuyos sistemas los impulsan por motivos económicos. Se acabó la coartada de la neutralidad tecnológica.
ALGORITMOS, IMPUNIDAD Y DOBLE RASERO
La reacción de Musk llega, además, en un momento incómodo para X fuera de España. Ese mismo martes, la Fiscalía de París registró las oficinas de la red social en Francia y citó al propio Musk para declarar por presunta manipulación de algoritmos y posibles injerencias extranjeras. No se trata de una cruzada española ni de un capricho ideológico. La preocupación es europea y tiene base judicial.
El insulto de Musk no es un exabrupto aislado. Forma parte de una estrategia política. Presentar cualquier intento de regulación como censura y cualquier límite al poder corporativo como totalitarismo. Es una inversión semántica clásica del neoliberalismo extremo. Llamar fascismo a la democracia reguladora mientras se defiende un mercado sin reglas donde decide quien tiene más capital y más datos.
No es la primera vez que ambos chocan públicamente. Días antes, Sánchez respondió a un tuit de Musk sobre inmigración con una frase que ya circula como síntesis política: “Marte puede esperar, la humanidad no”. El contraste es nítido. De un lado, la épica tecnofuturista desligada de la realidad social. Del otro, la reivindicación de prioridades materiales y derechos básicos.
Que el hombre más rico del mundo reaccione con furia cuando se le habla de responsabilidad penal no debería sorprender. La economía digital se ha construido sobre la ausencia de consecuencias. Plataformas que monetizan la polarización, la misoginia, el racismo y la desinformación mientras externalizan los costes sociales. Cuando alguien intenta cerrar esa grieta, la respuesta no es diálogo, es intimidación simbólica.
Lo relevante no es el insulto, sino lo que revela. El poder económico global se siente cómodo atacando a gobiernos democráticos desde plataformas que controla, sabiendo que no existe simetría. Musk puede llamar “tirano” a un presidente electo sin asumir coste alguno. Eso, y no una ley que proteja a menores o exija retirar contenidos ilegales, es lo que debería preocupar.
Porque cuando regular el abuso se presenta como autoritarismo, lo que se está defendiendo no es la libertad de expresión, sino la libertad de hacer negocio con el daño. Y ahí no hay neutralidad posible. Hay poder, impunidad y una resistencia cada vez más explícita a cualquier forma de control democrático.
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