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El desgaste de la sanidad, la precariedad y la corrupción no tumbaron a Moreno, pero el miedo a la ultraderecha tampoco movilizó al PSOE. La sorpresa llegó por la izquierda y tiene nombre propio: Adelante Andalucía.
Andalucía ha cerrado este 18 de mayo un ciclo político que deja una imagen bastante incómoda para el relato triunfalista del PP. Juan Manuel Moreno ha ganado las elecciones. Sí. Pero no ha conseguido lo que llevaba meses vendiendo como una necesidad casi patriótica: la mayoría absoluta para gobernar “sin líos”. Y el problema es que el “lío” ya está aquí. Otra vez Vox. Otra vez la extrema derecha convertida en llave de gobierno. Otra vez el PP obligado a decidir cuánto está dispuesto a degradarse para conservar el poder.
El PP ha obtenido 54 escaños, cinco menos que en 2022, y se ha quedado a solo dos diputados de la mayoría absoluta, fijada en 55. Lo más demoledor para Moreno no es perder esos cinco escaños. Es haber perdido el control del relato. Durante años vendió estabilidad, moderación y gestión. Ahora vuelve a depender de una fuerza ultra que ha construido su campaña sobre el odio a las personas migrantes y el discurso de la “prioridad nacional”.
Y eso tiene consecuencias políticas. Porque ya no sirve el disfraz centrista cuando necesitas a Vox para seguir gobernando.
Moreno salió a celebrar una victoria amarga frente a una militancia desinflada, casi en silencio. El ambiente recordaba más a un funeral elegante que a una noche electoral histórica. Normal. El PP gana, pero pierde libertad. Y pierde algo todavía más importante: la capacidad de fingir que la extrema derecha es un accidente pasajero.
EL PP RESISTE PESE AL DETERIORO DE LOS SERVICIOS PÚBLICOS
Hay algo profundamente inquietante en estos resultados. El deterioro de la sanidad pública andaluza, las listas de espera, la crisis de los cribados de cáncer, las denuncias de privatización de la FP y la universidad pública o incluso los casos de corrupción investigados en el PP de Almería apenas le han pasado factura electoral al presidente andaluz.
Eso debería preocupar bastante más de lo que parece.
Porque confirma una tendencia que atraviesa buena parte de Europa: las derechas ya no necesitan gestionar bien para ganar elecciones. Les basta con controlar el marco cultural, ocupar el espacio mediático y convertir cualquier crítica en “ruido político”. Mientras tanto, los servicios públicos se degradan lentamente y millones de personas terminan asumiendo la precariedad como si fuera una condición natural de la vida moderna.
El PP incluso logró aumentar en unos 150.000 votos respecto a 2022. La fidelidad de su electorado es casi blindada. Pase lo que pase. Da igual el estado de la atención primaria o las denuncias de los sindicatos sanitarios. Da igual que Andalucía siga encabezando indicadores de precariedad y desigualdad. Da igual.
Ese es uno de los grandes triunfos culturales de las derechas contemporáneas: convencer a parte de la población de que los problemas colectivos no tienen responsables políticos sino que simplemente “las cosas son así”.
Y aun así, Moreno se dejó la mayoría absoluta porque hubo una movilización inesperada en la izquierda. Una participación del 64,79%, casi nueve puntos por encima de la de 2022, alteró el tablero.
El responsable principal de ese terremoto político tiene nombre y apellidos.
Adelante Andalucía.
EL PSOE SE HUNDE MIENTRAS ADELANTE ANDALUCÍA REVENTA EL TABLERO
La gran noticia política de la noche no fue la victoria del PP. Fue el ascenso de Adelante Andalucía. El partido andalucista y anticapitalista fundado por Teresa Rodríguez pasó de 2 a 8 diputados, triplicó prácticamente sus votos hasta alcanzar 401.717 papeletas y logró entrar en seis provincias.
No es una anécdota. Es un aviso.
Por primera vez desde que gobierna el PP, una fuerza situada a la izquierda del PSOE consigue movilizar abstención, voto joven y parte del descontento social que hasta ahora acababa atrapado entre la resignación o la extrema derecha.
Y eso explica parte del nerviosismo que empieza a respirarse tanto en Ferraz como en el aparato clásico de IU y Sumar.
Adelante entendió algo que la izquierda institucional lleva años sin querer aceptar: mucha gente está agotada de discursos técnicos, de pactos contradictorios y de dirigentes que parecen hablar desde despachos de Madrid en lugar de desde los barrios, los institutos o los centros de trabajo. La campaña de José Ignacio García fue simple, directa y emocional. Mensajes cortos. Lenguaje reconocible. Menos solemnidad. Menos superioridad moral. Más conexión con la rabia cotidiana.
Mientras tanto, el PSOE volvió a protagonizar una campaña desorientada. María Jesús Montero llegaba con un nivel de conocimiento enorme después de 24 años en gobiernos andaluces y estatales. Pero precisamente ahí estaba también el problema. Era imposible vender renovación con una figura tan vinculada al aparato tradicional socialista.
Los socialistas pasaron de 30 a 28 diputados y perforaron nuevamente su suelo electoral en Andalucía, una comunidad donde gobernaron durante 37 años consecutivos.
Y hay algo casi simbólico en eso. El PSOE pidió movilización progresista. La movilización llegó. Pero se fue hacia otro lado.
La izquierda tradicional lleva demasiado tiempo administrando decepción. Demasiado tiempo diciendo una cosa en campaña y otra en las instituciones. Demasiado tiempo confiando en el miedo a Vox como único argumento electoral. Y cuando conviertes el “que viene la ultraderecha” en tu única propuesta política, tarde o temprano aparece alguien dispuesto a hablar de otra cosa.
Ahora Andalucía queda pendiente de una negociación con Vox que puede volver a colocar sobre la mesa cesiones en inmigración, igualdad, memoria histórica o derechos sociales. Volverá a ocurrir porque el PP nunca ha tenido un problema moral con la extrema derecha. Solo un problema de imagen.
La moderación del PP siempre termina exactamente donde empieza el miedo a perder el poder.
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