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Por Javier F. Ferrero
Milei no soporta a los periodistas por una razón simple: porque no puede comprarlos.
Los necesita como necesita un boxeador a su saco: para golpearlo sin descanso, para fingir fuerza, para demostrar que hay una amenaza constante que justifique su furia. El problema no es la prensa: el problema es que la prensa muestra que el emperador está desnudo. Y Milei, como buen bufón que juega a ser monarca, no soporta los espejos.
Hace unos días, el presidente argentino lanzó una nueva perla en su colección de barbaridades:
“La gente no odia lo suficiente a los periodistas”.
Lo dijo así, sin eufemismos, sin disimulo, sin vergüenza. Lo dijo entre aplausos de empresarios, envalentonado por los likes, las risas forzadas y los algoritmos que aplauden la crueldad. Y lo dijo, como siempre, creyéndose gracioso. Porque la ultraderecha global —de la que Milei es alumno aplicado— ha descubierto que el fascismo entra mejor con humor. Que llamar “mandriles”, “ensobrados” o “mierdas” a los periodistas puede parecer un chiste. Hasta que deja de serlo.
Porque detrás de la carcajada hay un plan.
Milei ha emprendido una cruzada contra el periodismo. No solo el que le critica, también el que simplemente informa. Su obsesión no es con la mentira: es con la verdad que no controla. Ha denunciado judicialmente a periodistas como Carlos Pagni, Ari Lijalad o Viviana Canosa por injurias. Ha cerrado la agencia pública Télam —la más importante de Sudamérica— y ha vaciado los órganos de control mediático. Ha criminalizado a reporteros, ha alentado la violencia contra ellos, y ha dejado sin protección a quienes se juegan la vida por contar lo que su Gobierno calla.
Pero ¿no era Milei el abanderado de la libertad?
¿No venía a derrotar a la casta y liberar al pueblo del yugo estatal?
Ahí está la trampa. Porque el “libertarismo” que predica Milei tiene poco que ver con la libertad. Es una caricatura grotesca, una pantomima ideológica. Un menú degustación de odio antisindical, misoginia, negacionismo climático y fanatismo de mercado, sazonado con citas de economistas muertos que jamás firmarían sus políticas. ¿Qué tipo de libertario defiende la libertad de empresa pero odia la libertad de prensa? ¿Qué clase de anarquismo de derechas necesita silenciar voces, cerrar agencias y perseguir a reporteros?
Lo que Milei está construyendo es una democradura: una democracia formal con instituciones vacías, donde la retórica de la libertad sirve de cortina para instaurar el autoritarismo del capital. Y en ese modelo, el periodismo independiente es una amenaza. Porque señala la corrupción de los amigos del poder. Porque denuncia el hambre que su programa económico multiplica. Porque recuerda que el Estado que él desprecia es el mismo que lo sostiene.
Milei no soporta a los periodistas por una razón simple: porque no puede comprarlos.
Ni con sobres ni con tuits.
Pero su estrategia no es nueva. Trump la usó antes. Bolsonaro también. La receta es conocida: eliges un enemigo interno —la prensa, los inmigrantes, los sindicatos, las feministas— y los conviertes en chivo expiatorio. Les insultas a diario, ridiculizas sus denuncias, y los acusas de estar al servicio de una conspiración. “Periodistas prostitutas de políticos”, los llama Milei. A la antigua usanza del fascismo, la palabra es la bala que precede a la paliza.
Y mientras tanto, en las redes, su ejército digital repite el guion. Viraliza cada insulto. Multiplica los ataques. Crea un clima irrespirable donde la crítica se convierte en traición. Donde el mensajero es culpable de las malas noticias.
¿El resultado? Argentina ha caído 47 puestos en el ranking de libertad de prensa en solo dos años. Fotoperiodistas heridos por la policía. Medios públicos desmantelados. Denuncias judiciales contra columnistas. Todo ello bajo un gobierno que se presenta como el salvador del individuo frente al Estado… mientras ejerce una censura de Estado contra el individuo que informa.
Así que no, no es un loco suelto. Es un plan bien armado.
Y lo más grave es que funciona. Porque mientras debatimos si es un bufón, un iluminado o un tirano, él sigue avanzando. Y nosotros seguimos riendo sus “bromas”, como cuando dijo que “ganar” una discusión era sodomizar al adversario. Una risa que esconde miedo, violencia y poder. Como las del fascismo de antes. Como las del que viene.
El libertarismo de Milei es solo un disfraz. Lo que hay debajo es otra cosa. Y ya tiene nombre.
Represión.
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