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Cuando un presidente convierte la masacre en mérito político, lo que se derrumba no es la diplomacia: es la idea misma de humanidad
UNA ALIANZA QUE CONVIERTE LA VIOLENCIA EN DOCTRINA
Javier Milei volvió a demostrar que su proyecto político no es una extravagancia ultraliberal sino una arquitectura ideológica que normaliza lo intolerable. Sus declaraciones del 16 de noviembre de 2025, asegurando que “la humanidad debería estar agradecida con Netanyahu y con Israel”, revelan hasta qué punto está dispuesto a llevar su cruzada geopolítica incluso cuando implica celebrar una matanza en curso.
Mientras el número de personas asesinadas en Gaza supera las 69.000, según recuentos de organizaciones internacionales que documentan el asedio, Milei presenta al primer ministro israelí como si fuera un héroe civilizatorio. No habla de responsabilidades penales ni de violaciones del derecho internacional. Habla de gratitud. De deuda histórica. De una supuesta misión salvadora.
Es un salto de escala retórica que lo sitúa en un terreno inquietante: ya no defiende una política exterior, defiende la legitimidad moral de un líder al que numerosos juristas de derechos humanos señalan por crímenes contra la humanidad. Cuando Milei afirma que Netanyahu es un “bastión de Occidente”, lo que está diciendo es que la violencia extrema, si procede del bando adecuado, no es condenable sino estratégica.
Esa es la raíz de la deshumanización. No la matanza en sí, sino su justificación. Su envoltorio. Su estetización como “defensa de valores”. Lo aterrador no es solo lo que Netanyahu ordena, sino que un presidente latinoamericano lo ensalce como modelo para el mundo.
UNA CELEBRACIÓN DEL PODER SIN LÍMITES
La admiración pública de Milei hacia Netanyahu no es un gesto aislado. Es coherente con su visión del poder. Para él, la política no se mide en vidas protegidas sino en enemigos derrotados. Por eso describe al primer ministro israelí como un amigo, un referente y un dirigente admirable. Lo dice mientras el ejército de ese dirigente ha demolido hospitales, arrasado barrios enteros y obligado a más de un millón de personas a desplazarse en condiciones de supervivencia extrema.
El problema no es que Milei tome partido. El problema es que lo haga sin reconocer el sufrimiento humano. Que se posicione desde una abstracción bélica donde Gaza no es un territorio habitado por familias, profesoras, enfermeros y estudiantes, sino un tablero en el que el orden mundial se juega una batalla metafísica entre “Occidente” y todo lo que considere amenaza.
Ese marco mental es profundamente peligroso. Reduce la política a religión. La violencia a deber. La muerte a efecto colateral. Y cuando un presidente opera desde esa lógica, la empatía no desaparece por accidente: se elimina por diseño.
El genocidio no empieza con bombas. Empieza con discursos que despojan a las víctimas de rostro, nombre y derecho a existir. Milei ha contribuido a esa deshumanización, no como observador sino como altavoz. Y al hacerlo consolida un precedente inquietante para toda América Latina: la posibilidad de que un mandatario celebre públicamente una masacre y lo presente como sacrificio necesario para defender la civilización.
No es diplomacia. No es estrategia. Es una renuncia explícita a cualquier noción de humanidad compartida. Una política exterior cimentada sobre la idea de que algunos pueblos merecen protección y otros merecen ser arrasados. Un discurso que pretende que la gratitud hacia el verdugo forme parte del sentido común global.
El autoritarismo contemporáneo no siempre necesita uniformes ni golpes de Estado. A veces solo necesita un presidente dispuesto a llamar “orden” a un genocidio.
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