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Más de 130 muertes, más de 530 casos sospechosos y una cepa sin vacuna aprobada: la alerta no es una pandemia global, pero sí una prueba brutal de cómo se abandonan las crisis cuando ocurren lejos del centro del poder.
UNA EMERGENCIA SANITARIA EN MEDIO DE UNA GUERRA
El nuevo brote de ébola en la República Democrática del Congo ya deja más de 130 muertes y más de 530 casos sospechosos, según las autoridades locales y la Organización Mundial de la Salud. Entre las personas afectadas figura incluso un médico estadounidense que trabajaba con una organización humanitaria. No es un detalle menor. Cuando el personal sanitario empieza a aparecer en el recuento, la enfermedad no solo golpea a pacientes: golpea también la capacidad de respuesta.
El primer contagio fue reportado el 24 de abril en la provincia de Ituri. Desde entonces, la alarma ha crecido porque se han confirmado nuevos casos en Kivu del Norte y en Goma, fuera del foco inicial. También los CDC de Estados Unidos han informado de dos casos y una muerte en Uganda, lo que obliga a mirar el mapa con seriedad. No con pánico. Con seriedad.
La OMS ya ha declarado la situación como una emergencia internacional. Su director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, expresó el martes su preocupación por “la magnitud y la velocidad” del brote. Fuentes del organismo admiten que los casos podrían estar propagándose más rápido de lo previsto. Esa frase pesa. Porque cuando una enfermedad como el ébola corre más deprisa que la respuesta sanitaria, el margen de error se estrecha.
Conviene decirlo claro: esto no significa que estemos ante una pandemia como la covid. El riesgo global sigue siendo bajo. Incluso durante el gran brote de 2014-2016, los casos fuera de África fueron pocos y afectaron sobre todo a trabajadoras y trabajadores sanitarios desplazados a la zona. Pero esa aclaración no debe servir para dormir conciencias. Que el riesgo para Europa o Estados Unidos sea bajo no significa que la vida de miles de personas congoleñas pese menos.
El problema central está donde siempre: en la combinación letal de enfermedad, guerra y abandono. El brote se produce en una zona marcada por una guerra civil, desplazamientos masivos y sistemas sanitarios ya debilitados. Save the Children recuerda que hay 5 millones de personas desplazadas internas, entre ellas 2,5 millones de niños y niñas, y 15 millones que necesitan asistencia humanitaria. Es decir, el virus no entra en una sociedad protegida. Entra en una herida abierta.
LA CEPA BUNDIBUGYO Y EL PRECIO DE LA DESIGUALDAD
La cepa que causa este brote es Bundibugyo, una de las menos conocidas. Fue identificada en 2007 y, según los CDC, puede causar la muerte de aproximadamente el 30% de las personas infectadas. La OMS ha recordado que en brotes anteriores en Uganda y la República Democrática del Congo, en 2007 y 2012, las tasas de letalidad oscilaron entre el 30% y el 50%.
Aquí está una de las claves más duras: no existe una vacuna aprobada ni un tratamiento específico para el virus Bundibugyo. Lo advirtió Alimuddin Zumla, profesor de enfermedades infecciosas en University College London, en un artículo publicado en The Conversation. Se han desarrollado vacunas y tratamientos contra otras variantes del ébola, sí. Pero esta cepa vuelve a mostrar la frontera obscena de la salud global: hay enfermedades que solo interesan cuando amenazan con cruzar la puerta de los países ricos.
El mayor brote de ébola conocido, entre 2014 y 2016, dejó 28.600 personas contagiadas y 11.308 fallecidas en África Occidental, según los CDC. Aquella tragedia debió haber cambiado para siempre la arquitectura sanitaria internacional. No bastaba con aplaudir a las y los médicos. Había que financiar laboratorios, redes de vigilancia, atención primaria, equipos locales, vacunas, tratamientos y protección para comunidades enteras. Pero el capitalismo sanitario tiene una brújula bastante simple: investiga antes lo rentable que lo urgente.
El diagnóstico tampoco está siendo sencillo. Las primeras pruebas del actual brote dieron negativo para ébola y fueron necesarios análisis más sofisticados. Eso significa retrasos. Y en un virus con síntomas iniciales parecidos a la gripe, la malaria, la fiebre tifoidea o la meningitis, retrasarse puede costar vidas. Los síntomas pueden aparecer entre 2 y 21 días después del contacto: fiebre, fatiga, dolor muscular, dolor de cabeza, dolor de garganta, vómitos, diarrea, dolor abdominal, erupciones y signos de fallo renal o hepático. En algunos casos hay hemorragias internas o externas.
Las y los trabajadores sanitarios, las cuidadoras y cuidadores, y las familias de las personas enfermas están entre los grupos de mayor riesgo. Save the Children ha alertado de que las niñas y niños pequeños infectados por contacto con familiares o personas cuidadoras han sufrido en brotes anteriores una mortalidad alta. También pueden quedar huérfanos, aislados o estigmatizados. La enfermedad mata cuerpos, pero también rompe comunidades.
La OMS ha pedido reforzar la vigilancia fronteriza en la República Democrática del Congo, Uganda y Ruanda. Estados Unidos ha recomendado evitar viajes a la zona y ha prohibido la entrada a personas que hayan estado recientemente en la República Democrática del Congo y Uganda. La respuesta internacional, otra vez, se mueve entre la protección sanitaria y el reflejo defensivo de cerrar puertas.
La prevención sigue siendo el arma principal: evitar contacto físico con casos sospechosos o confirmados, no manipular cuerpos sin protección adecuada y lavarse las manos con regularidad. Como no hay medicamentos aprobados para Bundibugyo, el tratamiento se apoya en cuidados optimizados: control del dolor, manejo de infecciones, hidratación y nutrición. La atención temprana aumenta las posibilidades de supervivencia. Parece básico. Pero en una zona con guerra, desplazamiento y hospitales bajo presión, lo básico se convierte en una batalla.
El ébola fue identificado en 1976 en la actual República Democrática del Congo, entonces Zaire, cerca del río Ébola. Cinco décadas después, con al menos seis cepas identificadas y alrededor de 40 brotes, seguimos viendo la misma fotografía: ciencia insuficiente, financiación tardía, territorios castigados y vidas que solo entran en la agenda mundial cuando el miedo empieza a viajar en avión.
La emergencia no es solo el virus; la emergencia es un mundo que decide quién merece prevención y quién debe conformarse con sobrevivir.
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