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El precio de mantener una legislatura estable ha sido la traición, una vez más, a los principios democráticos y progresistas que dieron origen a la Unión Europea.
El 1 de diciembre marcará un antes y un después en la historia de la Unión Europea. Por primera vez, una fuerza de extrema derecha tendrá un asiento en la vicepresidencia de la Comisión Europea. El pacto alcanzado entre populares, socialdemócratas y liberales para garantizar la entrada de Teresa Ribera y Raffaele Fitto es más que un malabarismo político: es la legitimación de un movimiento que hasta ahora se había mantenido fuera del núcleo del poder comunitario.
El grupo socialista, liderado por Iratxe García Pérez, ha cruzado líneas rojas que parecían infranqueables. La entrada de Fitto, representante de Hermanos de Italia, y del ultraconservador húngaro Oliver Varhelyi, elegido por Viktor Orbán, ha generado una grieta profunda en el corazón del Parlamento Europeo. Francia y Alemania, pilares del socialismo europeo, mostraron su resistencia, pero al final cedieron en aras de una supuesta estabilidad política.
El Partido Popular Europeo, que ha coqueteado con las fuerzas ultraconservadoras desde hace años, se frota las manos. Manfred Weber, líder del PPE, ha impuesto su agenda al transformar un bloqueo estratégico en una victoria ideológica, empujando a los socialistas a tragarse el sapo. El acuerdo incluye una cláusula para reducir competencias sensibles a Varhelyi, pero deja intacto el control de Fitto sobre áreas clave como migración y derechos sociales.
ENTRE DILIGENCIAS Y DUDAS: EL COSTE HUMANO Y POLÍTICO DE ESTA DECISIÓN
El trasfondo de este acuerdo es todavía más sombrío. La DANA que devastó Valencia hace unos meses y dejó más de 200 víctimas sigue siendo un arma arrojadiza en la política española y europea. Teresa Ribera, principal señalada por su gestión, se enfrentó a un PP que exigía su dimisión antes de aceptar cualquier concesión. El chantaje político, basado en su responsabilidad frente a la catástrofe climática, fue una herramienta eficaz para embarrar las negociaciones.
Sin embargo, este ataque no busca justicia para las víctimas de la DANA ni soluciones a las crisis climáticas. El cambio climático, aunque presente en los discursos de Bruselas, queda relegado por las estrategias de poder, mientras sectores ultraconservadores ganan terreno en el diseño de políticas ambientales regresivas. Este acuerdo no solo compromete la integridad de la Comisión Europea, sino también la de sus políticas públicas en áreas críticas.
El liderazgo socialista en Europa queda herido de muerte. La aceptación de Fitto como vicepresidente no es solo una cesión, es una derrota simbólica que normaliza la presencia de la extrema derecha en la toma de decisiones de la Unión Europea. Mientras tanto, el PPE consolida su estrategia de alianzas con las ultraderechas, rompiendo con décadas de pactos progresistas que fundamentaron el proyecto europeo.
Los Verdes, junto con otras fuerzas críticas, han señalado la gravedad de esta deriva. Bas Eickhout, co-líder de Los Verdes, ha calificado esta jornada como un «mal día para el Parlamento Europeo». El Parlamento se tambalea mientras Europa se polariza. La falta de mención explícita a los riesgos de la ultraderecha en el documento de gobernabilidad es una señal preocupante: los partidos tradicionales prefieren sacrificar valores fundamentales a asumir conflictos internos.
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