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Cuando denunciar el genocidio se convierte en delito, lo que está en juego no es solo Palestina, es el modelo entero
La escena no es menor. Una sala llena en Bélgica, una relatora de Naciones Unidas tomando la palabra y un discurso que atraviesa sin anestesia el corazón político de Europa. En ese momento no habla solo de Palestina, habla de nosotras y nosotros, de la responsabilidad colectiva de un continente que se reconoce democrático mientras sostiene relaciones con un régimen acusado de apartheid.
En su intervención, que puede escucharse en el discurso completo pronunciado en Schaarbeek, Albanese no se refugia en ambigüedades. Nombrar el genocidio no es una cuestión semántica, es una obligación jurídica y moral. Y sin embargo, lo que denuncia es precisamente lo contrario: una arquitectura política basada en la negación sistemática.
Porque lo que está ocurriendo no es ignorancia. Es algo mucho más grave. Es una decisión consciente de no ver, de no nombrar, de no actuar. Y eso, como recuerda la propia relatora, ha sido una constante en todos los genocidios contemporáneos, desde Ruanda hasta la ex Yugoslavia. La diferencia ahora es que esta vez sí estamos viendo todo en tiempo real.
EL GENOCIDIO COMO NEGOCIO: CAPITALISMO, TECNOLOGÍA Y COLONIALISMO GLOBAL
El núcleo del discurso no se queda en la denuncia humanitaria. Va mucho más allá. Albanese señala directamente a las grandes corporaciones que sostienen la maquinaria de guerra. Empresas tecnológicas, plataformas digitales, fondos de inversión. Nombres que no aparecen en los titulares cuando se habla de bombardeos, pero que están en el centro del sistema.
Amazon, Google, Microsoft o Palantir no son actores neutrales. Son infraestructuras del control, del extractivismo y de la vigilancia. Y Palestina, según la relatora, se ha convertido en un laboratorio permanente donde se prueban tecnologías que luego se exportan al resto del mundo.
Esto no es una metáfora. Es una descripción del modelo. Un capitalismo ultra militarizado que convierte territorios ocupados en espacios de experimentación. Y lo hace con el respaldo político de Estados que, mientras hablan de derechos humanos, firman acuerdos comerciales y militares con Israel.
El dato clave no es solo qué ocurre en Gaza o Cisjordania. Es cómo ese modelo se replica. El control remoto, los algoritmos, la concentración de poder financiero y militar configuran una nueva forma de dominación sin necesidad de expandir fronteras. Es el colonialismo adaptado al siglo XXI.
Y ahí entra la incomodidad. Porque no es un sistema ajeno. Europa forma parte de ese engranaje. Lo financia, lo legitima y lo protege diplomáticamente. No es un fallo del sistema. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado.
DE LA INDIGNACIÓN A LA ACCIÓN: BOICOT, RESISTENCIA Y RESPONSABILIDAD COLECTIVA
Frente a ese panorama, la relatora plantea algo incómodo: no basta con indignarse. La pregunta que lanza no es retórica: qué estamos dispuestas y dispuestos a hacer.
Porque las herramientas existen. El movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) no es una consigna abstracta. Es una estrategia concreta basada en decisiones cotidianas. Qué consumimos, a qué empresas apoyamos, qué relaciones comerciales legitimamos.
Y aquí aparece una de las críticas más duras del discurso. El confort occidental como cómplice del genocidio. Seguir utilizando determinadas plataformas o consumiendo ciertos productos no es neutral. Es una elección política, aunque se disfrace de rutina.
Albanese lo plantea sin rodeos: si sabemos lo que ocurre y no actuamos, estamos eligiendo el lado del opresor. Y eso desmonta la narrativa de la impotencia. No es que no se pueda hacer nada. Es que no se quiere renunciar a ciertos privilegios.
Mientras tanto, el movimiento estudiantil crece. Más de 120 universidades en Estados Unidos y múltiples centros europeos han sido ocupados en los últimos años. No como gesto simbólico, sino como forma de presión real para romper vínculos con Israel.
Y la respuesta ha sido clara. Represión. Criminalización. Detenciones. El sistema se protege porque se siente cuestionado. Porque por primera vez en mucho tiempo, una generación no está dispuesta a aceptar la normalización de la violencia.
La paradoja es brutal. Derechos que hace dos décadas se consideraban básicos hoy se están convirtiendo en privilegios. Libertad de expresión, derecho a protestar, libertad de asociación. Todo se estrecha cuando se pone en cuestión el orden establecido.
Por eso la frase final del discurso no es solo una consigna. Es una advertencia. Defender Palestina no es solo una cuestión geopolítica, es una batalla por el modelo de sociedad en el que queremos vivir. Porque lo que está en juego no es un territorio, es la posibilidad misma de resistir.
Y si seguimos mirando hacia otro lado, el problema dejará de ser Palestina para convertirse en nosotras y nosotros.
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