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Una periodista asesinada en Líbano mientras informaba y una pregunta que ya no admite evasivas: quién responde por estos crímenes
No fue un accidente. No fue una bala perdida. Fue una periodista. Amal Khalil. Nombre y apellidos. Estaba trabajando. Estaba contando lo que ocurre. Y ahora está muerta.
La confirmación llegó tras horas de incertidumbre. Según ha informado Deutsche Welle sobre el ataque israelí que acabó con la vida de la periodista en el sur del Líbano, su cuerpo fue recuperado la noche del 22 de abril en At Tiri. No murió en combate. Murió haciendo periodismo.
El ataque no fue uno solo. Primero el coche en el que viajaba. Después la vivienda en la que buscó refugio. Esa secuencia es clave. Define una intención. Define una forma de actuar. Y desmonta la idea de daño colateral.
Junto a ella, la periodista Zeinab Faraj resultó herida. Logró sobrevivir. Otras dos personas murieron en los mismos bombardeos. Mientras tanto, los equipos de rescate denunciaban disparos contra una ambulancia. Retrasos. Obstáculos. Minutos que matan.
CUANDO INFORMAR SE CONVIERTE EN SENTENCIA DE MUERTE
Israel ha reconocido el ataque. Pero lo ha hecho con el lenguaje habitual. Vehículos sospechosos. Presuntos terroristas. Amenaza para sus tropas. El guion de siempre. La coartada permanente.
Sin embargo, los hechos son tozudos. Había periodistas. Identificadas. En el lugar. Huyendo de un primer ataque. Refugiándose. Y aun así fueron alcanzadas. El propio ejército israelí admitió después que tenía conocimiento de que dos periodistas habían resultado heridas.
¿En qué momento deja de ser un error y pasa a ser un patrón? Esa es la pregunta que se repite. Y no solo desde Líbano.
El primer ministro libanés, Nawaf Salam, lo dijo sin rodeos. No es un incidente aislado. Y no lo es. Basta mirar la lista de periodistas muertos en conflictos donde actúa Israel. Gaza. Cisjordania. Ahora también el sur del Líbano.
El ministro de Información libanés, Paul Morcos, habló de crimen de guerra. Y aquí aparece otra palabra incómoda. Responsabilidad. Porque si esto es una violación del derecho internacional humanitario, alguien debe responder.
Pero no responde nadie. Nunca.
IMPUNIDAD, DOBLE RASERO Y LA AUSENCIA DE JUSTICIA
Israel habla de “zona de seguridad”. Líbano habla de ocupación. Dos formas de nombrar lo mismo. Tropas desplegadas en territorio ajeno. Bombardeos constantes. Y ahora periodistas muertos.
En ese contexto, la imagen de Amal Khalil informando semanas antes junto a infraestructuras destruidas en el sur del Líbano adquiere otra dimensión. No es solo una reportera. Es alguien que decidió quedarse. Contar. Mostrar lo que otros prefieren ocultar.
Y por eso molesta. Porque el periodismo en guerra no es neutral. Es incómodo. Señala. Documenta. Deja rastro. Y cuando deja rastro, alguien queda señalado.
Aquí es donde el debate se vuelve inevitable. Porque no estamos ante un hecho aislado. Estamos ante una dinámica sostenida. Ataques a infraestructuras civiles. Bloqueo de ayuda humanitaria. Persecución de quienes informan. Una arquitectura de violencia que se repite con una precisión inquietante.
Y frente a eso, el silencio. O peor. La complicidad. La comunidad internacional mira. Condena en abstracto. Emite comunicados. Pero no actúa. No sanciona. No juzga.
Hace décadas, tras el horror, se levantaron tribunales para juzgar crímenes de guerra. Hoy, ante evidencias acumuladas, la pregunta es incómoda pero necesaria: por qué no existe un Nuremberg para Netanyahu.
Porque si atacar a periodistas no tiene consecuencias, el mensaje es claro. Todo vale. Y cuando todo vale, lo siguiente no es la seguridad. Es la barbarie normalizada.
Amal Khalil no es un daño colateral. Es una prueba más de que hay guerras que no solo buscan territorio. Buscan también silencio.
Y ese silencio, a veces, se impone matando a quien se niega a callar.
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