02 Feb 2026

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Los Grammy se plantan: la música contra el terror migratorio de Trump
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Los Grammy se plantan: la música contra el terror migratorio de Trump 

Cuando el escenario más grande de la industria decide hablar, el silencio deja de ser una opción

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La 68ª edición de los Grammy será recordada por la música, sí, pero sobre todo por algo más incómodo para el poder: la cultura rompiendo filas contra la política del miedo. En una gala retransmitida a millones de personas, artistas de primer nivel convirtieron el escenario en tribuna y el micrófono en altavoz contra las políticas migratorias del presidente Donald Trump, señalando sin rodeos la violencia institucional ejercida durante el último año y, de forma muy concreta, las redadas de Minneapolis, convertidas en símbolo del terror administrativo contra comunidades enteras.

No fue una intervención aislada ni un gesto anecdótico. Fue un clima. Un pulso colectivo. Una parte significativa de la industria musical decidió dejar de mirar hacia otro lado mientras el aparato del Estado persigue, detiene y expulsa a personas por su origen. La música, que tantas veces se usa como producto despolitizado, recordó de golpe que también es memoria, conflicto y posición.

LA CULTURA SE HARTA DEL MIEDO

La gala avanzó entre premios y actuaciones con un hilo común difícil de ignorar. El presentador Trevor Noah abrió la puerta con ironía mordaz, provocando una ovación cuando anunció que Nicki Minaj no estaba presente. No fue un chiste inocente. Fue una declaración del clima en la sala. El público entendió el mensaje y respondió.

Después llegaron las palabras que no estaban en el guion del poder. Billie Eilish, al recoger su premio, fue directa: “Nobody is illegal on stolen land”. No hay matiz posible. No hay eufemismo. En un país construido sobre el despojo, criminalizar a quienes migran es una obscenidad histórica. “We need to keep fighting and speaking up. Our voices do matter”, añadió. En una industria donde el silencio suele ser rentable, Eilish eligió el coste político.

Bad Bunny fue todavía más explícito. “ICE Out”, dijo desde el escenario. Y después desmontó, una a una, las categorías con las que el discurso institucional deshumaniza: “No somos salvajes, no somos animales, no somos alienígenas, somos personas y somos estadounidenses”. Frente a la maquinaria del odio, el artista puertorriqueño recordó algo elemental: el odio se reproduce cuando se normaliza. Y lo dijo sin rodeos: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.

No fueron palabras aisladas. SZA, al recibir el premio a Grabación del Año, habló de miedo, de angustia y de resistencia colectiva. “Este es un tiempo aterrador”, reconoció. Pero no llamó a la resignación. Pidió no caer en la desesperación y recordó que las comunidades sobreviven cuando se sostienen entre sí, no cuando obedecen al pánico inducido desde arriba.

MIGRAR NO ES DELITO, BORRARLO SÍ

El relato continuó con Olivia Dean, premiada como Mejor Artista Revelación, que puso rostro y genealogía a lo que el discurso oficial intenta borrar. “Soy nieta de una persona migrante”, dijo. “Soy producto de la valentía”. La frase no apelaba a la épica individual, sino a una verdad estructural: Estados Unidos se construyó con migración, trabajo precarizado y promesas incumplidas. Negarlo es una forma de violencia simbólica que precede a la violencia material.

Shaboozey fue más lejos y lo hizo desde la memoria histórica. “Las personas migrantes construyeron este país, literalmente”, recordó. No como consigna, sino como dato. Habló de quienes llegaron buscando oportunidades, de quienes aportaron cultura, música, historias y tradiciones. “Le dais color a América”, dijo. Frente a la retórica de la invasión, reivindicó la contribución como fundamento, no como excepción tolerada.

Nada de esto ocurre en el vacío. Las redadas intensificadas durante 2025 y principios de 2026, especialmente en Minneapolis, han dejado un rastro de miedo cotidiano. Familias rotas. Comunidades paralizadas. Trabajadoras y trabajadores obligados a elegir entre el sustento y la deportación. Ese contexto estaba presente en cada intervención, aunque no se citara como expediente judicial.

Lo relevante no es solo lo que se dijo, sino dónde se dijo. En la ceremonia más importante de la industria musical estadounidense. En horario de máxima audiencia. Sin pedir permiso. Cuando la cultura popular señala al poder, el poder se incomoda. Y cuando lo hace de forma coral, el mensaje deja de ser anecdótico para convertirse en síntoma.

Mientras parte de la clase política insiste en gobernar desde el castigo y la frontera, la música recordó algo básico: no hay democracia posible si el miedo es política de Estado. Y esa noche, ante millones de personas, quedó claro que el silencio ya no es una opción respetable.

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