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El presidente canario recurrió a un texto generado con IA para alimentar un bulo sobre “ratas nadadoras” mientras Sanidad desmontaba el alarmismo con informes científicos
Fernando Clavijo ha conseguido algo difícil incluso en la política española contemporánea: convertir una gestión sanitaria delicada en un espectáculo de desinformación institucional. Mientras decenas de personas eran evacuadas del crucero MV Hondius por un brote de hantavirus y los equipos sanitarios trataban de contener la situación con protocolos reales, informes técnicos y personal especializado, el presidente de Canarias decidió jugar a otra cosa. A la política del miedo. A la propaganda de WhatsApp. A la fantasía del ratón terrorista cruzando el Atlántico a nado para invadir Tenerife.
Y lo más grave no es la ocurrencia. Lo grave es que, según reveló TVE, Clavijo envió a la ministra de Sanidad un texto generado con Inteligencia Artificial afirmando que “las ratas son excelentes nadadoras y pueden sobrevivir en el agua durante largos periodos”. La máxima autoridad política de Canarias utilizando un párrafo automático de IA como argumento sanitario en mitad de una alerta epidemiológica. Ese es el nivel.
DEL GOBIERNO A LA CADENA DE BULOS
La escena es grotesca. Un presidente autonómico planteando como amenaza plausible que un roedor procedente de la Patagonia pudiera llegar nadando hasta el puerto de Granadilla y desencadenar un brote. Como si estuviéramos viendo una mezcla entre Tiburón, Cuarto Milenio y un grupo de Facebook de conspiraciones. Mientras tanto, los equipos de Salud Pública tenían que salir a explicar algo que jamás debería haber sido necesario aclarar: que el riesgo era “nulo”.
No “bajo”. No “muy improbable”. Nulo.
El secretario de Estado de Sanidad, Javier Padilla, tuvo que recordar públicamente que las inspecciones realizadas a bordo no habían detectado roedores y que el llamado colilargo patagónico ni siquiera habita zonas portuarias o costeras. Estamos hablando de un pequeño roedor de unos 30 gramos, asociado a bosques andinos y zonas rurales del sur de Chile y Argentina. No de una criatura anfibia entrenada para atravesar kilómetros de océano y colonizar Canarias.
Pero el daño ya estaba hecho. Porque el objetivo nunca fue informar. El objetivo era construir un enemigo invisible. Generar alarma. Dar sensación de amenaza exterior. Convertir un protocolo sanitario en una batalla identitaria donde el Gobierno canario pudiera posar como supuesto defensor de la población frente a Madrid.
La ultraderecha lleva años explotando el miedo como herramienta política. Lo verdaderamente inquietante es ver cómo sectores de la derecha tradicional han asumido ya ese mismo lenguaje delirante. Da igual que la ciencia lo desmienta. Da igual que los expertos expliquen el contexto. Da igual que existan protocolos internacionales, inspecciones sanitarias y medidas de aislamiento. Lo importante es la imagen. El titular. El impacto emocional.
Y mientras tanto, la realidad seguía siendo otra: pasajeros evacuados con mascarillas, perímetros controlados por Guardia Civil y Sanidad Exterior, aislamiento preventivo y seguimiento epidemiológico. Ciencia. Procedimientos. Trabajo sanitario. Exactamente lo contrario del espectáculo político construido alrededor del “ratón nadador”.
CUANDO LA IA SE USA PARA FABRICAR PÁNICO
El episodio retrata algo mucho más profundo que una simple polémica puntual. Muestra cómo parte de la política institucional ya no utiliza la tecnología para mejorar la gestión pública, sino para fabricar relatos instantáneos. Clavijo no acudió a epidemiólogos, virólogos o especialistas en zoonosis para sostener su postura. Acudió a un texto generado automáticamente. La IA convertida en oráculo de sobremesa para justificar decisiones políticas.
Y esto ocurre en un contexto especialmente peligroso. Porque las alertas sanitarias exigen serenidad, transparencia y rigor. Lo vimos durante la COVID-19: cada bulo amplificado desde una institución tiene consecuencias reales. Alimenta el miedo social, erosiona la confianza pública y convierte cualquier crisis en un campo de batalla partidista.
El propio informe del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias desmontaba pieza por pieza el relato del Gobierno canario. Recordaba que no había nuevos contagios desde la aplicación de las medidas correctoras. Explicaba que un crucero moderno como el Hondius dispone de sistemas que dificultan la presencia de roedores. Y añadía un dato demoledor: más de 500 cruceros al año llegan a Europa desde Argentina y Chile sin que jamás se haya producido un brote de hantavirus en territorio europeo.
Pero claro, los informes técnicos no generan tantos clics como la fantasía de una rata cruzando el mar.
Lo más perverso de todo esto es cómo se normaliza el descrédito de la ciencia cuando resulta políticamente útil. Hace apenas unos años, el negacionismo sanitario parecía patrimonio exclusivo de conspiranoicos marginales. Hoy vemos dirigentes institucionales alimentando hipótesis absurdas mientras los equipos científicos tienen que dedicar tiempo y recursos a desmentir cuentos infantiles.
Y no es anecdótico. Es estructural. Porque el modelo político actual premia el espectáculo constante. La gestión ya no se mide por eficacia sino por capacidad de viralización. Da igual resolver problemas que generar ruido. Da igual proteger a la población que ocupar titulares durante unas horas.
Mientras las y los sanitarios trabajan, algunos dirigentes juegan a producir miedo con ayuda algorítmica. Mientras epidemiólogas y epidemiólogos explican cómo funciona una zoonosis, otros descubren que una IA les puede redactar un mensaje alarmista en diez segundos. El problema no es la Inteligencia Artificial. El problema es poner la irresponsabilidad humana al volante de ella.
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