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Washington vuelve a tensar Oriente Medio tras rechazar la propuesta iraní y dejar al mundo pendiente de Ormuz y del precio del crudo
Donald Trump ha vuelto a hacer lo que mejor sabe hacer: incendiar una negociación delicadísima con una frase grandilocuente, un mensaje impulsivo y consecuencias globales inmediatas. “TOTALMENTE INACEPTABLE”, escribió el presidente estadounidense en Truth Social después de leer la respuesta iraní a la propuesta de paz impulsada por la Casa Blanca para intentar cerrar la guerra en el golfo Pérsico. Y otra vez, el planeta entero quedó pendiente del capricho geopolítico de Washington. Otra vez el petróleo disparado. Otra vez los mercados nerviosos. Otra vez millones de personas pagando las consecuencias de una guerra manejada como si fuera una partida de póker entre élites armadas.
La respuesta iraní había sido entregada este domingo a través de Pakistán, país que sigue ejerciendo como mediador entre ambas potencias. Teherán planteó varias condiciones para avanzar hacia un acuerdo. Ninguna especialmente sorprendente. El levantamiento de sanciones económicas. El desbloqueo de sus puertos. La posibilidad de exportar petróleo con normalidad. Y un asunto central que lleva años marcando la tensión global: el control del estrecho de Ormuz.
Ese punto es el que más ha hecho saltar las alarmas en Washington. Y también en los mercados. Porque hablar de Ormuz es hablar de una de las arterias energéticas más importantes del planeta. Una ruta por la que pasa aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Una especie de cuello económico del capitalismo global. Cuando esa zona tiembla, tiemblan las bolsas. Y tiemblan los gobiernos occidentales que llevan décadas hablando de “seguridad internacional” mientras blindan intereses energéticos privados a golpe de portaaviones.
EL CONTROL DE ORMUZ Y LA HIPOCRESÍA OCCIDENTAL
Según la agencia iraní Tasnim, vinculada a la Guardia Revolucionaria, la propuesta de Teherán incluía que el estrecho de Ormuz fuese gestionado por la República Islámica bajo ciertos “compromisos” de Estados Unidos que no se han detallado públicamente. La reacción de Trump no tardó ni unas horas. No hubo diplomacia. No hubo matices. No hubo negociación pública. Solo una respuesta teatral y agresiva en redes sociales.
La escena resume perfectamente el estado de la política internacional. Potencias nucleares comunicándose como tertulianos furiosos de televisión mientras el resto del planeta observa cómo sube el precio de la gasolina y se hunden las expectativas económicas. Porque eso es lo que pasó inmediatamente después del mensaje de Trump.
Los futuros del petróleo se dispararon más de un 3 %. El barril de West Texas Intermediate (WTI) alcanzó los 98,51 dólares y el Brent europeo subió hasta los 104,57 dólares. Los mercados entendieron el mensaje enseguida: la tregua iniciada el 8 de abril puede romperse en cualquier momento. Y cuando la guerra vuelve a aparecer en el horizonte, siempre hay alguien ganando dinero.
Mientras tanto, las bolsas reaccionaron a la baja. El Dow Jones cayó un 0,26 %, el S&P 500 un 0,22 % y el Nasdaq un 0,10 % en las operaciones previas a la apertura. Es decir, miedo económico inmediato. Porque las guerras modernas funcionan así: sufrimiento para las poblaciones, volatilidad para los mercados y beneficios obscenos para las industrias energéticas y militares.
Lo grotesco es que Washington sigue presentándose como árbitro neutral mientras mantiene sanciones asfixiantes sobre Irán desde hace años. Sanciones que han golpeado la economía iraní, bloqueado activos financieros y dificultado exportaciones básicas. Luego llega la Casa Blanca hablando de “paz”, pero siempre bajo sus propias condiciones. Una paz subordinada. Vigilada. Útil para sus intereses estratégicos.
Y claro, Irán intenta negociar desde una posición mínima de supervivencia económica. No desde la igualdad. No desde la soberanía real. Porque el tablero internacional lleva décadas amañado por las mismas potencias que luego se indignan cuando otros actores regionales intentan recuperar margen de maniobra.
NETANYAHU, LA GUERRA ETERNA Y EL NEGOCIO DEL MIEDO
La tensión aumentó todavía más después de las declaraciones de Benjamín Netanyahu en CBS. El primer ministro israelí dejó claro que no contempla el final inmediato del conflicto. “La guerra en Irán ha conseguido mucho, pero no ha terminado”, afirmó. Y remató insistiendo en que las infraestructuras nucleares iraníes “deben ser desmanteladas”.
El mensaje encaja perfectamente con la lógica de guerra permanente que domina buena parte de la región. Una lógica donde la paz nunca termina de llegar porque siempre existe una nueva amenaza, un nuevo enemigo y un nuevo argumento para seguir militarizando Oriente Medio. Lo hemos visto durante décadas. Irak. Afganistán. Siria. Yemen. Gaza. Siempre el mismo lenguaje. Siempre la misma industria del miedo.
Y mientras tanto, las poblaciones civiles atrapadas entre sanciones, bombardeos, inflación y propaganda patriótica.
La propuesta iraní también incluía un alto el fuego en Líbano. Una cuestión que, según Tasnim, constituye una “línea roja” para Teherán. El plan planteaba además terminar la guerra inmediatamente después del anuncio del acuerdo y abrir un periodo adicional de 30 días para cerrar los detalles finales del pacto. Pero la sensación ahora mismo es otra. Muy distinta.
Porque Trump no ha reaccionado como un dirigente interesado en rebajar tensiones. Ha reaccionado como alguien que necesita exhibir fuerza constante ante su electorado y ante el aparato militar estadounidense. Y eso tiene consecuencias reales. Consecuencias económicas. Consecuencias diplomáticas. Consecuencias humanas.
Cada vez que Washington convierte una negociación internacional en un espectáculo de testosterona política, el mundo entero paga la factura.
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