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Los Verdes, el SPD y Die Linke dejarán de publicar en la red social de Musk tras denunciar la desinformación, el odio y la interferencia política que impera en la red social.
UNA RUPTURA COORDINADA CONTRA LA RED DE MUSK
Los tres grandes partidos de la izquierda alemana han decidido dar un paso que no es solo digital. Es político. Los Verdes, el SPD y Die Linke han anunciado de forma coordinada que dejarán de publicar en X, la antigua Twitter, propiedad de Elon Musk. Lo han hecho con tres comunicados idénticos publicados durante la mañana del 4 de mayo y con un último mensaje marcado por el hashtag #WirVerlassenX, “Nosotros abandonamos X”. La decisión, recogida por El Salto, supone una ruptura pública con una plataforma que durante años fue presentada como plaza pública global y que hoy funciona cada vez más como un altavoz privado de intereses reaccionarios.
No se trata de cerrar una cuenta por capricho ni de una pataleta de community managers. Los tres partidos y sus grupos parlamentarios dejan de gestionar sus perfiles porque consideran que X se ha convertido en un espacio donde la desinformación circula con ventaja, los discursos de odio encuentran cobijo y la supuesta “libertad de expresión” se usa como coartada para desmontar cualquier control democrático. Los Verdes han ido incluso más lejos: también sus líderes políticos y las y los integrantes de sus grupos parlamentarios abandonarán la actividad en la red.
La frase elegida por las formaciones es clara: “X ha caído en el caos en los últimos años”. Y ese caos no apareció por generación espontánea. Musk compró Twitter en octubre de 2022 por 44.000 millones de dólares y desde entonces la plataforma ha mutado. Se vaciaron equipos dedicados a combatir bulos, se debilitó la moderación, se redujo la capacidad de respuesta ante denuncias de odio y se vendió todo como una cruzada por la libertad. La vieja trampa de siempre: quitar normas a quienes más poder tienen y llamar a eso emancipación.
Los partidos lo han expresado en su último mensaje con una fórmula sencilla: los debates políticos necesitan intercambio, información y llegada a la ciudadanía. X, en cambio, fomenta cada vez más la desinformación. Por eso han decidido dejar de gestionar sus cuentas “traspasando las fronteras del partido”. Hay algo importante ahí. No es una acción aislada de una formación concreta. Es un movimiento conjunto. Y cuando tres partidos con trayectorias, tensiones y electorados distintos coinciden en que una red social se ha convertido en un problema democrático, conviene escuchar.
La iniciativa partió de Pegah Edalatian, directora política de Los Verdes, después de varios meses de conversaciones entre las tres formaciones. La recomendación interna apunta a Bluesky como alternativa, aunque Edalatian ha dejado claro que las y los militantes, cargos y estructuras del partido son libres de decidir si permanecen o no en X. Esa libertad individual, sin embargo, no tapa el mensaje colectivo: la izquierda alemana ya no quiere alimentar con contenido, legitimidad y tráfico una plataforma gobernada al servicio de un multimillonario con agenda propia.
CUANDO UNA RED SOCIAL SE CONVIERTE EN ACTOR POLÍTICO
El problema de X no es solo la falta de moderación. Eso ya sería grave. Lo realmente inquietante es que la plataforma de Musk no se limita a alojar debate político, sino que participa en él. Y no de manera neutral. En enero de 2025, poco antes de las elecciones alemanas de febrero de 2025, Musk entrevistó en directo a Alice Weidel, líder de la ultraderechista AfD. La conversación fue emitida en X y vista por más de 200.000 personas. Aquello no fue una entrevista incómoda, ni un ejercicio de contraste, ni una rendición de cuentas. Fue un masaje político.
El episodio terminó con Musk afirmando que “solo AfD puede salvar a Alemania”. No era una frase menor. No lo es nunca cuando la pronuncia el propietario de una red social global, dueño de empresas estratégicas y con capacidad para alterar la visibilidad de discursos, perfiles y campañas. Después, el magnate participó en un mitin de la formación de extrema derecha y animó al partido a “dejar de avergonzarse por su pasado”, una alusión evidente a las conexiones históricas, simbólicas y políticas que rodean a sectores de la ultraderecha alemana y sus vínculos con entornos neonazis.
A partir de ahí, el asunto dejó de ser una discusión sobre redes y pasó a tocar una pregunta mucho más seria: qué ocurre cuando una infraestructura privada, gestionada por una de las mayores fortunas del planeta, actúa como maquinaria de promoción política. El Parlamento alemán abrió una investigación para aclarar si el apoyo de Musk a AfD podía considerarse una donación ilegal. La legislación alemana sobre financiación de partidos prohíbe que las formaciones reciban ayudas económicas de empresas o personas no residentes en la Unión Europea. La Comisión Europea también investigó si X cumplía con la Ley de Servicios Digitales, la DSA, diseñada entre otras cosas para frenar interferencias electorales y contenido ilegal.
Ahí está el núcleo del asunto. Musk no es solo un empresario opinando. X no es solo una aplicación. Estamos ante una infraestructura privada con efectos públicos, una herramienta de comunicación política controlada por un multimillonario que interviene en elecciones, blanquea a la extrema derecha y luego se presenta como víctima cuando alguien le exige responsabilidad. El capitalismo tecnológico ha perfeccionado esa obscenidad: primero privatiza la conversación pública, después la contamina, y al final acusa de censura a quienes intentan poner límites.
La decisión de Los Verdes, el SPD y Die Linke llega tarde, pero llega. Durante años, partidos, medios, periodistas, activistas y organizaciones sociales han seguido alimentando plataformas que no les pertenecen, que monetizan la indignación y que convierten la agresividad en rendimiento económico. X es el ejemplo más crudo porque Musk ha quitado la careta. Pero el problema es más amplio. Las redes no son plazas neutrales. Son empresas. Y cuando el negocio depende de mantener a millones de personas enfrentadas, intoxicadas y furiosas, la democracia se convierte en una materia prima más.
Por eso este gesto importa. No porque vaya a hundir a X de un día para otro. No porque baste con migrar a Bluesky para resolver el problema estructural de la comunicación digital. Importa porque rompe una normalidad peligrosa: la idea de que hay que estar en cualquier espacio, aunque ese espacio premie el odio, empuje bulos y sirva de megáfono a la extrema derecha. No todo canal merece presencia institucional. No toda audiencia justifica arrodillarse ante el algoritmo.
La izquierda alemana ha puesto una línea roja donde otros siguen poniendo excusas. Frente a una red convertida en juguete político de un magnate, abandonar también puede ser una forma de resistencia.
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