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El estrecho de Ormuz vuelve a demostrar que las guerras del poder nunca las pagan quienes las declaran, sino quienes quedan atrapados entre misiles, petróleo y propaganda.
ORMUZ, EL CUELLO DE BOTELLA QUE DESNUDA A WASHINGTON
La jornada del 4 de mayo volvió a colocar al estrecho de Ormuz en el centro de la crisis mundial. No como una simple ruta marítima, no como una línea más en los mapas de los expertos en energía, sino como lo que realmente es: una arteria estratégica del capitalismo fósil. Por ahí pasa una parte decisiva del petróleo mundial y, cuando esa arteria se bloquea, los discursos de fuerza empiezan a sonar bastante menos sólidos.
Horas antes, el domingo 3 de mayo, Donald Trump había anunciado en su red social que la marina estadounidense iba a “liberar” los barcos varados en el estrecho. Lo llamó después “Proyecto Libertad”, una fórmula muy de Washington: ponerle una palabra bonita a una operación militar. Según el Comando Central de Estados Unidos, el plan seguía en marcha e incluía destructores de misiles guiados, más de 100 aeronaves terrestres y marítimas, y 15.000 militares desplegados.
El problema es que la realidad no funciona como un eslogan. Casi un mes después de la entrada en vigor del alto el fuego entre Irán y el eje EEUU-Israel, Ormuz sigue siendo una trampa política y económica. Irán controla el paso. EEUU amenaza. Los mercados tiemblan. Y el petróleo, que ya había tocado los 125 dólares por barril, vuelve a recordar quién manda cuando el mundo decide organizarse alrededor del crudo.
A mediodía del 4 de mayo, hora española, la agencia iraní Fars informó de que dos misiles habían impactado contra una fragata estadounidense enviada para escoltar barcos civiles. Según la versión iraní, uno de esos buques tuvo que huir. Washington lo negó. Horas después, EEUU anunció la destrucción de siete embarcaciones iraníes, lanchas rápidas, y la interceptación de misiles y drones enviados contra cargueros. Esta vez fue Teherán quien lo negó. Ataques, desmentidos, comunicados cruzados. La guerra moderna también se libra en el terreno de la versión.
Lo más grave no es solo la confusión. Lo más grave es que esa confusión se produce en un enclave donde cualquier error puede incendiar la economía mundial. Irán sostiene que las operaciones estadounidenses violan los términos del alto el fuego. EEUU insiste en que no pretende entrar en aguas iraníes y que solo protege a los barcos que quieren abandonar el estrecho. Pero desde primera hora del lunes, buques de la armada iraní lanzaron un mensaje inequívoco: si cruzaban Ormuz sin permiso de la República Islámica, serían atacados y destruidos.
Trump respondió con su lenguaje habitual de matón con despacho oval. Amenazó con borrar a Irán “de la faz de la tierra” si atacaba embarcaciones estadounidenses. Es difícil imaginar una frase más irresponsable en medio de una crisis militar. No es liderazgo. Es gasolina verbal sobre una región que ya está ardiendo. Y no arde por accidente: arde porque durante décadas se ha tratado Oriente Próximo como gasolinera, tablero militar y zona sacrificable.
La trampa ya estaba escrita. El bloqueo de Ormuz destapó las vergüenzas de Trump porque mostró que EEUU sabía cómo entrar en la guerra, pero no cómo salir de ella. Irán lo ha entendido. Por eso Teherán aseguró el lunes que el estrecho no volverá “a las condiciones anteriores”. Dicho de otra forma: quien controla el cuello de botella, controla parte del pulso económico de sus enemigos.
ISRAEL SIGUE MATANDO MIENTRAS EL MUNDO MIRA AL PETRÓLEO
La crisis en Ormuz no llega sola. Llega acompañada de la presión sobre China, del papel de Emiratos Árabes Unidos y de la continuidad de la violencia israelí en Líbano. EEUU ha presionado a Pekín para que hable con Irán y facilite el paso de mercantes. No es casual. China ha desafiado las sanciones estadounidenses a sus refinerías de petróleo iraní autorizándolas a ignorar esas restricciones. La escalada contra Irán empieza a parecer también una escalada contra China. Otra vuelta de tuerca en una guerra que se vende como seguridad y huele, otra vez, a control geopolítico de la energía.
Emiratos Árabes Unidos denunció durante la jornada del lunes un ataque contra un petrolero de la Compañía Nacional de Petróleo de Abu Dhabi, Adnoc, presuntamente mediante drones. También anunció que sus defensas aéreas respondían a una amenaza de misiles, la primera desde el alto el fuego de comienzos de abril. Pasadas las 17.00 horas, hora peninsular, EAU afirmó haber derribado tres misiles iraníes. Después, Irán anunció un ataque con drones contra la zona industrial petrolera de Fujairah.
Otro buque, esta vez surcoreano, anclado en aguas cercanas a Emiratos dentro del estrecho de Ormuz, sufrió un incendio que está siendo investigado. Trump aprovechó el episodio para pedir a Corea del Sur que se sumara a su “misión”. La palabra misión, en boca de un imperio, casi siempre conviene leerla con cuidado. Suele significar que alguien pone los barcos, otros ponen los muertos y las grandes corporaciones hacen caja cuando suben los precios.
Hay una frase atribuida a un funcionario iraní que resume bien el riesgo: EEUU buscaría provocar que Irán dé el primer paso hacia una confrontación abierta para tener el pretexto de escalar. Esa lectura puede discutirse, pero no puede ignorarse. Porque encaja demasiado bien con una vieja costumbre imperial: empujar hasta que el otro responde, presentar la respuesta como agresión inicial y vender la siguiente fase militar como defensa.
Mientras tanto, Israel aprovecha el ruido. La crisis del alto el fuego con Irán ha permitido al régimen de Tel Aviv continuar su campaña en Líbano. El 4 de mayo, Israel ordenó el desplazamiento forzoso de seis nuevas aldeas libanesas. Ya son 2.700 víctimas mortales de la ofensiva militar israelí en el país del cedro. Ese dato debería abrir informativos, cerrar parlamentos y avergonzar a las cancillerías europeas. Pero cuando Israel mata, demasiadas instituciones miran el reloj, calculan el coste diplomático y vuelven a hablar de “contención”.
A lo largo del lunes, Israel siguió atacando la región de Tiro con bombardeos sobre la ciudad de Shehour y otros enclaves del mismo territorio. No es un episodio aislado. Es una estrategia de presión, castigo y anexión por la vía de los hechos. Primero se desplaza a la población. Luego se normaliza el mapa nuevo. Después se finge que todo era inevitable. El manual es viejo. Lo obsceno es que siga funcionando.
Ormuz muestra la verdadera cara de esta crisis: una arquitectura de guerra donde EEUU amenaza, Irán resiste desde el control de una ruta clave, Israel continúa sus operaciones militares y los aliados regionales se mueven entre el miedo, el petróleo y la obediencia estratégica. Las y los civiles, como siempre, quedan reducidos a daño colateral. Las trabajadoras y trabajadores del mar, las poblaciones desplazadas, las familias bombardeadas, quienes pagan la gasolina, quienes pagan la luz, quienes pagan la factura de una guerra que jamás decidieron.
La llamada “libertad” de Trump no va de barcos neutrales ni de comercio seguro: va de imponer por la fuerza el derecho de los poderosos a seguir mandando sobre el petróleo, las rutas y la vida ajena.
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