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La ofensiva masiva sobre Gaza responde más a las necesidades políticas internas que a una estrategia militar real
Más de 400 muertos en Gaza en una sola jornada, entre ellos numerosas mujeres y menores. Este es el saldo de la última oleada de bombardeos ordenada por Benjamín Netanyahu, el primer ministro israelí, que ha decidido dinamitar el alto el fuego con Hamás después de dos meses de frágil tregua. No es una decisión militar; es un movimiento político para garantizar su propia supervivencia al frente de un gobierno cada vez más débil y dividido.
No es casualidad que la reanudación de la ofensiva haya sido celebrada con entusiasmo por los sectores más ultras del Gobierno. Bezalel Smotrich, el ministro de Finanzas y líder del partido Sionismo Religioso, declaró tras los ataques: «Como prometimos», dejando claro que la continuidad de la coalición dependía de la destrucción total de Hamás. Smotrich ya había advertido en enero que si Netanyahu permitía que el alto el fuego se consolidara, su partido abandonaría la coalición, tumbando al Gobierno. Netanyahu, enfrentado a una creciente presión interna y con las encuestas apuntando a una caída de su popularidad, ha optado por ceder al chantaje de la ultraderecha y sacrificar cualquier posibilidad real de paz.
Lo ocurrido el martes confirma lo que muchos analistas sospechaban desde hace semanas: Netanyahu nunca tuvo intención de cumplir los términos completos del acuerdo de tregua. El acuerdo, firmado en enero, estipulaba una retirada progresiva de las tropas israelíes, la apertura de corredores humanitarios y el inicio de una segunda fase de negociaciones para intercambiar rehenes y presos palestinos. Ninguna de esas condiciones se cumplió. Netanyahu permitió la entrada de ayuda humanitaria a cuentagotas, mantuvo las tropas en la frontera con Egipto y continuó con ataques esporádicos, que aumentaron en intensidad en las últimas semanas.
El incumplimiento sistemático de las condiciones no fue un accidente ni un error de cálculo; fue una estrategia deliberada. Israel bloqueó la entrada de materiales de reconstrucción, cerró el acceso al agua potable y cortó la electricidad a la única planta desalinizadora que quedaba operativa en Gaza. La situación humanitaria ya era insostenible antes de los bombardeos del martes. Ahora, tras esta escalada, Gaza vuelve a estar al borde del colapso absoluto.
Netanyahu ha jugado esta carta en el peor momento posible para la población civil palestina, pero en el mejor para sus intereses políticos. Itamar Ben Gvir, líder de Poder Judío y otro de los socios clave de la coalición, ha recuperado su influencia en el Gobierno tras la ofensiva. Ben Gvir, conocido por sus posiciones abiertamente racistas y sus llamadas a la recolonización de Gaza, ha calificado el regreso de los bombardeos como «el retorno al combate intenso que Israel necesita».
El precio de esta decisión se mide en vidas humanas. Más de 100 palestinos ya habían muerto en ataques selectivos durante las semanas previas, y ahora la cifra de víctimas ha superado las 400 en menos de 24 horas. Según la ONU, Gaza se enfrenta a una crisis humanitaria sin precedentes: más de 1,2 millones de personas están desplazadas, el sistema sanitario está colapsado y el acceso a alimentos y medicinas es prácticamente inexistente.
UNA GUERRA INFINITA COMO ESTRATEGIA DE PODER
Detrás de esta maniobra está el cálculo político de Netanyahu. El primer ministro israelí sabe que su supervivencia política depende de mantener a la ultraderecha dentro de la coalición y de evitar el colapso de su Gobierno. Y para eso, necesita una guerra interminable.
La guerra perpetua es el verdadero proyecto de Netanyahu. Al impedir el avance hacia una segunda fase de negociación y al rechazar cualquier intento de acuerdo duradero, Netanyahu ha consolidado una estrategia que le permite mantenerse en el poder mediante el miedo y la militarización. Amos Harel, comentarista militar del diario Haaretz, ha señalado que el objetivo real no es la derrota de Hamás, sino «una guerra perpetua en múltiples frentes» que garantice la continuidad del régimen de Netanyahu y la consolidación de un estado cada vez más autoritario.
Los ataques recientes no solo han devastado Gaza, sino que también han provocado tensiones con Líbano, donde Hezbolá ha intensificado su retórica beligerante. Estados Unidos ha condenado públicamente la ofensiva, pero en privado ha continuado suministrando armamento a Israel, manteniendo el doble juego que ya se vio tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. El Gobierno de Joe Biden ha señalado a Hamás como el responsable de la reanudación de la guerra, pese a que las pruebas apuntan claramente a una decisión unilateral de Netanyahu para dinamitar cualquier posibilidad de acuerdo.
El analista Andreas Krieg, del King’s College de Londres, ha calificado esta ofensiva como «una decisión política más que militar.» Krieg sostiene que Israel ha aprovechado los dos meses de tregua para recopilar información de inteligencia, rearmarse y reforzar su posición militar en Gaza, con el objetivo de preparar una campaña de largo alcance. Con Hezbolá debilitado y Hamás arrinconado, Netanyahu ha decidido que es el momento de dar un golpe de fuerza para consolidar su liderazgo.
Pero esta estrategia tiene un coste político interno. Los israelíes que hace unos meses respaldaban a Netanyahu ahora empiezan a cuestionar sus decisiones. Las familias de los rehenes han salido a la calle para exigir explicaciones sobre el fracaso de las negociaciones y para denunciar que el Gobierno está utilizando a sus seres queridos como moneda de cambio política. Yair Golan, líder del partido Demócratas (la fusión entre el Laborismo y Meretz), ha sido contundente: «Los soldados en el frente y los rehenes en Gaza son solo cartas en el juego de supervivencia de Netanyahu.»
Israel está atrapado en un ciclo de violencia diseñado para sostener el poder político de Netanyahu y su coalición ultraderechista. No hay estrategia de salida porque la guerra misma es la estrategia. Y mientras tanto, Gaza arde.
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