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La ciudadanía no se ha vuelto desconfiada por capricho: la han empujado a desconfiar a base de ruido, intereses privados, bulos y televisiones convertidas en trincheras.
CUANDO INFORMAR SE CONVIERTE EN UN CAMPO MINADO
La crisis de confianza en los medios ya no es una sensación difusa, ni una queja de barra de bar, ni una paranoia de quienes están hartas y hartos de ver tertulias convertidas en juicios sumarísimos. Es un dato. Y bastante demoledor. El último Digital News Report del Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo, elaborado por la Universidad de Oxford junto a la Universidad de Navarra a partir de una encuesta de YouGov a unas 2.000 personas en España, vuelve a poner negro sobre blanco una realidad muy incómoda: el 74% de los españoles afirma tener dudas para distinguir entre noticias reales y falsas en internet.
No es un matiz. Es una grieta. Son cinco puntos más que el año anterior, y confirma que el problema no se corrige, se agrava. La gente ya no entra en el ecosistema informativo pensando “voy a enterarme”. Entra con una sospecha previa. Y esa sospecha no nació de la nada. Nació de años de bulos rentables, manipulación emocional, campañas políticas disfrazadas de información, titulares diseñados para incendiar y una industria mediática demasiado acostumbrada a servir a quien paga, a quien manda o a quien amenaza con quitar la publicidad institucional.
El capitalismo informativo ha convertido la credibilidad en una mercancía dañada. Se vende atención, se compra influencia, se monetiza la indignación y luego algunos se sorprenden de que la ciudadanía mire las noticias como quien revisa una factura sospechosa. Claro que hay buenas y buenos periodistas. Claro que hay redacciones que trabajan con rigor. Pero el sistema general premia otra cosa: velocidad, ruido, polarización, impacto barato. Y eso deja cadáveres. El primero, la confianza.
El informe describe un escenario atravesado por la fragmentación de audiencias, la competencia feroz de las redes sociales y la entrada de nuevos intermediarios, desde creadoras y creadores de contenido hasta herramientas de inteligencia artificial. La televisión, la radio y la prensa ya no tienen el monopolio de la agenda. Bien. El problema es que ese desplazamiento no ha traído automáticamente más pluralidad real. Ha traído también más opacidad, más algoritmos decidiendo qué vemos, más incentivos para el contenido emocionalmente explosivo y más facilidad para que cualquier aparato de propaganda se disfrace de voz independiente.
Las cifras son claras. Las redes sociales son ya una vía principal de acceso a la información para el 42% de los españoles. Y el 40% recurre habitualmente a creadoras y creadores de contenido como fuente informativa. La vieja prensa mira ese dato con desprecio, pero debería mirarlo con vergüenza. Porque una parte de esa fuga se explica por su propio deterioro. Cuando demasiados platós han servido para blanquear a la extrema derecha, criminalizar la protesta, señalar a personas migrantes, tapar privilegios empresariales o convertir cualquier debate social en un circo de tertulianas y tertulianos a sueldo de la crispación, la audiencia acaba buscando otra cosa. A veces mejor. A veces peor. Pero se va.
Y aun así, el interés por las noticias sube ligeramente. Según el informe, llega al 54% de los españoles, tres puntos más que en 2025. La gente no ha dejado de querer saber. Lo que pasa es que ya no se fía de quien dice saber por ella. Esa diferencia importa. Mucho.
RTVE, LA EXCEPCIÓN QUE MOLESTA AL MERCADO
Dentro de este paisaje bastante podrido aparece un dato que rompe, al menos en parte, la inercia: RTVE mejora su credibilidad. La televisión pública española alcanza un 52% de confianza entre las personas encuestadas, frente a un 21% neutral y un 28% de desconfianza. Son cuatro puntos más que el año anterior. Y no es poca cosa.
RTVE queda por encima de buena parte de las grandes marcas nacionales. LaSexta registra un 46% de confianza. Telecinco cae hasta el 36%, con un 37% de desconfianza, instalada en los últimos puestos entre las principales cadenas. En prensa escrita, El País alcanza el 49%, El Mundo el 47% y El Confidencial el 39%. La corporación pública solo queda por detrás de Antena 3 y de algunos medios regionales y locales. Ahí está el dato. Seco. Molesto para quienes llevan años intentando vender que lo público es siempre sospechoso y lo privado, por arte de magia mercantil, independiente.
No lo es. Ni de lejos. La independencia no nace del mercado, nace de las garantías democráticas, de la transparencia y de la protección frente al poder político y económico. Y aquí está la paradoja. RTVE mejora, sí, pero sigue atrapada en una sospecha estructural que el propio informe recoge: el 74% de las personas encuestadas señala la posible influencia política como una de las principales críticas a los medios públicos en España. Una cifra enorme. Y comprensible. Porque la derecha ha usado históricamente lo público como botín cuando ha podido, y como saco de boxeo cuando no lo controla. Primero lo colonizan. Luego lo desacreditan. Manual básico.
Pero conviene no caer en la trampa. Que exista riesgo de interferencia política en RTVE no significa que la solución sea entregarlo todo al mercado audiovisual, a las productoras privadas, a los fondos, a los grupos empresariales y a los intereses cruzados de siempre. Esa es la estafa. Nos dicen que la televisión pública puede estar condicionada por la política, como si las privadas no estuvieran condicionadas por consejos de administración, bancos, anunciantes, favores regulatorios y amistades peligrosas. Qué casualidad: a eso lo llaman libertad.
RTVE también destaca en otro dato importante: su capacidad para llevar audiencia del consumo tradicional al digital. El informe señala que alcanza un 12% de audiencia digital semanal, siendo la única cadena televisiva que supera el 10% en este indicador. Su alcance total neto, sumando consumo offline, online y dual, llega al 34%, lo que la sitúa en segunda posición del ranking general. En un ecosistema donde muchas televisiones siguen creyendo que poner clips en redes ya es tener estrategia digital, este dato muestra una adaptación real.
No estamos ante una recuperación triunfal del periodismo. Ojalá. La credibilidad media de las cabeceras analizadas se sitúa en torno al 45%, una mejora leve, pero todavía frágil. Muy frágil. El sistema informativo sigue tensionado por intereses políticos, económicos y tecnológicos. Y el público lo nota. Lo nota cuando una noticia social se trata como una amenaza al orden. Lo nota cuando una huelga se cubre desde el atasco y no desde la explotación. Lo nota cuando una televisión dicta sentencia antes que las y los jueces. Lo nota cuando se habla de “neutralidad” para no llamar mentira a la mentira.
La confianza no se exige, se gana. Y se gana con independencia, con rigor, con pluralidad real, con redacciones protegidas y con medios públicos fuertes, no con tertulias convertidas en carnicerías ideológicas ni con plataformas donde el bulo corre más rápido que la rectificación. Que RTVE aparezca como excepción no debería servir para aplaudir sin más. Debería servir para recordar algo mucho más incómodo: cuando la información se abandona al mercado, la verdad acaba compitiendo en desventaja contra la propaganda.
Y en esa competición amañada, siempre pierden las mismas personas: las que no tienen un grupo mediático, una productora, un banco ni un algoritmo trabajando para ellas.
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