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Su frase en El Hormiguero sobre una posible imputación del PSOE no suena a análisis jurídico, sino a otra entrega del extraño don profético de la derecha cuando la justicia apunta siempre en la misma dirección.
¿OPINIÓN POLÍTICA O AVISO EN PRIME TIME?
Alberto Núñez Feijóo volvió a El Hormiguero el 18 de junio y dejó una frase que no debería pasar como una simple opinión de plató. Pablo Motos le preguntó si era posible que el PSOE acabara imputado. El líder del PP respondió: “Creo que técnicamente, legalmente, con el Código Penal en la mano, es muy posible que el PSOE acabe imputado”. Muy posible. Dicho así, con esa solemnidad de opositor eterno, con esa falsa prudencia de quien no afirma pero deja caer.
La cuestión no es menor. La noticia no es solo que Feijóo atacara al Gobierno, algo que hace prácticamente a diario. La noticia es otra: el jefe de la oposición volvió a hablar como si manejara un calendario judicial paralelo. Como si no estuviera opinando desde fuera, sino anticipando desde dentro. Como si el PP tuviera una ventanilla privada donde se mezclan sumarios, filtraciones, deseos políticos y titulares preparados para el consumo de la mañana siguiente.
Feijóo habló de “cloacas” y preguntó cómo se pagaban los supuestos gastos de quienes, según él, atentaban contra “la honorabilidad de fiscales, jueces, periodistas y la UCO”. También puso sobre la mesa la imagen de una persona llevando 90.000 euros en bolsas a una planta de Ferraz. “Lo han dicho delante de un tribunal”, remató. Y después cerró el círculo: “todo parece indicar que el PSOE puede caer imputado”.
Todo parece indicar. Esa fórmula tan cómoda. No es una acusación cerrada, pero funciona como condena. No es una prueba, pero sirve como titular. No es información oficial, pero se lanza en televisión como si ya estuviera medio escrita en un auto. La derecha española ha convertido la insinuación judicial en una tecnología de desgaste político. No necesita una sentencia. A veces ni siquiera necesita una imputación. Le basta con pronunciar la palabra en el plató adecuado.
Y El Hormiguero volvió a ser ese plató adecuado. Un espacio donde la política aparece envuelta en entretenimiento, donde las acusaciones graves entran como conversación de sobremesa y donde el poder mediático trabaja con una tranquilidad pasmosa al servicio del clima de sospecha. No se estaba debatiendo una reforma fiscal, una ley de vivienda, la sanidad pública o los salarios. Se estaba fabricando una atmósfera. Una atmósfera de caída inminente.
EL PP Y SU EXTRAÑA PUNTUALIDAD CON LOS JUZGADOS
Feijóo no habló como un ciudadano preocupado por la limpieza democrática. Habló como un dirigente que sabe que el barro también se organiza. Y eso es lo que hace especialmente grave su intervención. Porque no estamos ante una frase aislada, sino ante una forma de hacer política: repetir que algo va a ocurrir hasta que parezca inevitable. Luego, si ocurre, se vende como confirmación. Si no ocurre, se deja la sospecha flotando. Negocio redondo.
El líder del PP desplegó también su repertorio habitual contra Pedro Sánchez. Dijo que sería incapaz de gobernar después de perder unas elecciones. Incapaz de gobernar con los votos de Bildu. Incapaz de aceptar apoyos de quienes, según él, “no condenan los asesinatos de ETA” y llevan a “etarras condenados por asesinato” en sus listas. Incluso habló de personas con 600 o 700 años de condena excarceladas por pactos de “presos por presupuestos”. El viejo manual. ETA, Bildu, Sánchez, traición. Se agita todo en el mismo cubo y se sirve como si fuera análisis político.
La palabra “ética” apareció también. Feijóo dijo que no era solo un problema político, sino “ético y moral”. Curioso. El PP hablando de ética en horario de máxima audiencia mientras convierte cualquier causa judicial en munición electoral y cualquier insinuación en una soga mediática. La ética de la derecha suele empezar justo donde termina su memoria.
Prometió hacer “todo aquello” que pueda para cambiar la situación del país, pero no “cosas que benefician a Pedro Sánchez”. Se declaró dispuesto a una moción de censura con cualquiera de los grupos de la Cámara, salvo Bildu, para formar un Gobierno nuevo y convocar elecciones. La escena era transparente: Feijóo no iba a explicar un proyecto. Iba a reforzar una idea. España está secuestrada, el Gobierno está podrido, el PSOE puede caer imputado y él, casualmente, espera en la puerta con un traje planchado de salvador institucional.
También habló de deuda. “Nos hemos endeudado hasta las cejas”, dijo. “No puede ser que el Gobierno viva mejor que la gente”. Después prometió devolver “la decencia” a la política y dejó otra frase de escaparate: “Este Gobierno es especialista en cuentos y no en cuentas”. Suena bien. No dice gran cosa. Pero suena bien. Es política de eslogan, no de país. La derecha que vacía lo público siempre se presenta como contable de la decencia ajena.
Y luego llegó Zapatero. Feijóo lo llamó “la joya del sanchismo”, lo describió como una especie de “Gandhi español” y lo acusó de estar buscando un “jeque árabe, a ser posible muerto” para que no pueda desmentir el origen de unas joyas encontradas por la UDEF durante el registro de su oficina. Dijo sentirse “entristecido” al verlo investigado, pero la tristeza le duró exactamente lo que tarda en entrar el reproche. “Cuando una persona se ha dedicado a blanquear una dictadura también puede blanquear capitales”, soltó.
Ahí está el método completo. Primero la pena impostada. Luego la acusación. Después el chiste venenoso. Feijóo incluso presumió de no tener caja fuerte porque “no la necesito”. “Yo no he metido la mano en la caja en mi vida”, dijo, y añadió que quien lo hiciera trabajando con él se iría “a la calle, sin juicio”. Sin juicio. La frase es casi perfecta para retratarlo todo. Porque eso es precisamente lo que la derecha quiere en televisión: condena sin juicio, sentencia sin pruebas cerradas, culpabilidad servida antes de que hablen los tribunales.
La pregunta, entonces, no es solo si el PSOE acabará imputado. La pregunta incómoda es otra: ¿por qué Feijóo vuelve a hablar en televisión como si la derecha tuviera línea directa con el subsuelo judicial del Estado?
Y esa pregunta sí que no la van a responder en El Hormiguero.
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