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El expresidente que dejó Irak en ruinas, que mintió sobre el 11-M y que hoy se atreve a dar lecciones de democracia y paz.
EL PASADO QUE PESA COMO UNA LOSA
Quince mil personas en la Fiesta de la Rosa del PSC abuchearon un nombre que todavía sangra en la memoria colectiva: José María Aznar. El mismo que en 2003 arrastró a España a una guerra ilegal basada en mentiras sobre armas de destrucción masiva. El mismo que, tras el 11 de marzo de 2004, intentó manipular a la opinión pública para salvar unas elecciones que sabía perdidas. El mismo que hoy se atreve a pontificar sobre corrupción o democracia.
Pedro Sánchez lo dijo claro desde la pineda de Gavà: “No esperamos lecciones, esperamos disculpas”. Y es que, ¿cómo puede alguien que se sentó con George W. Bush y Tony Blair en las Azores, firmando la sentencia de muerte de miles de personas inocentes, pretender hoy dar lecciones de humanidad?
El 11-M dejó 193 muertos y más de 2.000 heridos. Mientras las familias buscaban respuestas, Aznar y su gabinete intentaban culpar a ETA para no asumir su responsabilidad política. Aquella manipulación aún retumba como una de las páginas más oscuras de nuestra democracia.
Hoy, Aznar señala a Sánchez y le acusa de usar Gaza como “burladero”. Pero no es capaz de reconocer la barbarie de Netanyahu, con quien comparte una misma visión militarista y reaccionaria del mundo. Aznar veía armas donde no las había y hoy no ve un genocidio retransmitido en directo.
LA DERECHA ENTRE EL INSULTO Y EL RENCOR
El presidente Sánchez resumió en tres letras el rumbo de la derecha española: Aznar, Ayuso y Abascal. Tres aes que marcan una política de confrontación permanente, incapaz de condenar el genocidio en Gaza, instalada en la desmemoria y el insulto.
“Ellos que insulten, nosotros a gobernar”, repitió Sánchez, señalando que el PP y Vox representan la antipolítica con distintas siglas. No es España lo que les duele, es no estar en el poder. Lo dijo con cifras: desde 2019, el Gobierno ha transferido 45.000 millones más a Madrid de lo que Rajoy destinó en un periodo equivalente, pero Ayuso ha usado solo el 45% para servicios públicos. El resto, en rebajas fiscales a los ricos.
Mientras tanto, el Gobierno de coalición anuncia que planteará una reforma de la financiación autonómica, pendiente desde hace once años, con un modelo que ERC ha colocado sobre la mesa con su propuesta de que Catalunya recaude directamente el IRPF. “Ya toca”, dijo Sánchez, recordando que desde su llegada a Moncloa se han destinado 300.000 millones adicionales a las comunidades.
Salvador Illa, desde la Generalitat, recogió el guante: Aznar es quien “ha llamado a saltarse la ley, ha amenazado con la cárcel a quienes piensan distinto y ha despreciado la voluntad democrática de la ciudadanía”. No es una disputa personal, sino un modelo de país. O la España abierta de Sánchez, o la España cerrada del aznarismo.
En paralelo, Netanyahu proclamaba en Tel Aviv que “no habrá un Estado palestino”. La coincidencia no es casual. Aznar y Netanyahu forman parte de la misma lógica del poder: la de quienes confunden fuerza con razón, guerra con diplomacia y odio con proyecto político.
El aznarismo es un veneno que aún hoy intoxica la política española.
Y la pregunta resuena en el aire de Gavà: ¿quién es Aznar para dar lecciones, si aún no ha pedido perdón por los muertos de Irak y por las mentiras del 11-M?
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