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La salida de Ángels Barceló y Javier Aroca no parece una simple despedida profesional: parece el ruido de una emisora cambiando de piel bajo el mando de Joseph Oughourlian.
LA PÁGINA IZQUIERDA QUE YA NO CABE EN LA CASA
La Cadena SER vive una sacudida que ya no puede venderse como renovación, relevo generacional o ajuste interno. Hay demasiadas piezas moviéndose a la vez. Demasiados nombres. Demasiadas salidas. Y, sobre todo, demasiadas señales. La despedida de Ángels Barceló de Hoy por hoy, hace una semana, no fue solo el cierre de una etapa radiofónica. Fue un mensaje. Medido, elegante, pero clarísimo. “Yo ya soy la página de la izquierda y ahora toca completar la de la derecha”, dijo la periodista. La frase no necesitaba subtítulos.
Barceló no habló desde la rabieta. Habló desde el conocimiento de quien ha visto por dentro cómo se desplaza una casa. Cómo cambia el tono. Cómo se ajustan las voces. Cómo se empieza a llamar “equilibrio” a lo que muchas veces es simple domesticación editorial. Cuando una emisora empieza a tener miedo de parecer demasiado incómoda para la derecha, el problema no es la izquierda: el problema es quién manda.
José Luis Sastre, presente en aquella despedida, captó el dardo al vuelo. “Has dicho que tú ya estás en la página izquierda y que ahora empieza la derecha. Joder, qué buena tira. Ya está, te van a hacer un titular”, bromeó. Y lo hicieron, claro. Porque hay frases que no se escapan por accidente. Salen porque tienen que salir. Porque resumen mejor que cualquier comunicado corporativo lo que está pasando.
El último en sumarse al ruido de fondo ha sido Javier Aroca. El tertuliano confirmó su salida en X, antes Twitter, con otro recado imposible de maquillar: “Mi gratitud a Ángels Barceló y su equipo. Ha sido fascinante. Me voy como vine, corriendo la banda izquierda, con las medias caídas y sin espinilleras. Gracias a l@s oyentes, vuestras críticas fueron justas”. La metáfora futbolera no era inocente. Aroca se fue señalando el lugar desde el que hablaba: la banda izquierda. La misma zona simbólica que Barceló dejó convertida en página arrancada.
Y aquí está lo importante: no hablamos solo de dos profesionales que abandonan una emisora. Hablamos de un clima. De una dirección. De una operación. Desde la llegada de Joseph Oughourlian, presidente de PRISA y fundador del fondo Amber Capital, las placas tectónicas de la SER chocan cada vez con más violencia. El periodismo, cuando entra el capital financiero por la puerta grande, suele salir por alguna rendija. A veces con aplausos. A veces con silencios. A veces con despedidas que parecen epitafios.
LA DERECHIZACIÓN NO SE ANUNCIA: SE EJECUTA
La transformación de la SER no empezó ayer. Ni el 18 de junio, cuando se publicó la información sobre los dardos de Barceló y Aroca. Viene de antes. De una cadena de decisiones que han ido alterando la estructura interna de PRISA Media y de la propia emisora. Primero, la remodelación profunda de la dirección tras la llegada de Pilar Gil como consejera delegada, con el impulso directo de Oughourlian. Después, una cascada de cambios que alcanzó a la SER y también a El País. Lo típico. Cambiar organigramas para cambiar líneas editoriales sin decir que estás cambiando líneas editoriales.
Uno de los primeros movimientos fue la salida de Carlos Núñez, hasta entonces al frente de la división de medios. Aquello marcó el comienzo de una etapa de mayor centralización del poder. Luego llegó la destitución de Ignacio Soto como director general de la SER, sustituido por Jaume Serra. Más tarde, Montserrat Domínguez, directora de contenidos de la cadena, fue reemplazada, con la llegada de Fran Llorente al área de contenidos y audiovisual. También perdió peso José Miguel Contreras, otra figura con influencia en la arquitectura interna del grupo.
En los últimos días cayó Guillermo Rodríguez, ya exdirector de los Servicios Informativos de la Cadena SER. Otro nombre más. Otra pieza más. Y mientras se movían las sillas, cambiaba algo menos visible pero más grave: el tono. La selección de tertulianos y tertulianas. Las prioridades. Los temas que molestan. Los asuntos que conviene bajar de volumen. La censura contemporánea rara vez llega con un sello rojo. Llega con una reunión, una sugerencia y una frase amable sobre la necesidad de no hacer “seguidismo”.
Ahí aparece uno de los episodios más reveladores: la cobertura del caso de Alberto González Amador, pareja de Isabel Díaz Ayuso. Según la información publicada, desde la nueva dirección se pidió a varias figuras de la SER “hacer menos seguidismo del Gobierno” y dejar de hablar “tanto del novio de Ayuso”. Traducido al castellano sin corbata: cuidado con molestar demasiado a quienes tienen poder político, mediático y judicial suficiente para convertir cualquier investigación incómoda en una guerra de trincheras.
La orden, o recomendación, o como quieran vestirla, fue interpretada por muchos periodistas como un intento de modular la agenda política de la emisora. Normal. Porque cuando el problema no es que falte información, sino que sobra incomodidad, el periodismo empieza a oler a otra cosa. A pasillo. A despacho. A accionista mirando encuestas. A fondo de inversión descubriendo que la radio también puede ser una herramienta de disciplina ideológica.
El segundo episodio interno señalado fue la entrevista a Borja Sémper en Hora 25. La visita del portavoz del PP podía entrar en la normalidad política. Lo que no parecía tan normal, según las fuentes citadas, fue el despliegue de la cúpula directiva durante el encuentro. Director de Informativos, director de Contenidos, dirección del grupo. Demasiada solemnidad para una entrevista ordinaria. Demasiada presencia para no levantar sospechas. Y lo más llamativo: que Fran Llorente, según esas fuentes internas, se dirigiera al dirigente popular en tono casi imperativo para que “presentaran de una vez” la moción de censura contra el Gobierno de Pedro Sánchez.
Eso ya no es periodismo crítico. Eso suena a otra cosa. Suena a salón de poder. A esas zonas grises donde una empresa mediática deja de mirar a la ciudadanía y empieza a hablarle al sistema político como quien negocia el menú. La derecha lleva años acusando a cualquier medio que no le aplauda de ser propaganda gubernamental. Y ahora, cuando una emisora histórica parece corregir el rumbo para no incomodar tanto al PP, lo llamarán pluralismo. Qué casualidad. Qué viejo todo.
La SER fue durante décadas una referencia para millones de oyentes. No porque fuera perfecta. No porque estuviera libre de contradicciones. Ningún gran medio lo está. Pero sí porque conservaba una cierta idea de servicio público desde lo privado. Una manera de mirar la realidad con más sensibilidad hacia abajo que hacia los consejos de administración. Eso es lo que parece estar en disputa. No una tertulia. No un nombre propio. No una silla.
Lo que está en juego es si el periodismo va a seguir preguntando al poder o si va a empezar a pedirle permiso antes de hablar. Y cuando Barceló se va diciendo que ya es “la página de la izquierda”, y Aroca se marcha “corriendo la banda izquierda”, no están haciendo literatura. Están dejando escrito el parte de daños de una batalla editorial que algunos quieren vender como simple reestructuración empresarial.
Al final, el capital nunca compra medios para escuchar mejor a la gente: los compra para decidir qué parte de la realidad merece micrófono y cuál debe quedarse fuera de antena.
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