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No es el hecho del reclutamiento lo que debe alarmarnos, sino la forma en que la violencia se convierte en gestión administrativa.
LA LÓGICA DEL PROCEDIMIENTO SOBRE LA ÉTICA
El debate público en torno al reclutamiento masivo de agentes para ICE corre el riesgo de quedarse en la superficie. La cifra de 170.000 millones de dólares y la meta explícita de expulsar a 20 millones de personas latinas ya han sido registradas por la opinión pública. Lo crucial es otra cosa: la naturalización de lo extraordinario a través de la gramática de lo burocrático.
La historia ya nos mostró esta deriva. Los Einsatzgruppen nazis no fueron un producto espontáneo del fanatismo, sino el resultado de una política de reclutamiento selectivo que, como subraya Richard Rhodes en Masters of Death, buscaba perfiles profesionales obedientes, habituados a jerarquías y a procedimientos reglados. La violencia fue envuelta en el lenguaje administrativo de la “seguridad” y la “normalización del orden”.
Zygmunt Bauman lo conceptualizó con precisión en Modernidad y Holocausto: la barbarie moderna no irrumpe como caos, sino que se institucionaliza como rutina. Formularios, circulares, órdenes redactadas en clave técnica. La división de funciones diluye la responsabilidad moral. La obediencia se disfraza de deber profesional.
Ese es el verdadero espejo que hoy proyecta ICE. Lo inquietante no es la magnitud del reclutamiento, sino la forma en que se presenta como gestión corriente de recursos humanos.
LA ADMINISTRACIÓN DEL HORROR
La expansión de ICE muestra rasgos idénticos a los patrones históricos de construcción de fuerzas coercitivas extraordinarias:
- Reclutamiento entre personal ya disciplinado en la obediencia jerárquica.
- Lenguaje técnico que legitima el mandato político y oculta la dimensión moral.
- Supresión de mediaciones institucionales: sheriffs en Florida denuncian que ICE contacta directamente con sus agentes.
- Una narrativa de “misión nacional” que enmarca la violencia como servicio público.
No es el acto en sí lo que produce alarma, sino su banalidad. La violencia aparece ya revestida de normalidad procedimental.
Lo extraordinario se administra. Lo atroz se vuelve cotidiano. Lo que ayer sería inaceptable, hoy se firma en un contrato federal.
Mientras tanto, los mecanismos de contención institucional se encuentran neutralizados: tribunales reducidos a legitimadores del ejecutivo, Congreso despojado de voluntad de fiscalización, medios de comunicación silenciados por temor a represalias corporativas. El terreno político ha sido acondicionado para que lo impensable se convierta en práctica reglada.
La historia enseña que los genocidios no se inauguran con hornos ni con ejecuciones masivas, sino con memorandos, con cadenas de correos, con sellos estampados en oficinas. La barbarie es, antes que nada, un procedimiento.
Lo decisivo, por tanto, no es constatar que Trump amplía ICE. Eso ya lo sabemos. Lo decisivo es advertir que estamos ante la misma lógica que permitió en el pasado la mutación de un organismo administrativo en una maquinaria de exterminio.
El peligro nunca se anuncia como catástrofe. Se disfraza de trámite.
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