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La omisión no es neutralidad: es complicidad con la barbarie. Gaza redefine el sentido político y moral de nuestra época.
GAZA COMO ACONTECIMIENTO HISTÓRICO
Medida en superficie o en valor económico, Gaza podría parecer insignificante. Pero la Historia no se construye a partir de estadísticas, sino de acontecimientos capaces de desnudar la estructura del poder. En Gaza se ha quebrado la narrativa que sostenía el orden mundial posterior a 1945.
El exterminio de decenas de miles de civiles palestinos, documentado bajo los escombros de un territorio de apenas 365 km², no es un episodio bélico más. Se trata de un acontecimiento fundacional, un parteaguas histórico. Israel ha convertido a Gaza en el laboratorio de la violencia moderna: armas de última generación sobre una población cercada, destrucción sistemática de infraestructuras básicas, hambre utilizada como arma de guerra. La paradoja es que, pese a este despliegue, Netanyahu ha fracasado en su objetivo estratégico: aniquilar la capacidad de resistencia del pueblo palestino. El sumud, esa obstinación de existir, ha resultado más eficaz que cualquier arsenal.
La Historia enseña que los grandes traumas colectivos son fuerzas reordenadoras. La Primera Guerra Mundial borró de un plumazo imperios centenarios; la Segunda no solo instauró la ONU, el FMI y la OTAN, sino que elevó a Occidente a árbitro del planeta bajo el mito de un orden jurídico universal. La caída del Muro de Berlín, saludada como “el fin de la Historia”, fue otra ilusión: ni el 11-S ni las guerras posteriores lograron configurar un nuevo orden estable. Gaza señala ahora que el andamiaje del “orden basado en reglas” es, en realidad, un dispositivo de dominación selectiva, donde la ley se invoca para castigar a unos y se suspende para proteger a otros.
Lo inmediato, lo urgente, es detener el genocidio y el hambre en Gaza. Lo demás lo escribirá el tiempo, pero ese tiempo juzgará con severidad a quienes eligieron callar.
LA DECADENCIA DE OCCIDENTE Y LAS COMPLICIDADES REGIONALES
El desenmascaramiento es total. Los Estados que se erigen como guardianes de los derechos humanos han quedado expuestos como verdugos o cómplices. Su autoridad moral, ya erosionada, se desploma. La incongruencia entre los principios que proclaman y la práctica de financiar, armar y justificar el genocidio ha fracturado cualquier legitimidad. El Sur Global observa y toma nota: el discurso democrático de Occidente se revela como un simulacro.
Este descrédito tendrá efectos internos. Si la mayoría de las sociedades occidentales rechaza la masacre, pero sus gobiernos la avalan, la idea misma de democracia entra en crisis. La desconexión entre voluntad popular y acción gubernamental no es un problema menor: es la semilla de una erosión sistémica.
Frente a este colapso de credibilidad institucional, emerge otro fenómeno: la fuerza política de lo común. Nunca antes, pese a décadas de propaganda y deshumanización mediática, la solidaridad con Palestina había alcanzado tal magnitud. Ese cambio no lo promovieron cancillerías ni periódicos de referencia. Fue fruto de activistas anónimos, periodistas independientes bajo bombas y millones de personas organizadas en redes sociales.
Pero la fractura no afecta solo a Occidente. El silencio de muchos regímenes árabes y musulmanes revela un vacío histórico. Su pasividad cuestiona qué significa la identidad árabe o islámica cuando no se traduce en defensa del propio pueblo masacrado. Aquí el problema no es solo político, sino civilizatorio: Gaza interpela el sentido mismo de pertenencia y solidaridad en un mundo regido por cálculos de poder.
La izquierda tampoco escapa. Ha habido movilizaciones masivas y voces firmes, pero la fragmentación y el miedo al estigma de antisemitismo han paralizado a sectores enteros. El resultado es una auto-censura que actúa como forma de colaboración pasiva.
La lección es clara: la Historia no espera a quienes dudan. Gaza no es un conflicto periférico, sino el epicentro de una transformación global que afectará mucho más allá de Oriente Próximo.
El silencio, en este contexto, no es prudencia ni neutralidad. Es inscripción en el lado equivocado de la Historia.
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