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Demoliciones masivas, desplazamiento forzado y ataques continuados tensan una tregua que apenas ha durado horas
El anuncio de un alto el fuego el viernes parecía, por un momento, una pausa. Breve. Frágil. Apenas unas horas después, la realidad volvió a imponerse. Tal y como recoge la información publicada sobre la continuación de las tácticas aplicadas en Gaza en territorio libanés, el ejército israelí siguió arrasando pueblos y viviendas en el sur del Líbano entre el viernes y el sábado.
No fue un episodio aislado. Fue continuidad. La misma lógica aplicada durante meses en Gaza se traslada ahora al otro lado de la frontera. Con otro nombre, quizá. Pero con resultados reconocibles: destrucción sistemática, población desplazada, territorio fragmentado. Y una línea nueva. La llamada “línea amarilla”.
Una línea que redefine el terreno
El ejército israelí anunció la creación de una franja de seguridad situada a unos 10 kilómetros al norte de su frontera. Esa línea no es solo un límite militar. Es una redefinición del espacio. Supone el control efectivo de aproximadamente el 10% del territorio libanés y la ocupación de 55 localidades.
La medida se presenta como preventiva. Como defensa. Pero sobre el terreno se traduce en otra cosa: acceso restringido, desplazamiento continuo y miedo constante. Miles de personas han sido advertidas de que no regresen a sus casas, incluso después del alto el fuego. Algunas lo han intentado. Lo que han encontrado no era hogar. Era escombro.
“Es inhabitable”, decía un residente desplazado de Nabatieh. La frase es simple. Y suficiente. Resume una política que no necesita demasiadas explicaciones.
Destrucción a gran escala
Las cifras no son menores. Desde el 2 de marzo, según el Consejo Nacional para la Investigación Científica del Líbano, se han destruido más de 1.000 viviendas al día. Cada día. En algunos casos, pueblos enteros han desaparecido del mapa.
A finales de ese mismo mes, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, ordenó intensificar la demolición de viviendas cercanas a la frontera siguiendo lo que denominó el “modelo Gaza”. No es una metáfora. En Gaza, cerca del 90% de las infraestructuras han sido destruidas. La mayoría de la población sobrevive en tiendas de campaña.
En Líbano, el patrón se repite. Más de 40.000 viviendas han sido destruidas o dañadas. Escuelas, hospitales, infraestructuras civiles. Objetivos que difícilmente encajan en la categoría de “instalaciones militares”.
Israel sostiene que su objetivo es desmantelar la infraestructura de Hezbolá. Pero la magnitud de la devastación, y su carácter indiscriminado en muchos casos, abre otra lectura. Una más incómoda. Una que apunta a la destrucción del entorno civil como estrategia.
La tregua que no fue
Incluso después del anuncio del alto el fuego, las operaciones no cesaron. Periodistas sobre el terreno reportaron demoliciones y bombardeos en zonas como Beit Lif, al-Qantara y Toul. La tregua, en la práctica, no detuvo la ofensiva.
El sábado, el ejército israelí confirmó nuevos ataques aéreos contra personas que se acercaban a la “línea amarilla”. Las describió como “terroristas” y justificó las acciones como defensa propia. No detalló qué amenaza concreta representaban.
Ese vacío importa. Porque en escenarios anteriores, ataques bajo esa misma lógica han golpeado áreas civiles. Y han dejado víctimas que poco tenían que ver con objetivos militares.
Víctimas y desplazamiento
El Ministerio de Salud libanés cifra en más de 2.167 las personas muertas desde la reanudación de los ataques el 2 de marzo. No distingue entre combatientes y civiles. Pero en conflictos así, la línea es difusa. Y a menudo, irrelevante para quienes pierden la vida.
En paralelo, la experiencia de Gaza ofrece un precedente inquietante. Desde octubre de 2025, cerca de 100 palestinos han muerto en zonas próximas a una línea similar. Entre ellos, al menos 36 mujeres, niños y personas mayores.
El patrón es reconocible. Líneas de control que limitan el movimiento. Advertencias que impiden regresar. Ataques contra quienes lo intentan. Todo bajo la lógica de la seguridad.
Acusaciones internacionales
Expertos de Naciones Unidas han calificado la campaña como una “agresión ilegal” y han denunciado bombardeos indiscriminados. Señalan algo más específico. Hablan de “domicidio”. La destrucción deliberada de viviendas como estrategia de guerra.
No es un término menor. Define una práctica. Y establece una continuidad con lo ocurrido en Gaza. La combinación de órdenes de evacuación masivas y demolición de hogares impide el retorno de la población desplazada. No es solo destrucción física. Es una forma de vaciado territorial.
La tensión no se limita al terreno militar. El ataque a una unidad de la Fuerza Provisional de Naciones Unidas en Líbano, que dejó un soldado francés muerto, añade otra capa de incertidumbre. Aunque Israel y autoridades francesas apuntan a Hezbolá, el grupo lo niega. El escenario se complica.
Un equilibrio cada vez más frágil
Las consecuencias no se quedan en Líbano. El alto el fuego con Irán también pende de un hilo. Tras el anuncio de la tregua, Teherán reabrió el estrecho de Ormuz. Poco después, lo volvió a cerrar. Entre los motivos, la continuidad de los ataques en Líbano.
La dinámica es clara. Cada movimiento en el sur del Líbano tiene eco regional. Y cada violación de la tregua erosiona un equilibrio ya precario. Lo que se presenta como una operación localizada termina afectando a rutas comerciales globales y a la estabilidad de toda la zona.
La guerra, incluso cuando se declara en pausa, sigue avanzando. A veces en silencio. A veces entre escombros.
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