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El ataque israelí contra Catar buscaba descabezar a la delegación palestina que negociaba un alto el fuego. Fracasaron: los dirigentes salieron vivos.
LA SUPERVIVENCIA COMO MENSAJE
El 9 de septiembre de 2025, en el centro de Doha, un misil israelí destrozó un edificio residencial donde la cúpula de Hamás analizaba la propuesta de alto el fuego presentada por Donald Trump dos días antes. El objetivo era claro: borrar de un golpe a los negociadores palestinos. No lo lograron. Los dirigentes sobrevivieron.
Khalil al-Hayya, jefe de la delegación, salió con vida. También los principales líderes presentes en la reunión. El precio fue alto: su hijo Humam murió junto a Jehad Labad, su director de oficina. La lista de desaparecidos aún no se cierra, pero lo que queda en evidencia es otra cosa: incluso en un ataque coordinado con el visto bueno de Washington, Israel no consiguió su objetivo político.
El bombardeo mató también a Mohammed Al Humaidi Al Dosari, teniente coronel de las fuerzas de seguridad cataríes. Varias personas más resultaron heridas. Catar reaccionó de inmediato: “ataque cobarde”, “violación flagrante de las leyes internacionales”, “amenaza directa a nuestra soberanía”. El lenguaje diplomático dejó paso a la indignación, porque Israel no solo intentó asesinar a líderes palestinos, también puso en la diana a un Estado aliado de Estados Unidos.
EL FRACASO ISRAELÍ Y LA ESCALADA GLOBAL
El bombardeo se justificó como represalia por el ataque del 8 de septiembre en la colonia ilegal de Ramot, en Jerusalén ocupada, donde seis personas murieron y doce resultaron heridas. Los autores, dos jóvenes palestinos de 20 y 21 años, fueron ejecutados en el acto. Acto seguido, el castigo colectivo: redadas en Qatanna y Al-Qubeiba, 70.000 palestinos con la movilidad restringida, 750 permisos de trabajo anulados, casas que serán demolidas. Esa es la rutina del apartheid.
Pero lo que convierte el ataque a Doha en un punto de inflexión no es la excusa de Jerusalén, sino la extensión del conflicto más allá de Palestina. Catar alberga la base de Al-Udeid, el mayor enclave militar de Estados Unidos en Asia Occidental. No existe la posibilidad de que Israel bombardeara la capital catarí sin avisar a su aliado. La Casa Blanca lo reconoció a medias: fue notificada y, además, avisó a Catar de que el ataque iba a producirse.
La portavoz Karoline Leavitt lo dejó claro: “Unilateralmente no avanza los intereses de Israel ni de EE.UU., pero eliminar a Hamás es un objetivo loable”. Washington bendice así un precedente peligroso: bombardear un país soberano mientras sus autoridades intentan mediar por la paz.
El resultado, sin embargo, es demoledor para Tel Aviv y Washington: Hamás sigue con vida, incluso tras ser perseguido hasta Doha. Esa supervivencia es un golpe político mayor que cualquier misil.
Israel pretendía descabezar a la delegación y enviar el mensaje de que negociar era inútil. El mensaje que salió fue otro: ni con toda la cobertura diplomática de Trump ni con el silencio europeo lograron matar a quienes querían.
Sobrevivir se convierte en resistencia. Sobrevivir en Doha es desafiar al guion imperial.
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