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Cuando el odio se normaliza hasta en los estadios, el problema no son los ultras: es la sociedad que les deja gritar.
EL FÚTBOL COMO ESPEJO DE UNA SOCIEDAD ENFERMA
Iñaki Williams no es solo el primer capitán negro del Athletic. Es la prueba viviente de que el racismo no desapareció, solo se maquilló. El delantero bilbaíno lleva 471 partidos profesionalizando el oficio de correr mientras una parte de la grada se cree con derecho a recordarle que su piel molesta. En un país donde el insulto racista se disculpa con una cerveza y un “era broma”, no sorprende que un futbolista tenga que seguir “callando bocas” en 2025.
Porque el fútbol español hace mucho que dejó de ser solo deporte. Se ha convertido en un escenario donde el fascismo se pavonea con bufanda y megáfono. Lo hemos visto con Nico Williams, agredido sin balón de por medio: vandalizan murales con su cara, le destrozan el coche, le señalan por decidir quedarse en Bilbao hasta 2035 y no plegarse al guion mediático que le quería vistiendo otra camiseta. La ultraderecha se ha instalado en el deporte porque la política le abrió la puerta, la prensa le puso altavoz y las instituciones miran para otro lado.
El racismo en los estadios no se reduce a un puñado de energúmenos. Es una cadena de complicidades: comentaristas que blanquean el odio, dirigentes que temen perder negocio antes que dignidad, federaciones que llaman «calentón» a lo que es violencia. No hay error: hay sistema. Y un sistema que permite insultar y atacar a jugadores negros mientras premia el silencio cómplice no se puede llamar democrático, ni siquiera en un estadio.
EL RUIDO DE LOS ULTRAS Y EL SILENCIO DE LOS DEMÁS
Iñaki dijo que la ultraderecha está de moda. Y tiene razón. Hoy, el fascismo ya no se oculta en la política, tampoco en las gradas. Se exhibe como parte de la cultura popular, como un souvenir de «orgullo patrio» que vale para votar, para insultar y para expulsar simbólicamente a quienes no encajan. Un país que acepta el racismo como folklore no está en paz: está anestesiado.
La reflexión es más profunda que el fútbol. Si a un capitán negro en 2025 todavía le preguntan si “merece” el brazalete, si la decisión de un jugador de quedarse en su club provoca odio racial, no hablamos de deporte. Hablamos de poder, de quién lo ejerce y de quién lo padece. El racismo no es un problema aislado de cuatro radicales: es la arquitectura invisible que dice quién pertenece y quién sobra.
El fútbol debería ser un espacio de igualdad brutal: once contra once, un balón y un marcador. Pero ni ahí somos iguales. Los ultras marcan el terreno y los dirigentes se lo permiten. En España, el racismo no se expulsa del estadio porque fuera del estadio nunca se fue. Y mientras el silencio siga siendo la norma, el odio seguirá siendo la moda.
No hay redención posible en un sistema que pide a Iñaki y a tantos otros “seguir callando bocas” mientras protege a quienes deberían callarlas por ley. El fútbol lo muestra a plena luz: la ultraderecha no está solo de moda; está en casa, con entrada VIP y palco asegurado.
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