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Una foto con un niño no borra las cargas, las detenciones arbitrarias ni las agresiones contra manifestantes, docentes y activistas. El problema no es la imagen. Es lo que intenta tapar.
El 7 de junio, la cuenta oficial de la Policía Nacional publicó un mensaje aparentemente inocente. Una fotografía de un agente sosteniendo a un niño en un evento multitudinario. “Hay imágenes que lo dicen todo”, escribían. “La seguridad también se construye con cercanía, confianza y humanidad”.

Y claro que las imágenes lo dicen todo. El problema es cuáles se eligen.
Porque mientras la institución difundía esa escena cuidadosamente diseñada para generar ternura y legitimidad pública, las redes se llenaban de otras imágenes. Muy distintas. Agentes arrastrando a manifestantes. Golpes durante protestas. Personas reducidas contra el suelo. Una profesora agredida en una movilización y posteriormente sancionada. Ancianas esposadas. Jóvenes inmovilizados. Gente aterrorizada en mitad de cargas policiales.
La respuesta social fue inmediata. Y demoledora.
Decenas de usuarios comenzaron a citar el mensaje oficial con fotografías de actuaciones policiales recientes. No hacía falta demasiado texto. Bastaba mirar las imágenes. Una activista siendo empujada en plena calle. Un docente arrodillado frente a varios antidisturbios. Detenciones violentas en protestas sociales. Operativos nocturnos con escenas propias de una militarización normalizada. La contradicción era demasiado evidente.





La Policía intentaba imponer un relato emocional mientras internet le respondía con memoria.
LA PROPAGANDA DE LA “POLICÍA HUMANA” CHOCA CON LA REALIDAD
No es nuevo. Cada vez que aumenta el malestar social, aparece la misma estrategia de comunicación institucional: humanizar el uniforme. Mostrar abrazos. Perros policía. Niños saludando agentes. Vídeos sentimentales. Música emotiva. Marketing público pagado con dinero público.
Mientras tanto, las denuncias por abusos policiales siguen acumulándose.
Porque el problema no es que existan agentes que puedan comportarse de manera cercana o amable. Claro que existen. El problema es otro. Mucho más profundo. Se utiliza esa imagen amable para ocultar una realidad incómoda: que la violencia policial existe, que hay impunidad en numerosos casos y que demasiadas veces las víctimas quedan completamente desprotegidas.
Y la ciudadanía lo sabe.
Por eso el tuit acabó convertido en un boomerang. Las respuestas desmontaron en horas una campaña de reputación institucional construida para generar empatía. Lo hicieron con fotografías reales. Sin artificios. Sin community managers.
Una de las imágenes más compartidas mostraba a agentes antidisturbios reduciendo a una joven manifestante en plena calle. Otra recordaba intervenciones policiales contra activistas por la vivienda. También circularon fotografías de personas mayores siendo detenidas durante protestas y escenas de cargas contra movilizaciones sociales.
No eran imágenes antiguas sacadas de contexto. Eran recuerdos recientes. Demasiado recientes.
La cuestión ya no es solo la violencia. Es el cinismo.
Porque publicar mensajes sobre “humanidad” apenas días después de actuaciones denunciadas públicamente como abusivas transmite una sensación de impunidad institucional enorme. Como si bastara una foto amable para borrar cualquier crítica. Como si la ciudadanía no tuviera memoria.
Y la tiene.
CUANDO LA SEGURIDAD SE USA COMO ESCUDO POLÍTICO
Hay otro elemento incómodo en todo esto. La construcción del discurso policial como espacio intocable. Cualquier crítica se presenta rápidamente como un ataque a “las fuerzas de seguridad”. Y no. No es lo mismo cuestionar abusos que cuestionar la existencia de servicios públicos de seguridad.
Lo peligroso es precisamente lo contrario: convertir a los cuerpos policiales en instituciones inmunes al escrutinio democrático.
Porque cuando una profesora denuncia agresiones policiales durante una movilización, eso merece investigación, no propaganda. Cuando aparecen vídeos de cargas desproporcionadas, hace falta transparencia, no campañas de imagen. Cuando colectivos sociales denuncian brutalidad policial, lo mínimo exigible es control institucional real.
Pero eso casi nunca llega.
En España, organizaciones de derechos humanos llevan años alertando sobre el uso excesivo de la fuerza en manifestaciones, identificaciones raciales, detenciones arbitrarias y dificultades para investigar actuaciones policiales. Ahí están los informes. Ahí están las denuncias. Ahí están las imágenes. Otra vez las imágenes.
Y mientras tanto, parte del aparato mediático sigue colaborando en esa narrativa infantilizada de la policía heroica y permanentemente acosada. Una especie de ficción emocional donde cualquier crítica se convierte automáticamente en odio antipolicial.
No. Pedir responsabilidades no es odio. Exigir proporcionalidad no es odio. Denunciar agresiones no es odio.
Lo verdaderamente peligroso es normalizar que una institución armada pueda actuar sin rendir cuentas mientras invierte recursos en campañas de autopromoción emocional.
Por eso tanta gente respondió al tuit oficial con rabia. No era solo por la foto. Era por lo que representa. Ese intento constante de maquillar la violencia estructural bajo una capa de marketing sentimental. Una operación de relaciones públicas que se derrumba cada vez que aparece otro vídeo. Otra carga. Otro abuso grabado desde un móvil.
Porque sí. Hay imágenes que lo dicen todo.
Y muchas no las publica la Policía.
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