El Vaticano promete una futura reunión en Roma mientras las asociaciones de supervivientes esperan, otra vez, a las puertas del poder eclesiástico
Mientras el papa León XIV calificaba la pederastia en la Iglesia como una “plaga” y pronunciaba solemnes palabras sobre escucha, reparación y justicia, varias asociaciones de víctimas se quedaban este lunes fuera. Literalmente fuera. Esperando a las puertas de la Nunciatura Apostólica, viendo cómo el Vaticano repetía un gesto demasiado conocido: abrir la puerta a unas víctimas y dejar fuera a las más incómodas, las que llevan años denunciando el silencio, la opacidad y la protección institucional dentro de la Iglesia española.
Porque sí, hubo reunión. Una hora. Media docena de supervivientes. Fotos. Comunicado oficial. Palabras medidas. Todo perfectamente organizado para transmitir una imagen de cercanía. Pero las asociaciones que llevan años sosteniendo a cientos de víctimas abandonadas por obispos y diócesis no fueron invitadas. Ni Infancia Robada ni otros colectivos críticos con la Conferencia Episcopal. A ellas y ellos se les ofreció otra cosa: una vaga promesa de encuentro en Roma, sin fecha, sin compromiso concreto y sin garantías.
La Iglesia vuelve a administrar el dolor como administra su imagen pública.
LA IGLESIA HABLA DE ESCUCHA MIENTRAS SELECCIONA A QUIÉN ESCUCHA
La escena fue bastante elocuente. Mientras León XIV recibía dentro de la residencia papal a seis víctimas “acompañadas por personal eclesial comprometido”, fuera esperaban supervivientes que llevan años peleando contra el muro institucional del Vaticano y de muchos obispos españoles. Personas que no solo denuncian los abusos. También denuncian décadas de encubrimiento, silencios, archivos cerrados y diócesis más preocupadas por evitar escándalos que por reparar vidas destrozadas.
Juan Cuatrecasas, portavoz de Infancia Robada, resumía el sentimiento de abandono con una claridad demoledora: “Nos han dicho lo que ya sabíamos, que no hay tutía, que no nos van a recibir hoy”.
Eso ocurrió el mismo día en que el Papa pronunciaba el discurso más duro que un pontífice ha hecho públicamente sobre los abusos en la Iglesia española. Y hay que decirlo: las palabras fueron contundentes. León XIV habló de “escucha”, de “verdad”, de “justicia”, de “reparación” y de “caminos reales de sanación”. Llamó “plaga” a la pederastia clerical. No parece dispuesto, al menos verbalmente, a mantener la tibieza que durante años convirtió al Vaticano en una maquinaria de evasión moral.
Pero las víctimas no necesitan solo palabras. Llevan décadas escuchando palabras.
La contradicción resulta obscena: se reconoce públicamente el horror mientras se aparta a quienes más han presionado para romper el silencio.
Y ahí está el problema político y moral de todo esto. La Iglesia quiere controlar el relato de la reparación. Quiere víctimas institucionalmente asumibles. Quiere encuentros discretos, mensajes conciliadores, gestos medidos. Lo que incomoda son las asociaciones organizadas, las que señalan a obispos concretos, las que hablan de impunidad estructural y las que recuerdan que durante años la jerarquía eclesiástica negó, ocultó o minimizó estos crímenes.
Porque no hablamos de errores aislados. Hablamos de menores violados durante décadas bajo estructuras de poder blindadas por sotanas, influencia política y silencio social.
EL VATICANO BUSCA APAGAR EL INCENDIO MIENTRAS LAS VÍCTIMAS SIGUEN ESPERANDO
La propuesta lanzada por el cardenal José Cobo a las asociaciones fue casi surrealista. Una futura reunión en Roma. Sin fecha programada. Sin detalles. Sin concreción. “Tarde y mal”, resumían algunas víctimas presentes frente a la Nunciatura.
Y cuesta no entender su enfado. Porque mientras ellas y ellos esperaban fuera, León XIV sí encontraba tiempo para recibir fugazmente a Isabel Díaz Ayuso y a Alberto Núñez Feijóo. La imagen es devastadora aunque el Vaticano intente rebajarla. Para las víctimas resulta imposible no percibir una jerarquía de prioridades. Primero el protocolo político. Después, quizá, la escucha.
La Iglesia pide confianza después de décadas destruyéndola.
El comunicado posterior de la Santa Sede siguió el patrón habitual: cercanía, afecto, compromiso y promesas de nuevos esfuerzos para convertir la Iglesia en “un lugar seguro y espiritualmente saludable”. Nada sobre las asociaciones excluidas. Nada sobre quienes permanecían a las puertas esperando una llamada que nunca llegó.
Silencio otra vez.
Ese silencio pesa especialmente porque muchas de estas asociaciones han hecho el trabajo que la Iglesia nunca quiso hacer. Han acompañado a víctimas abandonadas. Han presionado para abrir investigaciones. Han obligado a la jerarquía eclesiástica a dejar de esconder la basura bajo el altar. Sin ellas, probablemente hoy seguiríamos escuchando que los abusos eran “casos aislados”.
No lo eran. Nunca lo fueron.
El propio Vaticano admite ahora la magnitud de la tragedia llamándola “plaga”. Una palabra enorme. Una palabra que implica extensión, repetición y responsabilidad colectiva. Y si realmente es una plaga, resulta difícil justificar que quienes llevan años denunciándola sean tratados como un problema incómodo que conviene mantener a distancia.
Porque eso es lo que quedó flotando este lunes en Madrid. La sensación de que la Iglesia quiere reparar sin exponerse demasiado. Escuchar, sí. Pero controlando quién habla. Reconocer el daño, sí. Pero sin perder el control del escenario.
Las víctimas, mientras tanto, siguen esperando algo mucho más sencillo y mucho más difícil: que la institución que protegió durante décadas a abusadores deje, de una vez, de protegerse a sí misma.
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